El pasaje secreto (La tierra de prodigios 1) Capítulo 39
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Capítulo 39

TREINTA Y NUEVE

Hugo aceptó una copa de vino de Bradford y dio un largo trago para saciar la sed que sentía tras galopar por el camino polvoriento.

Brad siempre tenía buen vino, no como la bazofia que solían servir en las tabernas.

Se alegraba de volver a verlo y de hablar.

Su amigo se sentó frente a él y escuchó con atención mientras Hugo le relataba los acontecimientos de las últimas semanas sin ninguna omisión.

Cuando terminó y le dio otro sorbo al vino, recreándose en el buqué mientras esperaba los comentarios de Brad, este negó con la cabeza, incrédulo:

—Bueno, amigo mío, parece que esta vez te has superado a ti mismo —comentó con una sonrisa triste—. El hecho de que Finch haya decidido no perseguirte abiertamente solo sugiere que tiene en mente otras formas de venganza.

—Por eso me voy de Inglaterra por un tiempo.

Brad, tengo que pedirte un favor. ¿Cuidarás de Jane?

Ha expresado su deseo de quedarse en Everly Manor, quizás necesite ayuda con la propiedad y algo de compañía, ya sabes lo solitaria que puede llegar a ser.

Me sentiría mejor sabiendo que al menos os tiene a ti y a Beth.

—Por supuesto, la cuidaremos, pero ¿quién se ocupará de sus tierras?

—Dispone de un hombre competente que puede administrar las cosas a su entera satisfacción hasta que ella decida volver o envíe a Clarence a tomar las riendas. No creo que tenga la intención de regresar nunca.

—¿Quieres que le presentemos a algunos solteros cotizados cuando termine el periodo de luto? —preguntó Bradford, dedicándole una sonrisa conspiradora—. Jane puede ser un excelente partido, sigue siendo hermosa y posee una gran propiedad que genera buenos ingresos.

—No, a menos que ella se lo pida a Beth. Jane no ha tenido una vida muy feliz, Brad, y creo que querrá disfrutar de su libertad durante un tiempo. Fui a visitar a Ernest antes de que falleciera y crucé unas palabras con su médico. Murió de sífilis, aunque mi hermana no lo sabe.

—¿Sífilis? —repitió Bradford, mirando a Hugo con la boca abierta—. ¿Estás seguro? Nunca me habría imaginado que Ernest fuera un putero. Apenas iba a Londres, pasaba la mayor parte del tiempo ocupándose de sus tierras y hablando con su secretario… ¿cómo se llamaba?

—Spencer. John Spencer. Parece que murió de lo mismo.

Tal vez visitaban los burdeles juntos, ¿quién sabe?

Lo único que espero es que la salud de Jane no se haya visto comprometida, la enfermedad tarda años en manifestar sus síntomas y por lo general no se diagnostica hasta que está en fases muy avanzadas.

—La vi la semana pasada y parecía gozar de muy buena salud. No te preocupes, la sífilis es una enfermedad de hombres —afirmó Brad, ansioso por tranquilizar a su amigo.

—¿Cómo puedes decir eso si sabes que rampa a sus anchas por los burdeles de Londres?

A los hombres los contagian las rameras, ¿no?

Probablemente mate al año a tantas personas como la peste —respondió Hugo, sorprendido por la ingenuidad de su amigo.

Bradford rara vez salía de Surrey, y tal vez no era consciente de las enfermedades y la miseria de Londres, cómodo y a salvo como se hallaba en sus tierras.

—Tal vez tengas razón. No lo había pensado de esa manera. —Bradford dejó su copa y se pasó la mano por el espeso cabello rubio, señal inequívoca de que quería hablar de algo con Hugo pero no sabía cómo abordar el tema.

—¿Qué ocurre, Brad? —preguntó, preparándose para algo desagradable.

Brad era un gran amigo, pero nunca se andaba con rodeos, en opinión de Hugo era su mayor cualidad.

Siempre le decía la verdad y lo obligaba a sopesar con detenimiento sus decisiones.

Hugo tenía una idea bastante clara de lo que se avecinaba.

—¿Le has dicho a Jane que tienes intención de casarte? —preguntó por fin Bradford.

—No, todavía no. Le escribiré después de hacerlo.

—¿Por qué se lo estás ocultando? ¿Será porque sabes que tu hermana no va a aprobar que te cases con una cualquiera que apareció de repente en tu vida? —inquirió, dejando la diplomacia a un lado.

—Brad, no te permito que hables así de mi futura esposa. No vuelvas a hacerlo jamás —respondió Hugo en voz baja, pero estaba enfadado y Brad lo sabía.

—Nos conocemos desde hace demasiado tiempo como para no ser sinceros el uno con el otro.

Hace tan solo unas semanas, desconfiabas de esa mujer y de sus motivos y ahora estás dispuesto a convertirla en tu esposa.

¿Por qué? Acuéstate con ella y déjala cuando te canses.

¿Por qué le pides matrimonio? ¿Qué sabes de ella? ¿Quién es su familia? ¿De dónde viene?

Hugo estaba a punto de responder cuando una nerviosa sirvienta irrumpió en la estancia. La joven no tendría más de quince años y sus ojos estaban muy abiertos por la emoción en un rostro sonrojado:

—Mi señor, es la hora. Han comenzado los dolores. La partera me ha pedido que os lo diga —añadió, casi equivocándose al trasmitir el mensaje.

El cambio en Brad fue instantáneo. Se levantó, desesperado por ir con su esposa, aunque sabía que no lo dejarían entrar hasta que todo hubiera terminado. Ya se oían pasos apresurados mientras la casa se preparaba para el parto.

—Dios mío, Hugo, estoy aterrorizado. Una parte de mí quiere que todo termine, pero ¿y si no sobrevive?

¿Y si mañana a estas horas he perdido a mi Beth?

Llevo semanas sin verla, solo he hablado con ella a través de la puerta.

La echo de menos. ¿Qué haría yo sin ella?

—Las manos le temblaban con violencia y en su mirada atormentada se reflejaba el miedo que sentía por su esposa.

—¿Damos un paseo a caballo? —preguntó Hugo mientras le pasaba un brazo por los hombros—. Te vendría bien alejarte de la casa un rato.

—No, no puedo irme. ¿Y si me necesitan? Me quedaré aquí hasta que termine. ¿Esperarás conmigo?

—Por supuesto —respondió Hugo mientras le servía a su amigo una generosa cantidad de vino—. Toma, bebe un poco de vino. ¿Qué tal una partida de ajedrez? Necesitas concentrarte en algo.

—De acuerdo. Ajedrez —murmuró Bradford mientras la aguda voz de la partera resonaba por la casa pidiendo sábanas limpias y agua caliente.