El pasaje secreto (La tierra de prodigios 1) Capítulo 42
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Capítulo 42

CUARENTA Y DOS

Hugo estaba a punto de decir algo cuando salimos a la iglesia, que, por fortuna, estaba vacía.

Una luz brillante entraba por la ventana del Jubileo y proyectaba un arcoíris de colores sobre los bancos de madera y el suelo de piedra.

Oí como Hugo inspiraba con brusquedad, pero no había tiempo para explicaciones, teníamos que salir, y rápido.

Sabía exactamente adónde ir, pero era fundamental que abandonáramos la iglesia sin que nos vieran.

Mi bolsa de viaje no estaba donde la había dejado, por lo que supe que mi desaparición no había pasado desapercibida.

Tal vez la policía me estuviera buscando, de modo que, si me encontraban vestida con ropa del siglo xvii y con un hombre carente de identificación, no sería beneficioso para ninguno de los dos.

Empujé la puerta lateral que daba al cementerio y le hice señas a Hugo para que me siguiera.

Se quedó clavado en el sitio con la mirada fija en el lugar donde esperaba que estuviera Everly Manor.

La verdad es que seguía estando allí, solo que eclipsada por completo por la nueva casa, que se alzaba, orgullosa, en lo alto de la colina.

Desde nuestra posición ventajosa, distinguía actividad junto al museo: gente que iba y venía, varios vehículos aparcados y dos coches que atravesaban las verjas de la mansión nueva.

Era evidente que el rodaje ya estaba en marcha y el equipo y los actores habían invadido el lugar.

Hugo observó en silencio como los coches se alejaban a toda velocidad de la mansión y desaparecían tras la curva. Se dejó caer en un banco de piedra junto a una de las tumbas bajo la mirada compasiva de un ángel de aspecto apenado.

—Neve, no lo entiendo —murmuró—. ¿Es algún tipo de brujería? ¿Qué has hecho?

Me senté a su lado y, colocando mis manos sobre sus frías mejillas, lo obligué a mirarme a los ojos.

Estaba sudoroso y tenía las pupilas dilatadas por el pánico.

Había estado muy tranquilo a la hora de afrontar su arresto e inminente ejecución, pero esto se alejaba tanto de su capacidad de comprensión que al final sus defensas se desmoronaron y parecía a punto de desmayarse.

Viajar al pasado ya era bastante difícil, incluso sabiendo algo de la historia y las costumbres de entonces y tras haber leído libros y visto en películas cómo se vivía.

Sin embargo, trasladarte al futuro y enfrentarte a cosas que nunca habrías siquiera imaginado, y mucho menos visto, debía de ser infinitamente más complicado.

Tendría que andar con cuidado a la hora de explicarme, pero ahora necesitaba llevarlo a un lugar seguro.

—Hugo, escúchame. Te lo explicaré todo en cuanto pueda, pero ahora debemos alejarnos de aquí. Conozco un lugar donde podremos escondernos hasta el anochecer. Contrólate, hombre —dije en un tono más severo mientras él seguía allí sentado.

—¿Y qué pasa después del anochecer? —preguntó él, al tiempo que se levantaba y me seguía fuera del cementerio.

—Todavía no lo sé —respondí en un tono desenfadado—. Este no era exactamente el plan, ¿verdad?

—¿Había un plan?

—Sí, íbamos a ir a Francia, casarnos y vivir felices para siempre —bromeé, esperando hacerle sonreír, pero no captó la broma.

—¿Es de aquí de donde vienes? — me preguntó, girando la cabeza mientras intentaba asimilar su entorno, tan familiar y diferente a la vez .

—Sí, así es.

No dijo nada más, se limitó a caminar a mi lado como un autómata, mirando a su alrededor con asombro.

Lo guie hacia el interior del bosque en cuanto pude, tratando de recordar la ubicación exacta del pabellón de caza.

Max me lo había enseñado la primera vez que llegué, pero no me había interesado la estructura porque se había construido mucho después de la época de nuestra película.

Era una adición victoriana que había sido testigo de innumerables cacerías y comidas informales, pero que rara vez se había utilizado a tan gran escala desde la Primera Guerra Mundial.

Según Max, su padre, Roland, iba allí a menudo, el lugar se había conservado y estaba provisto de comida, aunque no estaba segura de si alguien habría vuelto allí desde su fallecimiento.

Como era de esperar, había una llave escondida bajo la maceta que se hallaba junto a la puerta, por lo que no tuvimos que forzar la cerradura.

El pabellón estaba tal y como lo recordaba: una estructura de madera de dos pisos con varias chimeneas de piedra y numerosos hastiales que sobresalían en todas direcciones.

Me recordó a la cabaña de los siete enanitos de Blancanieves , oculta a la vista por los altos árboles que habían crecido sin control durante los últimos cientos de años.

Había varias dependencias externas, entre ellas establos para los caballos, una cámara de hielo y un cobertizo.

Presuntamente todas estaban vacías, ya que nadie había usado el pabellón en años.

Roland Everly había sido aficionado a la taxidermia y tenía un taller en el pabellón.

