El pasaje secreto (La tierra de prodigios 1) Capítulo 40
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Capítulo 40

CUARENTA

El domingo de Pascua me levanté cansada y de mal humor.

Era hora de prepararse para el servicio y no me apetecía nada asistir, pero no me quedaba otra opción, ya que los servicios religiosos eran obligatorios.

Jane, ya vestida con su habitual atuendo de luto, estaba desayunando con Clarence, que parecía desdichado.

En el siglo xxi , un chico de su edad andaría por ahí con sus amigos, jugaría a juegos de ordenador y enviaría mensajes inapropiados a las chicas, pero en aquella época el pobre Clarence no hacía mucho más que estudiar con su tutor, sentarse con su madre y, de vez en cuando, escapar de la casa para dar un paseo a caballo por el campo.

La idea de pasar varias horas en la iglesia y asistir a un segundo servicio le resultaría tan apetecible como acabar descuartizado. No pude evitar sentir lástima.

—¿No has dormido bien? —me preguntó Jane al tiempo que dejaba la cuchara y me miraba con recelo.

—Estuve esperando a que Hugo llegara, pero parece que no regresó a casa anoche. —Era la primera vez que no volvía y estaba preocupada. ¿Y si le había ocurrido algo?

—Pasó la noche en la casa de los Nash. Anoche llegó un mensaje.

Parece que Elizabeth Nash se puso por fin de parto y su esposo necesitaba algo de compañía masculina — respondió Jane con altanería.

Podría habérmelo dicho antes, pero, por alguna razón, optó por guardarse la información, puede que para recordarme mi posición en la casa: la señora era ella y no me debía nada—.

Hugo se reunirá con nosotras en la iglesia —añadió mientras se levantaba de la mesa, lista para marcharse—.

Me temo que no hay tiempo para desayunar. Debemos irnos. Vamos, Clarence.

Caminé tras ella sintiéndome extrañamente desdichada.

¿Por qué se estaba portando así esa mañana?

¿Se arrepentiría de haberse sincerado conmigo el día anterior?

A decir verdad, si iba a castigarme por conocer sus secretos, preferiría que se los hubiera guardado.

Parecía que las mujeres eran igual de rencorosas en todas las épocas.

Me puse el sombrero y la capa y la seguí hacia el carruaje.

Con gusto habría ido caminando, pero a ella le parecía impropio.

Jane, Clarence y yo nos sentamos dentro, Jem en la parte de atrás, y el resto del servicio fue andando.

La iglesia ya estaba llena cuando nos abrimos paso hacia la parte delantera y nos acomodamos en un banco, dejando sitio para Hugo.

Una oleada de expectación recorrió a la congregación en el momento en que el reverendo Snow subió al púlpito, dispuesto a pronunciar su sermón de Pascua.

Acababa de abrir la boca para empezar a hablar cuando Hugo se deslizó a mi lado en silencio, con la ropa del día anterior y un fuerte olor a alcohol.

—¿Dónde has estado? —bufé, enfadada porque no me hubiera enviado ningún mensaje.

—Es un niño, se llama Robert —susurró en un tono—. La madre y el bebé están bien, y el padre está fuera de sí, borracho y rebosante de felicidad. No dejé de servirle vino para que no entrara en pánico. El bebé tardó mucho en llegar.

Parecía muy animado, así que le apreté la mano y me acomodé para oír el servicio, no sin antes percibir la mirada de fastidio de Jane, que me había estado observando.

La ignoré y me preparé para el interminable sermón.

Iba a ser un día muy largo, si ella decidía estar molesta por algo, tendría que aguantarse, a mí todavía me quedaba una misa católica por delante.