Capítulo 42 #2
—Hugo, vine a Everly Manor a principios de marzo por mi trabajo.
Sí, yo trabajo —añadí, en respuesta a su mirada interrogante—.
Soy ojeadora de localizaciones para una empresa que hace películas.
Una película es como una obra de teatro, pero que se graba y se muestra en una pantalla en lugar de interpretarse en directo.
Muchas películas se graban en exteriores, así que los ojeadores visitan varios lugares posibles y eligen el más apropiado y el que mejor se ajuste al presupuesto de producción.
—No dijo nada, así que continué—: Mientras estaba en la cripta sacando fotos —una foto es como una imagen que puedes plasmar en un película— para una escena que se iba a grabar allí, presioné sin querer una de las flores que hay talladas en la pared, detrás de la tumba del caballero, y se abrió una puerta que daba a un pasadizo.
No tenía ni idea de que ese pasadizo llevara a algún sitio que no fuera otra zona de la iglesia, pero cuando subí las escaleras, te vi a ti y a la iglesia tal y como era en el siglo xvii .
—¿Así que me seguiste? —preguntó, con más curiosidad que enojo.
—No. Bajé corriendo las escaleras hacia la cripta, presa del pánico.
Pensé que había experimentado algún tipo de alucinación.
Es que… verás, ya sabía quién eras. Max, que es el actual lord Everly, me enseñó tu retrato y me habló del misterio que rodea tu desaparición.
Nadie sabía qué te había ocurrido. Tan solo te desvaneciste un día de mayo de 1685.
—¿Me equivoco al dar por hecho que me desvanecí viajando al siglo xxi ? —preguntó él. Me alegró ver que sonreía ante lo absurdo de todo aquello.
—Supongo que sí, pero en aquel momento no lo sabía. Volví a pasar por el pasadizo solo para demostrarme que lo que había visto la primera vez era real. Ese fue el día en que casi me atropellas.
—Y, cuando huiste, ¿regresaste a casa? —preguntó Hugo.
—Sí, pero no podía dejar de pensar en ti y en Jane, y me sentía fatal por desaparecer sin más, sobre todo sabiendo lo que te esperaba, de modo que volví para advertirte. No quería hacer más que eso, pero no me dejaste marchar.
—Así que no tienes la «Visión», sino un conocimiento real —dedujo.
—Así es. Sabía con exactitud lo que iba a pasar. Está todo muy documentado.
Hugo dejó la taza, se puso de pie y se acercó a la ventana, dándome la espalda durante unos minutos mientras asimilaba lo que le acababa de decir.
Tenía los hombros rígidos y la cabeza levantada en un gesto orgulloso.
Se sentía desafiante y enfadado, y no podía culparlo.
Quería decir algo para asegurarle que no le había engañado ni mentido, pero no serviría de nada.
Debía verlo por sí mismo. Al final, controlando su ira, se giró para mirarme:
—Neve, yo soy en parte responsable de lo que te ha pasado, y tú me has salvado la vida.
Si me hubieran arrestado me habrían ejecutado, pero es que todo esto escapa a mi comprensión.
¿La gente del siglo xxi suele viajar en el tiempo?
¿De verdad ha llegado el mundo tan lejos en su exploración científica o es algún tipo de magia negra?
Y, si tal cosa es posible, ¿puedo volver si lo deseo?
¿Regresaría al mismo momento en que me fui?
¿Hay alguna forma de controlarlo o apareces en algún momento del pasado?
Tú pudiste volver tres veces a la misma época, así que debes haberlo controlado de alguna manera.
Tuve que admitir que, para ser un hombre del siglo xvii , su mente estaba procesándolo todo muy bien y planteando todas las preguntas correctas. Yo misma me las había hecho y no tenía ninguna respuesta.
—Si te soy sincera, no lo sé. Hay algunas teorías sobre las líneas ley, se supone que los puntos donde se cruzan tienen cierto poder, pero no se ha demostrado nada de eso.
No soy consciente de haber navegado por el tiempo, pero estaba pensando en ti, es posible que de alguna manera eso influyera en el lugar donde acabé, aunque lo dudo mucho.
Cuando estaba sacando fotos en la cripta no pensaba en ti, en todo caso, me preguntaba por el caballero cuyo sarcófago estaba fotografiando, supongo que debería agradecer no haber acabado uniéndome a las Cruzadas.
No podría soportar el calor del desierto —dije, intentando bromear sin éxito—.
Supongo que puedes volver si lo deseas, pero te arrestarán y te llevarán a la Torre.
No soportaría perderte, Hugo, y menos de esa manera tan espantosa en que ejecutaban a los traidores.
Sabes lo que te pasaría, ¿verdad? La horca o la decapitación serían una bendición en comparación con las torturas a las que te someterían.
Hugo asintió en señal de reconocimiento.
Sabía lo que le harían. Lo arrastrarían y descuartizarían públicamente, exhibirían las partes de su cuerpo por todo Londres como advertencia para los demás y sus entrañas y sus partes íntimas serían quemadas delante de él mientras moría de la conmoción.
