Capítulo 41 #3
—Ay, Dios —gimoteé—, creo que estoy sangrando.
Ayudadme. Por favor, id a buscar a la partera del pueblo.
—No esperé a que los hombres reaccionaran y me dejé caer, esperando que Hugo me atrapara antes de tocar el suelo, y así fue.
Me sentía fatal por lo que le estaba haciendo, pero no tenía otra opción.
Grité como si el cuerpo se me estuviera partiendo en dos y estuviera expulsando de mi vientre una nueva vida debido a la conmoción de que arrestaran a mi amado.
—Es mejor que pierdas al mocoso, ramera estúpida —se burló el joven granujiento—. ¿Quién necesita a otro bastardo que no llegará nunca a conocer a su padre y tendrá que vivir con la mancha de su traición?
—¡Cierra la boca y ve a buscar a la partera! —ladró el capitán Humphries mientras yo seguía retorciéndome en los brazos de Hugo, con los ojos en blanco por la supuesta agonía.
Hugo parecía aterrorizado mientras trataba de hablarme, sin saber si lo que estaba experimentando era real y no se lo había contado, o solo una artimaña.
—Neve, ¿puedes oírme? ¿Qué hago?
—Llévame a la iglesia —gesticulé con los labios—. Ya. Necesito llegar a la iglesia.
Hugo me levantó y se volvió hacia la iglesia, pero el capitán Humphries se plantó de inmediato frente a nosotros, cortándonos el paso.
—Os quedaréis aquí hasta que llegue la partera —ordenó, desconcertado por lo que estaba presenciando.
—Llevaré a la señorita Ashley a la iglesia, donde podrá estar más cómoda y tener acceso al reverendo Snow, en caso necesario. ¡Y ahora, apartaos de mi camino! —rugió Hugo muy enfadado.
—Os ordeno que os detengáis o… —espetó Humphries, al tiempo que echaba mano a su espada.
—¿O qué? ¿Me mataréis por intentar ayudar a una mujer encinta?
Sentía la tensión que recorría el cuerpo de Hugo al esquivar al inquieto caballo y caminar a paso rápido hacia la iglesia.
Yo seguía agarrándome la barriga y jadeando de dolor y después me desplomé como una muñeca de trapo contra su pecho.
El capitán parecía algo desconcertado. Como caballero, sentía el deber de ayudarme, pero, como soldado, estaba obligado a cumplir sus órdenes.
Su indecisión le costó cara, ya que para cuando desmontó y llegó a la iglesia, ya estábamos en el atrio.
—¡Deteneos! —bramó Humphries, pero Hugo se metió en el atrio y se volvió para enfrentarse al iracundo capitán.
—Santuario —dijo en tono claro y tranquilo.
—Zorra —gruñó Humphries al darse cuenta de que lo habíamos engañado—.
Adelante, pedid santuario. No os servirá de mucho.
Mandaré tener esta iglesia rodeada día y noche y nadie, ¿me oís?
, nadie podrá llevaros ni comida ni agua.
Os mataré de hambre y, cuando os tenga, os llevaré a los dos a Londres y os prometo, milord, que el viaje de vuestra dama será de lo más incómodo.
Se la entregaré a mis hombres para que la compartan y a vos os obligaré a mirar como castigo por lo que acabáis de hacer. Tenéis mi palabra.
—Haced lo que debáis hacer —respondió Hugo, y abrió de una patada la puerta de la iglesia, metiéndome en brazos en el lúgubre interior. Me depositó sobre uno de los bancos y me besó la frente—. ¿Estás bien, amor mío?
Intenté sentarme, pero el corazón me latía a toda velocidad y de verdad me sentía muy mareada.
Cerré los ojos y respiré hondo varias veces para tranquilizarme.
Había imaginado todo tipo de supuestos, pero este no era uno de ellos.
Había logrado llevar a Hugo a la iglesia, pero ahora solo había una cosa que podía hacer.
Se sentó a mi lado y tiró de mí para estabilizarme.
Parecía tranquilo, pero yo sabía que por dentro debía de ser consciente de las implicaciones de lo que acabábamos de hacer. Las cosas pintaban muy mal.
—Neve, no hay ninguna salida. El capitán hablaba en serio.
Nos matará de hambre, lo de pedir santuario nos dará como mucho unos días de margen —explicó con dulzura—.
Sé que lo hiciste con buena intención, pero estamos atrapados.
Me entregaré a Humphries a condición de que te deje marchar sin hacerte daño. Ve a ver a Brad. Él sabe qué hacer.
—Hay una razón por la que te traje a la iglesia y no fue porque quisiera pedir santuario. Puedo sacarte de aquí —susurré, aterrada por lo que estaba a punto de hacer. Me puse en pie y le agarré la mano—. Tienes que confiar en mí.
Tiré de Hugo hacia la puerta de la cripta, rezando para que el pasadizo estuviera abierto y no hubiera pasado nada que nos impidiera salir en el último mes.
—No hay salida por la cripta —insistió mientras me seguía a través de la puerta—. Neve, escucha. Puede que esta sea la última vez que estemos a solas. Deja que me despida como es debido —añadió mientras intentaba darme la vuelta.
—Hugo, por favor, sígueme —le pedí. Lo arrastré por la oscura cripta hacia donde sabía que estaba el pasadizo.
Recé con fervor mientras buscaba a tientas en la oscuridad el pequeño botón que abría la puerta.
Lo oí jadear cuando la puerta de piedra se deslizó para abrirse, revelando los escalones que conducían hacia arriba iluminados por una luz tenue.
Lo empujé a través de la puerta y presioné el botón, cerrando el pasadizo a nuestras espaldas.
Y ahora sabía exactamente cómo había desaparecido Hugo Everly.