El pasaje secreto (La tierra de prodigios 1) Capítulo 41
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Capítulo 41

CUARENTA Y UNO

A medida que se acercaba la fecha de nuestra partida iba sintiéndome más esperanzada.

En unos días estaríamos de camino a Portsmouth para buscar un barco con destino a Francia.

Según Archie, que venía con nosotros, tardaríamos entre diez y quince horas en llegar, dependiendo del tiempo, las condiciones del camino y el tráfico, que avanzaba a la vertiginosa velocidad de unos trece kilómetros por hora.

La carretera hacia Portsmouth solía estar congestionada, ya que era una ruta directa entre Londres y el puerto más concurrido de Inglaterra.

Nos incorporaríamos a ella a mitad de trayecto, pero con toda certeza habría muchos carruajes y jinetes viajando en la misma dirección.

En años posteriores, la carretera se conocería como la Ruta de los Marineros y el almirante lord Nelson la recorrería desde su casa de Londres para embarcar en el HMS Victory, que lo llevaría a la fatídica batalla de Trafalgar, pero aún faltaba mucho tiempo para que el almirante naciera.

Esa vez viajaríamos en carruaje, ya que habría demasiado equipaje como para ir a caballo.

Tendríamos que hacer noche en algún sitio y cambiar los caballos antes de llegar a nuestro destino.

Hugo no quería asustarme, pero yo sabía lo inseguro que era viajar de noche en carruaje: en el camino a Portsmouth había muchísimos bandoleros y la amenaza de la horca no parecía disuadirlos demasiado, eran muy conscientes de que la mayoría de los que viajaban en esa dirección portaban bienes y objetos de valor.

Nadie se molestaba en robar a los marineros, pero los pasajeros y los oficiales de la armada eran presa fácil.

Jane se hizo cargo de mi baúl para asegurarse de que llevara todo lo que consideraba necesario, tanto para el viaje como para después.

Llamó a una costurera del pueblo e intimidó a la pobre mujer y a su hija adolescente para que cosieran hasta altas horas de la noche con el fin de confeccionar ropa interior, dos vestidos de día y una capa de terciopelo azul medianoche con ribetes de armiño en los puños y la capucha y el interior forrados de piel de zorro que me mantendría abrigada cuando regresara el frío.

Me llevaría el vestido que Jane me había prestado anteriormente y otros dos que iba a regalarme, pues estaba segura de que los necesitaría cuando Hugo y yo visitáramos la Corte en Versalles.

Tenía media docena de pares de medias de seda, zapatos, guantes y ropa de dormir. Me sentía como una reina.

—Bien, esto debería durarte bastante tiempo —me dijo Jane mientras volvía a hacer inventario de mis pertenencias—, pero, una vez instalada, busca una modista moderna y encárgale varios vestidos nuevos.

No me cabe duda de que la moda de París es sencillamente divina, muy por delante de lo que llevan las damas de la Corte inglesa.

Ojalá pudiera ir con vosotros —añadió en tono melancólico—.

Tengo muchas ganas de regresar a París. Fui una vez con Ernest, ¿sabes?

Era el mes de mayo y había flores por toda la ciudad, el dulce aroma de las rosas entraba por la ventana mientras yo me sentaba en mi tocador a contemplar el caudaloso río.

El agua brillaba bajo la luz del sol y las barquitas se dejaban llevar por la corriente, justo frente a Notre Dame de París.

Es una catedral de lo más impresionante, Neve, nunca he visto otra igual, ni siquiera en Canterbury.

Deberías ver las vidrieras. Y las gárgolas.

Son como sacadas de una visión del infierno, monstruosas y maléficas.

Me dieron un buen susto y Ernest me llamó tonta, dijo que se usaban para alejar el agua de lluvia de las paredes.

Imagínate, tallar esas cosas tan grotescas para un propósito tan mundano .

La actitud irritable de Jane parecía haberse disipado después de Pascua, pero yo había decidido no decir nada.

Me mostraba amable y educada, pero, si podía evitarlo, no habría más confidencias e intentaba esquivar sus numerosas preguntas sobre mi relación con Hugo de la mejor manera posible.

Me recordaba a mí misma que Jane no era mi amiga, sino una mujer cuyo hijo perdería su herencia si Hugo y yo teníamos un niño, lo cual supondría un golpe que no se tomaría a la ligera.

Tal vez estaba siendo paranoica, pero había visto un lado suyo que me había puesto en guardia y eso no solía ocurrirme a menudo.

Jane levantó uno de los vestidos nuevos y lo observó con atención mientras soltaba un pequeño bufido:

—Supongo que la señora Higgins es adecuada como costurera de pueblo, pero esto no serviría para Londres, y mucho menos para París.

—No te preocupes, Jane —intenté calmarla—.

Estos vestidos me servirán para el día a día, y Hugo me prometió todo un guardarropa nuevo cuando nos hayamos instalado.