Se sentó a mi lado, me atrajo hacia sí y me besó la coronilla.
—No vas a perderme, Neve. Me engañaste, pero intentaste ayudarme de la única forma en que podías, y por eso te estoy sumamente agradecido. Sé que tus sentimientos son sinceros, al igual que los míos.
Dejé escapar un suspiro de alivio al oírlo. Por un momento, pensé que podría salir corriendo hacia la iglesia y regresar a 1685 para enfrentarse a su destino, en parte por rabia y en parte por su innecesario sentido de la responsabilidad. Al menos estaba siendo sensato.
—¿Y ahora qué? —preguntó, leyéndome el pensamiento.
—Esperaremos a que oscurezca y la gente del rodaje se haya marchado, y entonces iremos a ver a Max. Es un hombre encantador, Hugo. Creo que os llevaréis muy bien. Ambos os parecéis tanto físicamente que resulta asombroso. Estoy segura de que estará encantado de ayudar.
Hugo se recostó y me estudió durante un instante. Estaba claro que su mente no aceptaba mi propuesta.
—Suponiendo que ese tal Max esté dispuesto a ayudarme, ¿qué tipo de ayuda imaginas? ¿Dinero? ¿Qué voy a hacer aquí? No tengo nada.
—Me tienes a mí —afirmé sin más—. Siempre me tendrás.
—Pero ¿por qué ibas a querer a un hombre que no tiene nada que ofrecerte? En 1685 podía darte riqueza y una posición, suponiendo que viviera lo suficiente para casarme contigo, pero aquí no soy nadie.
—En realidad eres menos que nadie —corregí—.
En esta época, no puedes aparecer en un lugar y empezar una nueva vida.
Todo está documentado y las personas tienen ciertos documentos de identidad que pueden comprobarse en cualquier momento.
Cada persona tiene un número de la Seguridad Social que es único.
Alguien con el acceso adecuado puede buscar toda tu información personal, empezando por tu nacimiento y continuando con todo lo que has hecho desde entonces.
Todo ciudadano británico deja un rastro electrónico.
Bueno, en realidad, no es solo en Gran Bretaña, es en todo el mundo.
Los gobiernos controlan cada persona que entra y sale del país con el fin de proteger a sus ciudadanos.
—Ya veo —asintió Hugo, aunque estaba segura de que no era así—. ¿Y cómo puede ayudar Max Everly? —volvió a preguntar. Tal vez sí que lo veía.
—No estoy segura, pero es tu descendiente, en realidad es descendiente de Clarence. Quizás se le ocurra algo. Tiene pensado presentarse al Parlamento, conoce gente.
—¿Presentarse al Parlamento? —preguntó Hugo con interés—. ¿El Parlamento sigue existiendo?
—Claro, sí. Y la monarquía no tiene la clase de poder del que gozaba antes. La reina es más una figura decorativa que una gobernante. Es una empleada del gobierno.
—Extraordinario —comentó mientras intentaba asimilarlo—. Entonces, ¿no tiene poder para disolver el Parlamento?
—No. Ni ella, ni nadie.
Pasamos las siguientes horas conversando.
Ahora que Hugo había tenido algo de tiempo para ubicarse, sentía curiosidad por el mundo en el que se encontraba y estaba ansioso por aprender lo máximo posible antes de que abandonáramos nuestro escondite.
Intenté explicarle lo que era la televisión, la radio, los teléfonos, los satélites, las diversas formas de viajar y cualquier otra cosa que me viniera a la mente.
Y mientras habláramos del progreso, no me haría ninguna pregunta personal.
No estaba preparada para darle explicaciones sobre Evan ni sobre el bebé que había perdido.
Claro que no tenía por qué contárselo, pero me parecía deshonesto mentir sobre mi pasado.
Ya lo había engañado bastante, merecía la verdad.
—Me da vueltas la cabeza de tanta información —anunció Hugo—. Hasta ahora todo parece muy teórico, ya que en realidad no he visto ninguno de los aparatos de los que me has hablado.
El pabellón no tenía televisión ni teléfono, pero sí una radio, la encendí y, curiosa por ver la reacción de Hugo, busqué una emisora que ponía música pop.
—¿Qué es ese ruido? —preguntó.
—Es el tipo de música popular hoy en día. ¿No te gusta?
Se encogió de hombros.
—Supongo que es cuestión de acostumbrarse, como cualquier otra cosa. ¿A ti te gusta?
—Me gustan algunas canciones. También hay otros tipos de música.
—Encontré una emisora en la que estaba sonando un concierto de Mozart y vi cómo se relajaba.
Con eso sí podía sentirse identificado. Cerró los ojos y se echó hacia atrás, tirando de mí para que mi cabeza descansara sobre su pecho.
Los latidos de su corazón eran un poco arrítmicos, de modo que tal vez no estaba tan tranquilo como quería hacerme creer—.
Hugo, ¿estás bien? —pregunté, preocupada.