Capítulo 38 #2
—¿De veras? Todos lo harían si supieran la verdad —respondió con tristeza—.
Y lo cierto es que no puedo culpar a nadie más que a mí misma.
No he hablado de esto con nadie, pero creo que a ti te lo puedo contar; después de todo eres la querida de mi hermano y una mujer de moral flexible, así que tal vez lo entiendas.
No eres como las mujeres que he conocido la mayor parte de mi vida, estrictas y siempre dispuestas a juzgar y condenar. ¿Puedo confiar en ti?
No estaba segura de si acababa de insultarme, pero parecía ansiosa por hablar, pasé por alto el desaire y la invité a sentarse en un banco a la sombra de un vetusto árbol.
La temperatura era fresca y agradable, pero Jane parecía incapaz de relajarse.
Se sentó en el borde del banco, como si ponerse más cómoda pudiera incapacitarla para hablar.
—Tenía dieciséis años cuando conocí a George —comenzó—.
Era el hombre más guapo que había visto nunca, aunque no es que hubiera visto muchos.
Padre solía llevarse a Hugo a Londres, pero a mí siempre me dejaba atrás, pues consideraba que era demasiado joven para exponerme a las intrigas de la Corte.
En realidad no me importaba, siempre me había gustado mi propia compañía y el tiempo pasaba deprisa.
A su regreso, mi hermano me contaba historias de la Corte y yo disfrutaba imaginándolo todo desde una distancia segura.
—Se quedó callada un momento, sin duda recordando aquella época segura y feliz.
Me limité a esperar paciente hasta que retomó el relato—: Sabía que George estaba comprometido con otra mujer, pero entonces yo era joven y creía estar enamorada, así que me arriesgué y perdí.
Dejé que me sedujera, con la esperanza de que, si me quedaba encinta, se vería obligado a casarse conmigo.
Eso habría sido lo más honorable, pero por desgracia se negó.
Resultó que no era un hombre muy honorable.
Soltó una risita amarga antes de continuar. Ahora que había empezado a hablar era incapaz de detenerse. Tenía que desahogarse, y yo estaba casi segura de que nunca había hablado sobre aquello con ninguna otra mujer.
—Hugo se culpó a sí mismo, ya que fue él quien me llevó a Londres.
Pensaba que disfrutaría de los entretenimientos de la Corte y de la compañía de otras mujeres, y también esperaba que pudiera llamar la atención de alguien y le resultara más fácil concertarme un buen matrimonio; en cambio, me casó con Ernest para que pudiera quedarme con el bebé.
A pesar de mi insensatez, amaba a George y no podía soportar que me arrebataran a mi hijo, que es lo que habría ocurrido.
Me habrían confinado en el campo hasta que naciera el niño y entonces la comadrona se lo llevaría y yo no volvería a verlo.
—Es un niño encantador —dije, y me recompensó con una sonrisa.
—Sí, lo es. Se parece mucho a su padre.
—Pensaba que tu matrimonio con Ernest había sido grato —intervine, recordando todas las cosas que había dicho de su marido. Parecía haber sentido verdadero cariño por él.
—Yo apreciaba a Ernest y le estaba agradecida por casarse conmigo y aceptar a Clarence como su propio hijo, pero él tenía sus motivos.
Después de la boda, nunca visitaba mi alcoba.
Supuse que era porque estaba encinta y le resultaba desagradable, pero nunca vino, ni siquiera después de que Clarence naciera.
Jamás llegó a consumar el matrimonio. —Aquello resultaba extraño, especialmente porque él ya había estado casado y tenía una hija con su primera esposa.
¿De verdad podía sentir tanta repulsión porque su esposa llevara en su vientre al hijo de otro hombre?
— Al principio, le insinué que sus atenciones serían bien recibidas, pero él se limitaba a sonreírme y a retirarse a su habitación.
Siempre fue amable y respetuoso conmigo, pero no había intimidad entre nosotros y no mostraba interés alguno hacia Clarence ni hacia su hija.
Jane volvió a quedarse en silencio, pero plisaba la tela de su falda de forma inconsciente, lo que delataba su nerviosismo al sincerarse conmigo .
—¿Tenía una querida, Jane? —pregunté con cautela, sin intención de herirla.