—Yo no era del tipo de mujeres que malgastan el dinero en vestidos frívolos, pero quería seguirle la corriente, pues parecía muy preocupada por las menudencias.

Yo tenía otras cosas de las que preocuparme—.

Jane, ¿no te importa que Clarence deje de ser el heredero de Hugo si tenemos un hijo? —pregunté con cautela.

—Por supuesto que no, tontuela. Lo justo y apropiado es que Hugo tenga un hijo y heredero.

Clarence heredará las tierras de su padre y con eso bastará.

Tiene el futuro asegurado, así que no le des más vueltas.

¿Estás encinta? —indagó, recelosa, desviando la vista para que yo no pudiera advertir su mirada de pánico.

—No, en absoluto —respondí en un tono algo cortante. No debería haber sacado el tema, pero quería ver su reacción.

—Entonces no hay nada de qué preocuparse, ¿verdad? —dijo en un tono alegre, y volvió a centrarse en el baúl, que cada vez estaba más lleno.

No, en ese sentido no había nada por lo que preocuparse.

Percibí la decepción de Hugo cuando le aparté con suavidad la mano y le dije que tendría que aguardar unos días hasta que acabara de menstruar.

Sabía que no era la espera lo que le molestaba, sino el hecho de que no estuviera embarazada.

Me habría arrastrado a la iglesia y se habría casado conmigo ese mismo día.

No pude evitar soltar una risita al pensar en la cara que pondría el reverendo Snow si le pidiéramos tal cosa, más aún después de nuestra reciente conversación.

Insistiría en leer las amonestaciones durante tres semanas consecutivas y nos haría esperar un mes antes de casarnos.

A decir verdad, yo también quería casarme primero.

Después de haberme sentido tan sola y traicionada por Evan al descubrir que estaba embarazada, quería saber que Hugo deseaba casarse conmigo por mi persona y no solo por el hijo que pudiera engendrar.

Quería que las cosas se hicieran bien esta vez, aunque el factor religioso pudiera suponer un problema.

A Hugo no le importaba mi protestantismo siempre y cuando el niño se criara como católico y, aunque a mí no me agradaba la idea, no podía negárselo.

De todas formas, nunca había sido muy dada a ir a la iglesia y la religión no era algo que tuviera un efecto inmediato en mi vida.

Pero aquel era el siglo xvii , así que la religión afectaba a casi todo y a todos, lo que hacía que ser la madre de un católico resultara una tarea bastante abrumadora, máxime en Inglaterra.

Mis pensamientos se vieron interrumpidos por la llegada de la señora Higgins, que traía un vestido para que me lo probara.

Cada prueba de vestuario duraba un mínimo de dos horas, durante las cuales Jane y la señora Higgins emitían sonidos de aprobación y me observaban como dos halcones que hubieran avistado a una jugosa ardilla a la que les encantaría devorar.

—Necesito aire —dije mientras salía disparada de la habitación, casi derribando a la pobre Molly Higgins y haciendo que tirara la pieza de tela que llevaba en la mano.

Que pensaran lo que quisieran, pero necesitaba alejarme de ellas un rato.

Con los preparativos y todo lo demás apenas había disfrutado de un instante de soledad durante la última semana y tenía la impresión de que Jane estaba siempre a mi lado.

Había momentos en los que parecía apenada de que Hugo y yo nos fuéramos, pero otras veces era como si se muriera de ganas de que nos marcháramos.

Cuanto más la conocía, más perversa me parecía, y empezaba a preguntarme si la historia que me había contado sobre su marido era cierta o un mero intento de llamar la atención y despertar compasión.

La explicación más lógica para su comportamiento era que sentía celos del amor que Hugo me profesaba.

Él era el único hombre de su vida que la quería de verdad y le era leal y ahora tenía que compartirlo conmigo, una mujer sin familia, sin contactos y sin dinero.

En su opinión, yo era un ser inferior a su hermano y puede que ese fuera el motivo de que él decidiera no hablarle sobre nuestros planes de boda.

Sospecho que era sincera cuando decía que deseaba que Hugo se casara, pero parecía que quería que lo hiciera más por sentido del deber que por amor; así su corazón seguiría perteneciéndole a ella, o al menos eso creía.

Me alegré muchísimo de ver a Hugo salir de los establos. Iba vestido de manera sencilla con calzones, camisa y chaqueta de color pardo, con la cabeza descubierta y sin peluca. Así era como más me gustaba, y se lo hice saber.

—¿Te atraen en secreto los mozos de cuadra? —me preguntó con una sonrisa, mientras sus ojos se desviaban hacia el establo a modo de invitación—. El heno pincha y es bastante incómodo, pero, si insistes, lo sufriré por ti.

—¿Y qué sabes tú de tumbarte en el heno? —bromeé.

—Lo suficiente para saber que preferiría no volver a hacerlo —respondió, tomándome del brazo—. ¿Me estabas buscando?