El pasaje secreto (La tierra de prodigios 1) Epílogo
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Epílogo

Max trataba desesperado de sujetarse a las riendas del caballo con las manos engrilletadas, mientras las cadenas tintineaban con tal estrépito que le sacudía hasta los huesos.

El capitán, que parecía increíblemente satisfecho consigo mismo, cabalgaba delante, con la espalda recta y el casco reluciente bajo el sol de la mañana.

Lo seguía Max, cegado por el brillo, y tras él, otro soldado cerraba la marcha.

Max sentía que las costillas se le iban a resquebrajar por la paliza de la noche anterior, cada respiración le suponía una agonía y cada milla recorrida, un infierno.

Cuanto más negaba ser Hugo, más fuerte le pegaban.

Tenía la mente confusa, en parte por el dolor de sus heridas y en parte por la conmoción.

Había vivido rodeado de comodidades y seguridad, siendo siempre consciente de que no había nada que no pudiera solucionarse con dinero y contactos.

Pero en el siglo xvii no tenía ni una cosa ni la otra.

No había a quién llamar ni a quién pedir ayuda.

Estaba solo e indefenso. Lo habían arrestado bajo el cargo de traición, secuestro e intento de asesinato y solo había un resultado para su situación: la muerte.

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