—Echando la vista atrás, eso habría sido preferible, pero no, no había ninguna otra mujer. Ernest nunca salía, al menos no en aquel entonces.
Soltó la falda y se volvió para mirarme, los ojos le ardían con una emoción a la que fui incapaz de poner nombre. Pensé que podría ser rebeldía, pero no estaba segura.
—Tras dos años de matrimonio, decidí tomar medidas.
Quería otro hijo, ¿sabes?, pero también quería un esposo que se preocupara por mí.
Ernest se mostraba indiferente y creí que podría hacer que me amara si me veía de esa manera.
Con George había sido maravilloso y pensé que, aunque nunca sería lo mismo, sí sería mejor que nada.
Me cepillé el pelo, me puse un poco de perfume y mi camisón más bonito, y me colé en su alcoba.
Ni siquiera me oyó abrir la puerta porque no estaba solo.
Me quedé paralizada al ver cómo sodomizaba a su secretario, el señor Spencer.
Cuando terminó, lo besó con mucha ternura, y entonces comprendí que aquello debía de llevar pasando algún tiempo.
Ernest tenía lo que necesitaba y se había casado conmigo para mantener su secreto a salvo y conseguir un heredero.
No era él a quien habían engañado, sino a mí.
—Ay, Jane, lo siento mucho. Debe de haber sido horrible para ti —dije, tomando su mano fría entre las mías. Quería consolarla, pero no tenía ni idea de qué decir.
—Bueno, eso no fue lo peor —continuó, sonriendo con amargura—.
John Spencer murió de sífilis unos años más tarde.
¿Alguna vez has conocido a alguien que falleciera de sífilis?
Es una forma terrible de morir, pasas años deteriorándote física y mentalmente hasta que no queda nada de ti salvo un cascarón vacío y una mente trastornada.
Ernest se aseguró de que su amante estuviera bien cuidado y cómodo hasta el final y, cuando falleció, quedó devastado, no solo porque había perdido a alguien a quien amaba, sino también porque era consciente de que él también se había infectado.
El médico nunca me dijo la verdad sobre la enfermedad de mi esposo, pero yo lo sabía.
Ni siquiera pude contárselo a Hugo porque me daba demasiada vergüenza.
Ernest me suplicó perdón antes de morir, aunque para entonces ya casi había perdido la cabeza por completo.
—¿Y qué hay de su hija?
—Bueno, Magdalene no era suya. Su esposa la concibió después de casi una década de matrimonio y desde luego no era de Ernest. Es muy probable que fuera hija de un mozo de cuadra o de alguien del pueblo. No puedo decir que culpe a la pobre mujer, quería un hijo y logró tenerlo.
—Jane, Ernest ya no está y tú todavía eres joven. Puedes volver a casarte, no es demasiado tarde.
Ella se limitó a negar con la cabeza:
—Tengo treinta años, Neve. Ya he pasado la edad de tener hijos y no quiero volver a quedar a merced de ningún hombre.
Ernest me dejó en una posición muy cómoda, mi intención es seguir viuda y cuidar de mi hijo.
Clarence me necesita. Creía que Hugo también me necesitaba, pero parece que ahora te tiene a ti, aunque todavía no entiendo cuándo pasó todo esto.
Percibí su amargura, pero no había mucho que pudiera decir. Algún día Clarence se convertiría en un hombre y querría tener su propia vida, y entonces ella volvería a encontrarse muy sola. Jane se puso en pie de un salto.
—Debo regresar. A estas alturas Clarence ya habrá terminado con el latín.
—Yo me quedaré aquí fuera un rato más.
Parecía profundamente avergonzada, pero me sonrió y pude ver que sentía cierto alivio al haberme revelado su secreto.
—Gracias, Neve —dijo—. Me ha venido bien hablar.
—Ha sido un placer.
La observé mientras se alejaba, con la espalda recta y el paso firme.
Ojalá hubiera podido ayudarla, pero supongo que la única ayuda que estaba dispuesta a aceptar era poder sacar todo lo que llevaba dentro.
Solo era unos años mayor que yo y pensaba que su vida estaba prácticamente acabada, lo cual me parecía una verdadera lástima.
Suspiré y abandoné el jardín, sintiéndome de repente asfixiada por los muros de piedra.