Capítulo 42 #3
—Sinceramente, no sabría decirte —respondió mientras me abrazaba más fuerte—.
Puedo volver y esperar a que me ejecuten o quedarme aquí y sentirme como un pez fuera del agua el resto de mis días, suponiendo que encontremos la forma de que me quede.
No estoy seguro de qué opción resulta más atractiva.
Ahora que has vuelto a tu propia época, no hay nada que te impida dejarme. Eres libre de hacer lo que te plazca.
—¿Crees que estaba fingiendo que te amaba? Iba a quedarme contigo en una época que no es la mía. Iba a renunciar a todo. ¿Es eso lo que piensas de verdad? —le pregunté, indignada.
—No sé qué creer. Tienes que darme algo de tiempo, Neve. Desde el desayuno han cambiado muchas cosas —añadió con pesar.
—Lo sé —admití—. ¿Por qué no te das un baño caliente? Eso podría relajarte. Y yo iré a ver si encuentro algo de ropa. Tal vez no sea lo mejor llegar a la mansión vestidos como actores de teatro.
—Está bien. —Se levantó y caminó hacia el baño, donde se quedó mirando la bañera sin encender la luz—. ¿Tengo que coger agua del lavabo y echarla aquí?
—No. Abres los grifos así y pones el agua a la temperatura que te guste. Solo tienes que dejar que la bañera se llene y luego los cierras. ¿Enciendo la luz? —pregunté con cautela.
—No. Deja la puerta abierta. La luz brilla demasiado.
Le di un poco de jabón, una toalla de baño esponjosa y un bote de champú y lo dejé a su aire mientras me iba a registrar el resto de la casa.
Según Max, Roland solía pasar allí varios días, así que tenía que haber algo de ropa, a menos que se lo hubieran llevado todo tras su muerte.
Salvo por un poco de polvo, el pabellón estaba inmaculado, pero, a juzgar por las galletas, el té y los artículos de aseo, alguien lo seguía usando.
Encontré lo que supuse que había sido el dormitorio de Roland.
Era muy masculino y carecía de objetos personales.
Abrí los cajones de la cómoda, pero no encontré nada.
El armario resultó estar igual de vacío.
Se habían deshecho de todas sus cosas. El siguiente dormitorio estaba amueblado con un estilo muy similar, por lo que deduje que no era un lugar donde se quedaran mujeres.
Era un dominio masculino, lleno de armas y animales disecados.
El armero de la otra habitación estaba cerrado con llave, pero a través de las puertas de cristal vi varias armas de fuego.
Abrí los cajones y me alegró encontrar unos cuantos pares de calzoncillos, calcetines y varias camisetas, aunque no servirían de nada sin unos pantalones.
Abrí la puerta del armario y sonreí. Allí había dos pares de vaqueros, un chándal azul marino y una chaqueta de cachemir, además de varias camisas de vestir.
A juzgar por el estilo, pensé que podrían ser de Max. Un hallazgo fortuito, sin duda.
Dejé mi tesoro y fui a revisar el tercer dormitorio, albergando la vana esperanza de que perteneciera a lady Everly y encontrar algo de ropa femenina, pero la habitación estaba vacía.
Lo más probable era que lady Everly no hubiera pasado allí ni una sola noche.
Regresé al cuarto de Max, me desvestí y me puse unos calzoncillos antes de probarme sus vaqueros.
Me quedaban largos y demasiado ajustados en las caderas, pero me servían.
Me puse una de las camisetas y me miré al espejo.
Resultaba extraño sentirse tan oprimida de cintura para abajo tras varias semanas sin llevar nada debajo de las faldas.
Podía ver el contorno de mis pezones a través de la fina tela y de repente me sentí muy cohibida, pero tendría que servir; el vestido del siglo xvii era un poco excesivo.
Por supuesto, no había zapatos, así que tuve que quedarme con los míos, lo que hizo que mi atuendo fuera aún más extraño.
Me quité las horquillas y observé cómo el cabello me caía sobre los hombros.
No había llevado el pelo suelto excepto a la hora de dormir, así que fue liberador dejar que se me rizara alrededor de la cara.
Me quedé contemplando mi reflejo. Resultaba complicado reconciliar a la mujer que había sido aquella misma mañana con la que me devolvía ahora la mirada.
Supongo que debería haber estado más cómoda llevando ropa moderna, pero me sentía rara, de algún modo incompleta, y menos femenina.
Me aparté del espejo cuando Hugo entró en la habitación.
Tenía el pelo húmedo del baño y llevaba la toalla enrollada alrededor de la cintura de una forma que me hizo desear que se la quitara.
Me miró un instante con la cabeza inclinada, como si estuviera evaluando un cuadro.
—Estás distinta —dijo—. ¿Es eso lo que llevan las mujeres en estos tiempos?
—No, esto es de Max. No pude encontrar nada apropiado. Tengo algo de ropa para ti, espero que te sirva. —Le tendí los calzoncillos, los calcetines, los vaqueros y una camisa. Entendió qué hacer con los vaqueros y la camisa, pero la ropa interior y los calcetines lo dejaron perplejo .
—Eso te lo pones debajo de las calzas —le expliqué—. Y eso va en los pies.
