Capítulo 46
CUARENTA Y SEIS
Corrí lo más rápido posible con el corazón martilleándome en las costillas, el miedo que sentía por Hugo me nublaba la mente.
No estaba segura de las intenciones de Max, pero, llegados a este punto, sospechaba que no se trataba de una simple ruta panorámica por los terrenos.
¿Cómo podía haber estado tan ciega? ¿Cómo podía haberme dejado engañar por su falso carisma?
Me detuve un momento para recuperar el aliento, pero tras unas pocas bocanadas rápidas reanudé la carrera.
Max y Hugo me llevaban al menos veinte minutos de ventaja, no tenía ni idea de lo lejos que habían llegado.
Max había dicho algo sobre el arroyo, de modo que corrí hacia el rumor del agua apenas audible sin dejar de suplicar que me hubiera vuelto completamente loca y que tan solo estuvieran disfrutando de un paseo por la naturaleza.
Al llegar a un claro, vi la inmensa silueta negra de lo que quedaba del molino.
La enorme rueda giraba con pereza, atrapada en un movimiento eterno provocado por el agua que fluía por debajo.
Resbalé en la orilla embarrada y fui a dar de espaldas al suelo, sin caer al agua por apenas unos centímetros.
Me raspé la mano y me empapé los vaqueros, pero me levanté de un salto y seguí corriendo hacia el molino con la esperanza de que Max hubiera llevado allí a Hugo.
Podían haber ido por otro lado, pero había seguido el sendero y pensé que tendría sentido que caminaran por allí en lugar de abrirse paso bosque a través, apartando ramas y zarzas.
Al fin los vi más adelante. El sendero era demasiado estrecho para dos personas, Max avanzaba solícito tras Hugo, representando su papel de anfitrión atento.
Hugo miraba a su alrededor con interés, comparando sin duda el lugar con su propio recuerdo.
Debía de haber cazado por esos mismos bosques más veces de las que podía recordar y, a pesar de haberle dicho a Max que no le gustaban ni la caza ni la pesca, yo sabía que había pescado en ese arroyo con Clarence hacía tan solo una semana.
Clarence había estado encantado de librarse de sus clases y había capturado un par de peces medianos, que le presentó con gran entusiasmo a la cocinera.
Ella debía de habérselos echado a los gatos en cuanto Clarence se dio la vuelta, pero emitió todos los sonidos de asombro y agradecimiento de los que fue capaz, logrando que el chico se sonrojara de placer.
No podía oír lo que decía Max, si es que estaba diciendo algo, pero de repente me fijé en la gran piedra que sostenía en la mano derecha detrás de la espalda.
El corazón se me cayó a los pies y se me cerró la garganta justo cuando más necesitaba gritar y avisar a Hugo del peligro que corría, pero de mi boca solo salió un pequeño gemido, un grito diminuto que no llegaría más allá de medio metro , era más un chillido que un verdadero grito de advertencia.
Lágrimas de miedo y frustración caían por mi rostro mientras intentaba llenar los pulmones y soltar un rugido, pero sentía que me ahogaba, con la garganta oprimida y la visión nublada.
Rabiosa, me sequé las lágrimas e intenté gritar de nuevo, pero solo me salió un graznido ronco.
«Ay, Hugo», pensé, «por favor, escúchame».
Pero Hugo siguió caminando, ajeno a mi angustia y a las funestas intenciones de Max.
¿Qué demonios tenía Max contra Hugo? ¿Qué podía hacer él para alterarle la vida?
Si Hugo regresaba, lo ejecutarían, y todo ocurriría exactamente como ya había ocurrido y, si se quedaba en este siglo, no supondría ninguna amenaza para Max.
Él era el actual lord Everly, el hombre que lo tenía todo.
¿ Qué podía temer de alguien procedente del siglo xvii que en ese momento no tenía ni un cuarto de penique a su nombre, nada salvo la ropa que llevaba puesta, que ni siquiera le pertenecía?
Un sollozo desesperado brotó de mi pecho al ver cómo Max levantaba la mano para golpear la cabeza de Hugo con la piedra.
Esto no podía estar pasando. Había intentado salvarlo y, en su lugar, lo había conducido a la muerte.
¿Acaso era su sino morir en el mes de mayo de lo que en su época sería 1685?
¿No sería posible engañar al destino? ¿Era ese el día de su muerte en su vida real?
No podía ser, ya que habría acabado de llegar a la Torre de Londres, aunque tal vez había intentado luchar contra sus captores y perecido en el intento.
Todos esos pensamientos pasaron fugazmente por mi mente en los escasos segundos que tardó la piedra en bajar, pero apagué el cerebro y me obligué a mirar.
Necesitaba ver cómo Max cometía el crimen para poder ser testigo de lo ocurrido.
