El pasaje secreto (La tierra de prodigios 1) Capítulo 41 #2
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Capítulo 41 #2

—No, pero de todos modos me alegro de haberte encontrado. Llévame a dar un paseo fuera de los jardines. Quiero pasear por fuera, el jardín me produce claustrofobia —dije, dándome cuenta al instante de que él no conocería este término.

—¿Acabas de inventarte esa palabra? —preguntó, volviéndose para mirarme—. No sabía que supieras latín o griego.

—Ah, no sé —tartamudeé, deseando haber mantenido la boca cerrada.

—Entonces, ¿cómo acabas de juntar esas dos palabras?

«Claustro» significa «lugar cerrado» en latín y «fobia» viene de la palabra griega para miedo.

A veces me sorprendes —reflexionó mientras cruzábamos el portalón—.

Ojalá supiera más de ti, Neve. Eres tan reservada con tu pasado…

Sé que tenías miedo la primera vez que llegaste, pero ahora no tienes nada que temer.

No te reprocharé nada, ya lo sabes. —Habíamos tenido una conversación parecida una o dos veces antes, pero por razones obvias, no podía contarle más de lo que él ya sabía.

—Las mujeres debemos ser siempre misteriosas —bromeé, y me llené los pulmones con el aire fresco de mayo.

Allí, lejos de la casa, no olía a caballo ni a perro, ni tampoco a la comida que emanaba de las cocinas; el perfume de las flores, la hierba, la tierra fértil y los pinos del bosque cercano inundaba el aire, y además resultaba increíblemente liberador caminar sin estar rodeada de muros.

Hugo me atrajo hacia él y me dio un sonoro beso.

—De acuerdo, puedes guardarte tus secretos… por ahora —susurró mientras me mordisqueaba el lóbulo de la oreja, lo que me hizo soltar un gritito.

Intenté apartarlo, pero se quedó paralizado al tiempo que giraba la cabeza con brusquedad hacia la derecha.

—¿Qué pasa? —exclamé.

Desplazó la mano de inmediato a su costado izquierdo, pero no iba armado.

—Maldición —bufó por lo bajo al darse cuenta de que no llevaba la espada.

Estaba a punto de preguntar de nuevo cuando escuché lo que él había oído unos momentos antes: varios caballos galopaban por el camino en nuestra dirección.

Apenas pude distinguir a cuatro jinetes, y no parecían amistosos.

No había forma de regresar a la mansión antes de que nos alcanzaran, Hugo se quedó inmóvil, observando con recelo cómo se acercaban.

Un hombre se detuvo justo ante nosotros, pero los otros tres tomaron posiciones a ambos lados y por detrás para impedirnos la huida.

El corazón me martilleaba en el pecho al mirar hacia el hombre que tenía encima.

Llevaba peto de acero y casco, de esos que creía que se llamaban «colas de langosta» y que habían sido populares durante la Guerra Civil.

La pulida armadura brillaba bajo el sol primaveral, lo que hacía complicado mirarlo directamente a la cara.

Por lo que podía ver era de mediana edad, tenía barba y estaba en plena forma para el combate.

A horcajadas en su caballo, parecía una extensión del animal y sus músculos fuertes eran claramente visibles bajo la tela de las calzas y el jubón que llevaba debajo del peto.

Los otros tres hombres eran más jóvenes, uno de ellos, un chico regordete con el rostro cubierto de manchas y barba rala, no tendría más de dieciséis años, pero, a juzgar por la tensión con la que sujetaba la empuñadura de su espada, estaba ansioso por demostrar su valía y eso lo hacía peligroso.

—¿Lord Everly?

—Sí. ¿Con quién tengo el placer de hablar? —preguntó Hugo. Pensé que lo de «placer» era un tanto exagerado, pero me quedé callada, esperando que no fuera lo que mi mente me decía con toda claridad que era.

—Soy el capitán Humphries, de la Guardia Real de su majestad.

—No se molestó en presentar a los demás y sacó un documento enrollado de su bolsa—.

Hugo Edward Thomas Everly, estáis acusado de intento de asesinato, secuestro y alta traición.

Seréis trasladado a la Torre de Londres, donde permaneceréis encarcelado hasta vuestro juicio y posterior ejecución —anunció, mirando a Hugo con el ceño fruncido desde lo alto de su caballo.

—Entonces, ¿el resultado del juicio es una conclusión anunciada? —preguntó Hugo con calma.

—No me corresponde a mí decirlo, pero existen pruebas considerables que sugieren que el juicio no os será favorable.

—¿Y puedo preguntar quién ha formulado estas acusaciones en mi contra? —inquirió Hugo.

El capitán Humphries pareció un poco incómodo al comprender que ya había dicho demasiado.

—No puedo revelar esa información, milord. Os enteraréis de más cosas a su debido tiempo. Miller, traed el caballo de Lord Everly de los establos; Banes, registrad la casa en busca de correspondencia incriminatoria. Dowson, venid conmigo.

Los dos hombres se marcharon de inmediato mientras el regordete se quedaba atrás, con la mano aún en la espada.

—Lord Everly, no veo razón alguna para engrilletaros, pero, si hacéis algo para resistiros al arresto, cambiaré de opinión en un instante. Los hombres regresarán en breve, disponéis de unos momentos para despediros de vuestra dama.

—Neve, solo tengo unos minutos, por favor, escúchame. En caso de que me declaren culpable y me ejecuten, he tomado medidas para asegurar tu futuro. Bradford Nash te pagará un estipendio mientras vivas. No te faltará de nada.

—¿Que no me faltará de nada? — repetí estúpidamente—. Te quiero a ti. ¿No lo ves? Es justo lo que predije. Ha llegado el momento, Hugo.

—Neve, esto es un arresto, no una condena.

He destruido todo lo que pueda vincularme con los demás conspiradores.

Si puedo librarme del cargo de traición, los otros dos no conllevan pena de muerte.

Finch está vivo y sano y tal vez pueda encontrar una manera de justificar el secuestro.

Por favor, no te preocupes por mí. Inglaterra tiene el mejor sistema judicial del mundo.

Casi estallo en carcajadas histéricas. El modus operandi del sistema judicial británico del siglo xvii consistía en ejecutar primero y preguntar después.

Hugo casi había matado a Lionel Finch en su propia casa, había secuestrado a su esposa y había solicitado abiertamente apoyo para la rebelión de Monmouth.

Era culpable de los cargos y ambos lo sabíamos.

Miré colina abajo hacia la iglesia. Estaba a menos de cuatrocientos metros.

Una idea empezó a tomar forma en mi aterrorizada cabeza.

Era el momento. Ese era el principio de lo que fuera a pasarle a Hugo y solo había una forma de impedirlo.

Una vez que los soldados se lo llevaran a Londres no habría manera de ayudarlo, aunque encontrara al abogado defensor más competente del mundo.

Era culpable y no me cabía duda de que Finch presentaría tantos testigos como fueran necesarios.

Tenía dinero y esa era la única persuasión que precisaban algunos para pervertir el curso de la justicia y, además, las acusaciones de Finch eran justas según la ley vigente.

Tenía que hacer algo y debía hacerlo en ese mismo instante, antes de que los otros dos regresaran.

Los recuerdos de mi aborto espontáneo seguían frescos en mi memoria e intenté rememorar el dolor y el terror que había sentido para reflejar todo ello en mi actuación.

Me tambaleé y dejé volar mis manos hacia el vientre mientras me doblaba, jadeando y resoplando de dolor.