Capítulo 44
CUARENTA Y CUATRO
Me desperté justo cuando los rosados rayos del sol naciente empezaban a teñir la habitación decorada en un estilo conservador, lo que la hacía parecer el sueño punk rock de una adolescente.
Todo brillaba con un tono rosa rojizo y el efecto resultaba deslumbrante, aún más sobre Hugo, que se asemejaba a un dios coronado con un halo de color rojo sangre.
Pero no supo apreciar el efecto artístico y se apartó de la luz para evitar que el sol le diera en la cara.
Sonreí y me estiré con satisfacción, recordando la noche anterior.
Unos instantes después, volví de golpe a la realidad al rememorar el encuentro con Max.
No esperaba que se sintiera entusiasmado, pero desde luego no había pensado en el veneno que casi podía ver gotear de su lengua.
Confiaba en él y lo consideraba un amigo, pero la faceta que había descubierto unas horas antes era algo nuevo.
¿Acaso creía que la presencia de Hugo en el siglo xxi suponía algún tipo de amenaza para su posición y sus planes de futuro?
Pero ¿cómo? Hugo llevaba muerto más de trescientos años y no tenía derecho a nada, ¿por qué se sentía Max tan amenazado?
Se había llevado mi coche y mi bolsa y los había escondido para asegurarse de que nadie que me buscara encontrara rastro alguno de mi desaparición.
¿Era un gesto de ayuda o una forma de ocultar algo siniestro?
¿Y si me hubieran agredido o secuestrado en lugar de haber atravesado el pasadizo?
La policía nunca lo sabría, Max no había perdido tiempo en deshacerse de las pruebas.
Y, si hubiera sabido que había retrocedido en el tiempo, ¿estaría dispuesto a dejarme allí y olvidar que había existido?
Me mareé ante esas revelaciones. Tenía que sacar a Hugo de allí lo antes posible.
Londres era el mejor lugar para perderse, iríamos allí.
Solo tenía que ir a buscar el coche a los establos del pabellón, ponerme mi propia ropa y desaparecer antes de que el reparto y el equipo de rodaje fueran a grabar a la mansión y me vieran deambulando por allí.
Ya hablaría con Lawrence cuando estuviera preparada y le daría una explicación verosímil de mi ausencia laboral.
Me puse de lado y me pegué a Hugo antes de besarle el hombro desnudo y rodearle la cintura con el brazo.
—Hugo, es hora de irse —le susurré al oído. Mi voz tuvo un efecto inmediato, puso su mano sobre la mía sin darse la vuelta, pero supe que ya estaba completamente despierto y que el cerebro le funcionaba a toda velocidad.
—Debemos irnos —dijo—, ¿ahora?
—Sí, es necesario, pero me temo que antes tengo que ver a Max. Necesito recoger el coche y la bolsa del pabellón.
La mención del coche hizo que se girara y me mirara con ojos repletos de ansiedad.
—¿A qué velocidad se cabalga en un vehículo motorizado? —preguntó.
—No se cabalga , se conduce, y es mucho más rápido que un caballo. Pero no te preocupes, solo te resultará extraño unos instantes hasta que te ubiques. Será divertido.
—¿Divertido? —repitió—. Nunca me había planteado si las cosas eran divertidas, pero, supongo que, dadas las circunstancias, tal vez reconsidere el significado de esa palabra.
—Intentaba ser sarcástico, pero percibí una nota de pánico en su voz.
Un caballo al galope podía alcanzar los cincuenta kilómetros por hora, así que no me atreví a decirle a qué velocidad podía circular un coche por una autopista. Lo descubriría a su debido tiempo .
Nos vestimos casi en silencio y fuimos a buscar a Max. Yo me había olvidado por completo del retrato, pero Hugo se detuvo y contempló lo único que quedaba de su paso por la tierra. Su imagen lo miraba fijamente con todo el encanto de un bulldog agresivo.
—Nunca me gustó ese retrato —dijo en tono casual—. Nunca deseé posar para él, pero Jane había insistido, decía que lo correcto era que cada lord Everly tuviera su lugar en la galería. Quería que pareciese imponente y autoritario. ¿Qué opinas? ¿Logré conseguirlo? —preguntó con una sonrisa traviesa.
—Desde luego. Eres la viva imagen de un señor feudal a punto de azotar a sus siervos. —No pude evitar tomarle el pelo, sobre todo porque sabía que, a pesar de su actitud tranquila, le preocupaba lo que sería de él ahora que no teníamos ningún plan al que recurrir.
—Un trabajo bien hecho, entonces, para que las futuras generaciones de los Everly lo disfruten en años venideros. —Me tomó del brazo y me condujo hacia a las escaleras, donde casi chocamos con Max.
—¿Os vais tan pronto? —preguntó en un tono inocente y con una gran sonrisa—. Por favor, quedaos a desayunar al menos, y después os llevaré al pabellón y abriré los establos. Insisto.
—Muy bien —aceptó Hugo, y lo siguió al comedor, donde nos esperaba un desayuno caliente sobre el ornamentado aparador.
Max le tendió un plato y a continuación se llenó el suyo de huevos, salchichas y tomates fritos.
En la mesa ya había tostadas y té caliente, un detalle que me pareció revelador: no quería que Stella sirviera el desayuno como solía hacer.
Quizá se había dado cuenta de las posibles implicaciones de que alguien conociera la presencia de Hugo en la mansión.
Stella había estado allí la noche anterior, pero apenas se había fijado en él.
