Capítulo 42 #4
—Mira, Max, en marzo me pasó algo extraordinario. Mientras sacaba fotos en la cripta, me topé con un pasadizo que me llevó al siglo xvii , donde conocí a Hugo. Te presento a lord Hugo Everly, tu antepasado.
Esperaba que se quedara atónito, pero se limitó a hacerle a Hugo una señal de asentimiento.
—Lo sé —confirmó—. Lo reconozco por el retrato, solo que parece menos pomposo con mi chándal y sin esa ridícula peluca.
Lo fulminé con la mirada, enfadada por que estuviera tratando de humillar a Hugo en lugar de darle la bienvenida. Captó el mensaje alto y claro y adoptó una actitud hospitalaria.
—Por supuesto, estoy encantado de conocerte, Hugo.
Como comprenderás, me he quedado en shock .
Después de todo, no todos los días llega a tu vida alguien que murió hace más de trescientos años.
Espero que lo entiendas, viejo amigo. Porque eres realmente un viejo amigo, ¿verdad? —Max se rio de su propio ingenio.
—El placer es todo mío —respondió Hugo sin disimular su sarcasmo.
Madre mía, la cosa no empezaba nada bien .
—Max, no pareces sorprendido por mi viaje en el tiempo —comenté, al darme cuenta de repente de que ni siquiera había parpadeado tras decirle que había estado en el siglo xvii en compañía de su antepasado.
—No, sospechaba que podrías haber atravesado el pasadizo, aunque no estaba seguro. Encontré la bolsa con tu ropa, el teléfono y las llaves detrás de la tumba, y después vi tu coche aparcado en la calle, no muy lejos de la iglesia —admitió.
—¿Te llevaste tú mis cosas? —pregunté, sorprendida de que hubiera asumido algo así. ¿Y si me hubieran secuestrado o herido?
—Cogí tu bolsa y usé las llaves para llevar el coche al pabellón.
Está en el establo. Supuse que habías ido por tu propia voluntad y que no querías que nadie se enterara.
Sin duda habría suscitado un montón de preguntas incómodas y cualquier periodicucho podría haber enviado a un reportero a investigar.
—Pero ¿cómo sabías lo del pasadizo? ¿Lo has atravesado alguna vez? —lo interrogué.
—La verdad es que no sabía nada. Hace mucho tiempo escuché la historia de un tío que desapareció durante meses y después regresó divagando sobre la Guerra Civil y sus encuentros con Oliver Cromwell.
Todos pensaron que estaba loco y pasó varios años internado en una institución para enfermos mentales.
Al final, cuando aprendió a dejar de hablar de sus experiencias, consiguió que lo dejaran salir.
Cuando encontré tu ropa y tu teléfono detrás del sarcófago, fui a buscar su diario para ver si podría haber algo de cierto en alguna de sus páginas.
Sus reflexiones resultaban muy convincentes y no pude hallar ninguna otra explicación para tu desaparición.
Unas mujeres te vieron ir a la cripta sola con una bolsa grande, pero nunca saliste, y tampoco había señales de forcejeo.
La cripta no tiene más salidas y nadie más vio a nadie por los alrededores ese día. Bueno, ¿en qué año acabaste?
—En 1685, donde conocí a Hugo. No puede volver, Max, y tenemos que ayudarle.
—Ah, la trama se complica —dijo Max, con los ojos clavados en Hugo—. Desapareciste sin dejar rastro en mayo de 1685. ¿Debo suponer que es este el lugar y el momento al que fuiste? —Su tono sonaba sarcástico de nuevo, pero no podía permitirme enemistarme con él. Era nuestra única esperanza.
—Eso parece —respondió Hugo.
En ese momento, la señora Harding apareció con una bandeja que contenía un plato de sándwiches, té y unos pastelitos que olían de maravilla. Me dedicó una mirada extraña, pero apenas prestó atención a Hugo antes de retirarse.
—Servíos, queridos —dijo Max mientras cogía un pastelito y se lo metía en la boca.
Le serví a Hugo una taza de té y le puse varios sándwiches en un plato. Dado que Max no estaba siendo para nada hospitalario, no creí que fuera a servirse él mismo, pero lo más seguro es que tuviera hambre. A Max no le pasó desapercibido el gesto y me dedicó una sonrisita cómplice.
—Bueno, ¿y ahora qué? —preguntó mientras se servía una taza—. ¿Cuál es el plan?
—No lo sé —tartamudeé—. Esperaba que pudieras ayudar a Hugo de alguna manera. Después de todo, es de la familia.
—Mmm, la verdad es que sí, ¿no? —reflexionó, al tiempo que cogía otro pastelito—.
Supongo que puedo hacer una donación a la causa, pero no involucrarme en ningún tipo de empresa turbia que pueda dañar mis perspectivas políticas si alguien se entera.
Tal vez os iría mejor en Londres. Es mucho más fácil perderse entre la multitud que aquí, donde todo el mundo sabe lo que hacen los demás.
La gente empezaría a comentar nuestro parecido antes de que acabara la semana.
Podéis quedaros esta noche y usar el pabellón todo el tiempo que queráis, si no estáis preparados para volver.
Puedo proporcionaros víveres y cualquier otra cosa que necesitéis, siempre y cuando nadie os vea.
—Es muy amable por tu parte, Max —dije, intentando ocultar el veneno de mi voz, pero él se limitó a encogerse de hombros, dejando claro que se lavaba las manos respecto de todo aquel asunto .
—Stella os acompañará a vuestras habitaciones —nos dijo a modo de despedida.
—Una será suficiente, gracias —le informó Hugo justo cuando la señora Harding entraba.
—Vaya, así es la cosa, ¿no? Bueno, no dejes que me interponga en tu camino, viejo.
Me entraron ganas de borrarle la sonrisa de superioridad de una bofetada, pero me limité a levantarme y salir de la estancia. Estaba claro que Max no iba a ser de gran ayuda, Hugo y yo estábamos solos.
Hugo me siguió en silencio escaleras arriba hasta la habitación que la señora Harding abrió para nosotros.
Era la misma en la que me había alojado la otra vez y me resultaba tristemente familiar.
Ojalá tuviera mis cosas, pero, aparte de la ropa de Max que llevaba puesta, no tenía nada.
Al día siguiente recuperaría mi coche, sacaría la maleta del maletero y me cambiaría.
Tendría que cargar el móvil y llamar a Lawrence Spellman, aunque, de todas formas, me habría despedido.
Pensar en ello me hizo llorar de frustración.
De repente me sentía muy perdida. Hugo me atrajo hacia él y me abrazó, apoyando la barbilla en mi cabeza.
—Neve, todo saldrá bien. Haré lo que haga falta para que esto funcione, lo prometo. Siento haberme mostrado distante, no volverá a ocurrir. Solo dime que aún me amas —me pidió en voz baja.
—Por supuesto que aún te amo, tonto —sollocé—. Te quiero aún más, si cabe.
—Entonces ven a la cama y deja que te haga sentir mejor.
—Esa es la mejor idea que he oído en todo el día —respondí, y me quité la ropa.