Su esposa le había prohibido practicar su pasatiempo en la mansión, por lo que pasaba muchas horas en su guarida tratando de conseguir el animal disecado perfecto.

Su obra se veía por todas partes y, cuando entramos, varios pares de ojos vidriosos clavaron sus miradas en nosotros desde las paredes.

Quería mantener el control, pero, al dejarme caer en el sofá junto a la chimenea fría, empecé a temblar y las lágrimas comenzaron a brotar sin control mientras rodeaba a Hugo con mis brazos.

Su respuesta fue algo rígida, pero me abrazó y me dejó llorar antes de ocuparse de su propia confusión.

Por fin me tranquilicé y fui al cuarto de baño.

Vi la mirada conmocionada de Hugo cuando abrí el grifo y me eché agua en la cara hinchada.

Entró detrás de mí y metió la mano bajo el chorro con expresión de pura incredulidad.

—Está tibia —dijo—. ¿De dónde procede?

Lo sorprendí aún más al encender el interruptor. La luz eléctrica inundó el pequeño baño e hizo resaltar nuestras caras en el espejo: la mía, llena de manchas; la de Hugo, pálida. Inclinó la cabeza y miró bajo el aplique, donde una inocente bombilla brillaba con fuerza.

—Eso se llama electricidad —aclaré. La voz me sonaba temblorosa, pero era más fácil centrarse en cosas triviales que empezar a explicar lo que había ocurrido hacía apenas media hora.

—¿Qué es eso? — preguntó, señalando el inodoro.

—Es un retrete. Tiene cisterna. Mira. —Tiré de la cadena y ambos miramos mientras el agua brotaba y se arremolinaba en la taza.

—Mmm. —Hugo era incapaz de decir más.

Apagué la luz y fui a la cocina. Tal como esperaba, el frigorífico estaba vacío, pero encontré varias latas de galletas que de milagro no estaban caducadas y un paquete de bolsitas de té sin abrir.

Incluso había algo de azúcar. Parecía de dudosa calidad, pero tendría que bastar.

Habría estado bien tener un poco de leche, pero me recordé que no estaba en posición de elegir.

Encontré el hervidor y lo puse a calentar mientras lavaba dos tazas y buscaba un plato para las galletas.

Hugo se limitó a observar con asombro cómo encendía la cocina, pero no hizo ningún comentario.

Creo que sabía que yo estaba ganando tiempo, regresó a la sala de estar y empezó a hojear una revista de caza de hacía unos años.

Al verlo a través de la puerta, no pude evitar sonreír ante las expresiones que le surcaban el rostro.

No podía siquiera imaginar lo que estaría sintiendo.

Yo había regresado al pasado sabiendo qué esperar, pero Hugo había caído literalmente por la madriguera del conejo.

No había habido advertencias, ni libros ni imágenes que mirar, ni tampoco películas que representaran la vida en el futuro.

No había tenido el menor indicio de lo que estaba por venir y yo era incapaz de dejar de admirar su compostura.

A estas alturas, yo ya habría estado gritando y corriendo en círculos, pero él tan solo estaba allí, sentado con aire tranquilo, esperando a que por fin le diera una explicación.

Serví el té en las tazas, añadí una generosa cantidad de azúcar y puse una docena de galletas en el plato antes de llevar la bandeja a la sala de estar y dejarla sobre la mesita delante del sofá.

—Cuidado, quema —le advertí mientras le entregaba una taza.

—¿Qué es esto? —Miró el líquido marrón con suspicacia.

—Se llama té. Viene de China y de India y es la bebida más popular de Gran Bretaña.

Puedes tomarlo solo, con o sin azúcar, con leche o con una rodaja de limón.

—De pronto me sentí ridícula y cerré la boca.

Allí estaba él, conmocionado, asustado y confundido, y yo parloteando como si nada sobre el té.

Hugo probó un sorbo y dejó la taza en la mesa.

—¿No te gusta?

—Sabe raro —respondió, y cogió una galleta que devoró en dos bocados—.

¿Me lo vas a explicar o nos limitamos a fingir que no ha pasado nada?

—Volvió a coger la taza con cuidado y dio otro sorbo, removiendo y paladeando el té en su boca para experimentar todo su sabor.

La segunda vez pareció causarle mejor impresión y sorbió de nuevo.

—No sé por dónde empezar —respondí.

—Empieza por el principio, si es que lo hay. Si no, por el día que te encontré.

—Supongo que el principio sería mi nacimiento en 1986, pero eso no viene al caso —dije con una risita nerviosa.

—¿1986? —Me alegré de que ya se hubiera tragado el té, o las cosas se habrían complicado—. ¿Qué año es este?

—2013. El siglo xxi .

—Continúa. —Cogió otra galleta, pero el ligero temblor de su mano no me pasó desapercibido.

Estaba haciendo todo lo posible por mantener la compostura y sentí una inmensa compasión hacia él, pero sabía que eso no era lo que necesitaba en ese momento.

Tenía que darle una explicación que tuviera sentido, o que al menos sonara creíble.