Esa mañana, con el sol de mayo bañando la habitación con una bruma dorada, sin duda se daría cuenta de que el invitado de su jefe se parecía al hermano que este había perdido siglos atrás, lo que podría suscitar algunas preguntas, sobre todo si se le ocurría mencionárselo a lady Everly a su regreso.
Tuve que reconocer que el parecido era aún más notable a la luz del día.
Tal vez era eso lo que asustaba a Max. ¿Acaso pensaba que Hugo intentaría hacerse pasar por él de alguna manera?
Max dio unos cuantos bocados y apartó el plato, haciendo ver que era incapaz de comer.
—Mira, viejo amigo, me temo que anoche fui bastante desagradable.
La impresión de verte y todo eso… Me gustaría compensarte de alguna manera.
¿Por qué no te quedas unos días? Para tantear el terreno, por así decirlo.
Puedes quedarte en el pabellón si lo prefieres.
Estoy seguro de que Neve tendrá cosas de las que ocuparse tras una ausencia tan prolongada, tú y yo podemos aprovechar para conocernos mejor, a fin de cuentas, somos familia.
¿Te gusta pescar? —preguntó con una sonrisa zalamera.
—No especialmente —respondió Hugo con evidente frialdad.
—¿Y la caza? —intentó de nuevo.
—Os agradezco vuestra amable oferta, lord Everly, pero la señorita Ashley y yo nos marcharemos.
Les sonreí a los huevos del plato porque a esas alturas ya no cabía duda de quién era el verdadero lord Everly.
Al lado de Hugo, que era un señor de los pies a la cabeza, Max parecía un colegial al que acababan de regañar y le aparecieron manchas de rubor en las mejillas.
Hugo no había dicho nada ofensivo, pero era obvio que Max se sentía despreciado.
—Max, si eres tan amable de darme la llave del establo, nos iremos. Y gracias por el desayuno. —Le di un último sorbo al té y me levanté para irme, seguida de Hugo.
—Os llevaré en coche —sugirió Max, pero Hugo no estaba dispuesto a tener su primera experiencia automovilística en su presencia.
—Creo que iremos caminando hasta el pabellón —replicó—. Hace una hermosa mañana. ¿Nos vemos allí?
—Por supuesto —aceptó Max.
Estar al aire libre me supuso un gran alivio.
Las gotas de rocío brillaban en la hierba como fragmentos de cristal y una bruma de color melocotón envolvía el parque y el pueblo, desdibujando los contornos y haciendo que todo pareciera suave y hermoso.
Mientras caminaba con Hugo hacia el bosque, se me empaparon los pies en cuestión de minutos, pero no me importó.
En ese momento, lo único que quería era recuperar mis cosas e irme.
Un plan empezaba a tomar forma en mi cabeza, pero requería algo de sutileza y aún no estaba lista para compartirlo con Hugo.
Max ya se encontraba en el pabellón cuando llegamos, el candado colgaba lánguido de la gruesa cadena y las puertas abiertas de los establos dejaban mi coche a la vista.
Max me lanzó las llaves y se volvió hacia Hugo con una brillante sonrisa.
—¿Me permites que te enseñe el lugar mientras Neve recoge sus cosas?
Sabía que Hugo quería negarse, pero era demasiado caballero como para volver a rechazar a Max, hizo una leve inclinación de cabeza y lo siguió hacia el bosque.
No estaba segura de qué quería enseñarle, pero yo tenía algunas cosas que hacer antes de irnos.
Rebusqué en mi bolsa de viaje hasta encontrar el móvil y la cartera.
Mi ropa estaba un poco arrugada, pero se podía usar, de modo que me cambié allí mismo y entré en el pabellón para devolver las prendas de Max.
Estaba a punto de irme cuando recordé nuestra ropa del siglo xvii , recogí deprisa nuestras cosas y fregué las tazas y el plato para asegurarme de que no quedara ni rastro de nuestra estancia.
Salí del pabellón y eché un vistazo a mi alrededor.
Max y Hugo aún no habían regresado, aproveché para encender el teléfono, dando por hecho que no le quedaría batería.
Sin embargo, cobró vida y anunció que tenía diecisiete llamadas perdidas, diez mensajes de voz, una docena de mensajes de texto y un sinfín de correos electrónicos.
Miré las llamadas recientes, sorprendida al ver que en los últimos dos meses se habían realizado varias desde mi teléfono, unas cuantas a Everly Manor y otras a mi piso.
Si el móvil había estado todo el tiempo en el coche, ¿cómo era posible que se hubieran hecho llamadas y por qué la batería seguía teniendo algo de carga?
Buscaría respuestas más tarde, pero primero decidí hacer de tripas corazón y escuchar los mensajes.
Había dos llamadas de Evan, que, con un tono arrogante, exigía saber dónde estaba; cinco mensajes de Lawrence, en el último de los cuales decía que estaba despedida, y otros cuantos de amigos, además de uno de mi banco.
En este, el empleado me informaba de que, tras mi última retirada de efectivo del 20 de abril, tenía la cuenta en números rojos por valor de diez libras.
Empezaron a temblarme las manos al comprender lo que debía de haber pasado.
Max tenía las llaves de mi coche y había encontrado mis pertenencias, por lo que debía de haber hecho las llamadas y usado mi cuenta para dar la impresión de que seguía en el presente y no en el siglo xvii .
No entendía en qué le beneficiaba eso o por qué sentía la necesidad de mantener la farsa, pero, con independencia de cuáles fueran sus motivos, estaba claro que tenía algo que perder con mi regreso.
Arrojé las cosas dentro del coche y eché a correr en la dirección que habían tomado Max y Hugo.