—¿Por qué tengo que ponerme esto debajo de las calzas? —preguntó, desconociendo claramente su propósito.
—Los hombres llevan ropa interior bajo la ropa. Es más higiénico y mantiene las cosas en su sitio.
Hugo me miró extrañado, pero dejó caer la toalla obediente y se puso la ropa interior y los calcetines, seguidos de los vaqueros. Le quedaban bien, pero tuve que enseñarle cómo funcionaba la cremallera.
—Estas calzas son muy ajustadas.
Se notaba que estaba incómodo, así que le entregué el chándal.
—Prueba con esto. No aprieta tanto.
Se puso el chándal, una camiseta y unas zapatillas de deporte que había encontrado en el armario.
—¿Te aprietan los zapatos?
—No, me sorprende lo cómodos que resultan —contestó mientras daba un paseo por la habitación y se quedaba paralizado frente al espejo—. Qué extraño me veo.
—Ni la mitad de extraño de lo que te verías en esta época con tu atuendo del siglo xvii . En realidad estás muy guapo.
—¿De verdad? —Su expresión demostraba que él no podía decir lo mismo de mí. Mi ropa lo indignaba, pero no dijo nada al respecto. Por supuesto que pensaba que estaba rara, era normal y no quería irritarlo más. No podía dejar de pensar en nuestro encuentro con Max. Esperaba que estuviera en casa.
—Será mejor que nos vayamos. Pronto oscurecerá, ahora debería ser seguro.
Hugo se limitó a asentir y salió de la habitación.
Quise asegurarle que todo saldría bien y que Max lo ayudaría, pero me mordí la lengua.
No tenía ni idea de cómo reaccionaría, ni esperaba que las cosas encajaran a corto plazo.
Hugo tardaría mucho tiempo en adaptarse a este mundo y su orgullo sufriría un duro golpe.
Pasar de ser el señor de la mansión a no ser nadie sería difícil para cualquiera.
Aparte de algún tipo de trabajo manual, no se me ocurría nada que pudiera hacer, pero incluso eso requería habilidad.
Caminamos por el bosque en silencio y salimos no muy lejos de la nueva casa.
Había varias ventanas iluminadas y el coche de Max estaba en la entrada, era buena señal.
Había intentado encontrar una explicación creíble, pero lo único que podía hacer era contarle la verdad.
Nada podría explicar que desapareciera y volviera a aparecer con un antepasado suyo que llevaba tanto tiempo muerto.
Llamé al timbre con una mano temblorosa mientras con la otra buscaba la de Hugo.
Él no se apartó, pero tampoco entrelazó sus dedos con los míos como había hecho aquella misma mañana.
Seguía enfadado, y puede que muerto de miedo.
Estaba literalmente entre la espada y la pared, y era consciente de ello.
Fue el propio Max quien abrió la puerta.
Las luces del vestíbulo iluminaban su alta figura desde atrás, por lo que no pude verle la cara con claridad, pero lo que vislumbré bastó para mostrarme la conmoción, el asombro y la aprensión que pasaron por su rostro antes de forzarse a esbozar una sonrisa.
—Neve. Madre mía, ¿dónde has estado? Estaba preocupadísimo.
—Me dio un cálido abrazo y me besó en ambas mejillas, pero tenía la mirada clavada en Hugo, y un brillo de malicia apenas perceptible me puso en guardia—.
¿Esa ropa es mía? —Me separó un poco y admiró la forma en que la camiseta se ceñía sobre mis pechos—.
A mí nunca me ha quedado así de bien. Pasad.
Mi madre ha ido a visitar a una vieja amiga en Cornualles. Está precioso en esta época del año.
No dejaba de hablar para ocultar su nerviosismo, pero pude percibir su animadversión hacia Hugo. Era como si supiera con exactitud quién era. Nos hizo pasar a la sala de estar y nos invitó a tomar asiento.
—Pediré que nos traigan algo de beber, ¿os parece? —Desapareció por el pasillo antes de que pudiera decir una palabra, lo cual me dejó perpleja.
—Solo está sorprendido, eso es todo —le dije a Hugo mientras se sentaba con rigidez a mi lado y miraba a su alrededor .
—¿Era tu amante? —me preguntó de repente, clavándome la mirada.
—No, no lo era. Sin embargo, no voy a negar que estaba interesado en mí y que quería conocerme mejor. —No iba a justificar mi vida anterior ante Hugo. Todo eso había pasado antes de conocerlo, no tenía por qué sentirme culpable. Tampoco es que él no hubiera tenido amantes.
—Ya veo. —No le dio tiempo a decir más, Max estaba de vuelta.
—Stella preparará unos sándwiches y un poco de té. Estoy seguro de que os vendría bien picar algo. Si me permitís que os lo diga, no tenéis muy buen aspecto. Y bien, ¿dónde has estado? Spellman te ha estado buscando y Evan también. Llamó aquí varias veces para preguntar adónde habías ido.
«Ay, ¿por qué tenía que sacar el tema de Evan?», pensé mientras miraba de reojo a Hugo. Estaba sentado, inmóvil como una estatua, esperando a que lo presentara.