Capítulo 45
CUARENTA Y CINCO
Max probó a sacar diversos temas de conversación antes de dar con uno que a Hugo le resultara interesante.
No era pescador ni cazador y parecía reacio a hablar de la política del siglo xvii , dado que estaba metido hasta el cuello en una traición y a punto de ser ejecutado en su propia época, pero sentía curiosidad por el funcionamiento moderno de la hacienda.
Max le habló sobre los equipos agrícolas, mientras el cerebro le zumbaba como un abejorro enloquecido.
Esa era su única oportunidad para deshacerse de él.
Cuando Neve se lo llevara a Londres, estaría en un lugar enorme y poblado donde sería casi imposible cometer un crimen de tal magnitud sin ser detectado.
Con todos los transeúntes entrometidos y cámaras de seguridad en cada maldita esquina, seguro que alguien vería algo y, con la suerte de Max, incluso obtendría imágenes que se emitirían en todas las cadenas de televisión y conseguirían tropecientas mil visitas en YouTube, se demostraría así su culpabilidad y su brillante futuro quedaría arruinado.
Ahora se hallaban solos en el bosque y caminaban hacia el arroyo, ese tenía que ser el momento.
Nadie podía negar que había sido premeditado, no obstante, Max no estaba en absoluto preparado.
Su intención había sido coger un arma del pabellón, pero no había tenido la oportunidad, tendría que improvisar .
—¿Teníais el molino de grano en tu época?
—preguntó, fingiendo interés—. No estoy seguro de cuándo se construyó, pero de hecho sigue ahí, aunque es evidente que ya no se utiliza.
De hecho no ha vuelto a usarse desde la Revolución Industrial.
Vaya, perdona, no habrás oído hablar de eso.
Estoy seguro de que Neve te dijo que ahora todo funciona con electricidad y está controlado por ordenadores.
—Se permitió un momento de disfrute mientras Hugo intentaba procesar sus palabras sin parecer un absoluto idiota.
Se limitó a asentir en señal de comprensión y eso lo enfureció todavía más.
—Sí, Neve me lo explicó. Debo confesar que no entiendo muy bien cómo funciona, pero parece de lo más eficiente.
«¡Cabrón! ¡Cabrón! ¡Cabrón!», pensó Max mientras señalaba hacia el viejo molino.
La construcción estaba casi podrida y la vieja rueda se hallaba cubierta de limo y maleza tras siglos de abandono.
Todo aquello era un grotesco recordatorio de que el pasado pertenecía al pasado, igual que el espécimen con el rostro resplandeciente de curiosidad que se abría paso a su lado por el sendero resbaladizo.
Hugo se volvió para hacer una preguntas y Max quedó de repente sorprendido por el parecido entre ambos.
Era como mirarse al espejo y ver una versión algo más curtida de sí mismo.
Hugo tenía más o menos su edad, incluso unos años menos, pero vivir varias décadas sin una nutrición adecuada, atención médica y comodidades materiales tenía que envejecer a un hombre.
Era evidente que su antepasado nunca había visto un solárium, pensó con rabia, y un bronceado dorado podía resultar muy favorecedor y atractivo para las mujeres.
«Con Neve no funcionó», le recriminó su voz interior, pero la ignoró y siguió caminando mientras un pensamiento siniestro tomaba forma en su mente.
Si Hugo se le parecía tanto, podría ocupar su lugar con facilidad, matarlo y afirmar ser lord Everly, algo que, en teoría, era cierto.
Le llevaría un tiempo aclimatarse a este siglo y, por supuesto, nunca podría engañar a su madre, pero sería posible con la ayuda de Neve.
Max clavó la vista en el sendero para buscar lo que necesitaba.
Apareció unos minutos después, a pocos metros del molino.
La piedra tenía el tamaño de su puño y un borde dentado y puntiagudo en un extremo, sería perfecta para abrirle la cabeza a alguien por sorpresa.
Si el cuerpo fuera arrastrado bajo la rueda del molino, se pudriría sin que nadie sospechara jamás del secreto que albergaba.
Eso sería incluso mejor que flotar río abajo: ya nadie iba por allí, nunca se descubriría el cadáver.
Se agachó y, sin perder el ritmo, cogió la piedra y ocultó la mano tras la espalda.
«Dios mío», pensó, «por favor, perdóname por lo que estoy a punto de hacer y guía mi mano para acertar a la primera.
Este hombre es una amenaza para mí, esto es defensa propia», añadió, por si Dios necesitaba escuchar sus motivos.
Respiró hondo y levantó la mano sobre un desprevenido Hugo.