No iba a irse de rositas. La escena pareció desarrollarse a cámara lenta ante mis ojos.
Max bajó la mano con todas sus fuerzas, pero la piedra nunca llegó a entrar en contacto con el cráneo de Hugo, pues este se inclinó con mucha sutileza y Max perdió el equilibrio y se cayó de bruces en el borde del arroyo.
Hugo le pateó salvajemente la muñeca para obligarlo a soltar la piedra, que cayó al agua con un sonoro chapoteo.
Vi como Max se daba la vuelta con el rostro contorsionado por la ira mientras intentaba agarrar las piernas de Hugo y derribarlo, pero este se apartó y cogió una rama del suelo.
Antes de darme cuenta, se había sentado sobre el pecho de Max y presionaba su garganta con la rama de tal forma que primero empalideció de miedo y después se puso morado por la falta de oxígeno.
Sabía que debía hacer algo para detenerlo, pero no me moví.
En el fondo sabía que Hugo no era un asesino, quería asustar a Max y lo estaba consiguiendo.
Max intentaba empujar la rama con las manos y agitaba las piernas con impotencia, tratando de decir algo y suplicando piedad con los ojos.
A Hugo le bastaría presionar con más fuerza para asfixiarlo.
Aparté la mirada de Max y la fijé en Hugo.
No podía verle la cara, pero tenía los hombros tensos y sujetaba a Max con los muslos de tal forma que este era incapaz de realizar cualquier movimiento.
Como si percibiera mi presencia, Hugo se dio la vuelta de repente:
—¡Ven con nosotros, Neve! —gritó. Me sorprendió lo tranquilo que parecía, sobre todo teniendo en cuenta que acababa de librarse de morir lapidado.
Caminé hacia él dando traspiés, cegada por el pánico y el miedo. ¿Qué planeaba hacer?
—Hugo… —susurré, pero no tenía ni idea de qué decir.
—¿Debería hacerlo? —preguntó con frialdad—. Según tú, en esta época no existo, así que a nadie se le ocurriría jamás acusarme del asesinato de lord Everly. Soy invisible, ¿no? —inquirió. Seguía manteniendo la presión sobre la rama, pero parecía que su única preocupación era desentrañar aquello.
—Hugo, por favor, no lo hagas —rogué—. Lo vi todo y merece que lo castiguen, pero no tú.
Una sonrisa le iluminó el rostro.
—Pero ¡piénsalo! —gritó— Podría sencillamente ocupar el lugar de lord Everly.
El parecido es asombroso, tú misma lo dijiste.
A la gente le sorprenderían mis modales y la falta de ciertos conocimientos personales, pero intentarían buscarle una explicación, sin imaginar siquiera que el verdadero lord Everly está atado debajo del viejo molino, durmiendo plácidamente durante toda la eternidad.
Abrí la boca, consternada, pero Hugo me guiñó un ojo antes de volverse hacia Max.
Solo estaba atormentándolo por lo que había hecho, sin duda al haberse percatado de que acababa de describir el destino que Max le tenía reservado a él.
En realidad fue algo bastante inteligente, porque Max pasó del rojo remolacha al verde guisante, con los ojos desorbitados por la conmoción y el miedo.
Hugo no era tan corto de luces como él había pensado, su mente funcionaba muy rápido y disfrutaba con aquel juego del gato y el ratón con el que recompensaba a Max por su traición.
—¿Tú qué crees, Max? —preguntó Hugo—. ¿Es eso lo que tenías planeado?
Nadie buscaría a un hombre que no existe, ¿verdad?
A nadie le importaría excepto a Neve, a quien tacharían de loca.
Había desaparecido durante semanas y nadie sabía adónde había ido, todos pensarían que había sufrido algún tipo de colapso mental, ¿no te parece?
Max graznó algo que no logré entender.
—¿Has dicho algo? —preguntó Hugo educadamente, y apartó un poco la rama para permitirle coger aire y hablar.
—Hugo, por favor —suplicó Max—. No sé qué me pasó. Fue un momento de locura. Por favor, te lo ruego, no me mates. No eres un asesino.
—¿Cómo lo sabes? Yo tampoco pensaba que tú lo fueras, pero aquí estamos. —Por el brillo de sus ojos, Hugo estaba divirtiéndose a costa de Max, pero yo estaba horrorizada. ¿Qué íbamos a hacer ahora?
Me sorprendió que Hugo se pusiera en pie de un salto y empujara a Max al arroyo de una patada.
Acabaría empapado y lleno de barro, pero muy vivo.
Esperaba que no intentara volver a hacerle daño a Hugo, pero no mostró intenciones de salir del agua.
Su cabeza asomaba sobre la superficie mientras observaba a Hugo con cautela.
—¿Y ahora qué? —preguntó Max, todavía asustado.
—Ahora nos vamos —respondió Hugo por encima del hombro.