El pasaje secreto (La tierra de prodigios 1) Capítulo 38
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Capítulo 38

TREINTA Y OCHO

Fue una visita a la iglesia lo que finalmente me ayudó a terminar de decidirme.

Había ido hasta allí caminando un sábado por la mañana temprano, con la esperanza de que no estuviera llena entre el Viernes Santo y el Domingo de Resurrección.

Tenía razón, a aquellas horas el edificio se hallaba desierto.

Mi intención era ir directamente hacia la puerta de la cripta para ponerme a prueba, pero, al llegar a mitad de la nave, mis piernas se negaron a llevarme, volviéndose de plomo a medida que me acercaba al momento de la verdad.

Me dejé caer en un banco y cerré los ojos, tratando de silenciar mis pensamientos y escuchar la voz interior que no procedía de ningún lugar lógico, sino de una parte mucho más profunda y primitiva de mi cerebro, aquella que nunca me mentía ni mostraba intenciones ocultas.

¿Cruzar la puerta sin mirar atrás o salir de la iglesia, regresar a Everly Manor y aceptar mi nueva vida sin reservas?

Había por fin alcanzado ese estado de silencio interior cuando una voz a mi lado casi me provoca un infarto.

—¿Os encontráis bien, hija mía? —preguntó el reverendo Snow, mirándome con preocupación—. Parece que algo os turba.

Abrí la boca para contestarle que me encontraba en perfecto estado y que nunca había sentido más en paz conmigo misma ni con el mundo —lo cual, por supuesto, era una mentira como una catedral—, pero dije algo muy distinto.

Solo había visto al reverendo Snow un par de veces, pero desprendía una amabilidad y una compasión que lo hacían parecer sumamente accesible, sobre todo porque no pasaba de los treinta años.

—Reverendo, ¿os sentís perdido alguna vez? —solté.

La expresión de su rostro fue de tal sorpresa que me arrepentí al instante.

No era un clérigo moderno que pudiera reconocer sus dudas y tener su propia interpretación de «la palabra», sino un pastor del siglo xvii que con toda probabilidad sería un fanático, a pesar de su comportamiento afable.

¿Cómo podría entender lo desconcertada que me sentía en aquel momento, dividida entre la solución lógica que proponía mi cerebro y la totalmente ilógica que defendía mi corazón?

—¿Me permitís? —preguntó mientras hacía un gesto hacia el banco.

Me aparté y dejé que se sentara a mi lado. Casi esperaba un sermón, pero el clérigo se frotó el puente de la nariz y clavó la vista al frente unos segundos, con la mirada ausente, antes de responder por fin a mi pregunta:

—Me siento perdido la mayor parte del tiempo —comenzó en voz baja—.

Sé que mis superiores no esperarían esa respuesta de mí, pero es la verdad.

Cualquiera pensaría que ser clérigo me dota de una mayor comprensión o de una fe más profunda, aunque en verdad a veces me deja más confundido que a la mayoría de los hombres comunes.

Veréis, gran parte de los feligreses aceptan lo que digo por fe y creen que, como un padre, Dios tiene un plan superior y castiga y recompensa según lo dicten las circunstancias. Yo, sin embargo, no lo veo así.

—¿Cómo lo veis vos? —pregunté, sorprendida por la sincera confesión de un hombre cuya misión era guiar a su rebaño, no admitir que deambulaba por el desierto.

—En el seminario, cuando era joven, creía que cuando sucedían cosas malas era porque el Señor consideraba oportuno castigar a ciertas personas por sus transgresiones o sacrificar a otras por un bien mayor.

Me sentía cómodo en mi fe y a salvo en mis ilusiones.

Sin embargo, después me destinaron a una parroquia y me encontré cara a cara no con la doctrina, sino con personas reales, y ahí comprendí que ya no podía aceptar esa visión.

Así que, para responder a vuestra pregunta, me siento perdido cada vez que entierro a una mujer joven que ha muerto de parto, o cada vez que visito el lecho de muerte de un niño que hacía tan solo unos días gozaba de buena salud y que ahora está preparado para partir al otro mundo.

Trato de aferrarme a mi fe, pero no veo justicia ni sabiduría en esas muertes inútiles y sin sentido, muertes que en apariencia no benefician a nadie y causan un sufrimiento infinito a los que se quedan atrás.

—Entonces, ¿cómo lo sobrelleváis? —pregunté, agradecida por su sinceridad. Sospechaba que si alguien se enteraba de lo que acababa de decirme lo destituirían, si es que ese término podía aplicarse a un clérigo protestante.

—He llegado a comprender que, en mi arrogancia, intento interpretar y juzgar la voluntad del Señor, cuando mi verdadero deber es consolar, guiar y, en ocasiones, ofrecer perdón.

No me corresponde a mí preguntar por qué, pero sí hacer todo lo posible para ayudar a quienes confían en mí, por eso trato de vivir cada día de una manera que le dé sentido a mi vida, para, en última instancia, hacer la obra de Dios.

—Al verme asentir con comprensión, me dedicó una de aquellas encantadoras sonrisas suyas.

Más que cuestionar a Dios, se estaba cuestionando a sí mismo, y había hallado una respuesta que hacía que su presencia en aquella parroquia tuviera sentido para él.

—Vuestros feligreses tienen suerte de teneros, reverendo Snow —dije, y lo sentía de verdad.

—Vos sois mi feligresa, ¿no? Entonces, contadme qué es lo que tanto os preocupa.

No podía decirle la verdad, pero hablar con él había sido reconfortante y extrañamente revelador, por lo que decidí que no había nada de malo en pedirle consejo .

—Veréis, reverendo, me encuentro en una encrucijada.

Si sigo el camino que tenía intención de seguir al principio gozaré de seguridad, comodidad y muy probablemente de una vida mucho más larga.

Sin embargo, si escojo el otro camino, tendré incertidumbre, posibles peligros y tal vez necesite sacrificar muchas cosas que siempre he dado por sentadas, pero que son importantes para mí.

El reverendo Snow me miró durante un largo minuto mientras evaluaba la situación. Abrió la boca para hablar, la cerró, miró hacia el cielo en busca de consejo y, al fin, se volvió hacia mí:

—Si os estoy entendiendo bien, la segunda alternativa os resulta tan atractiva como la primera o no estaríais indecisa, ¿verdad?

Entonces, ¿qué tiene una vida de peligro e incertidumbre para ser tan fascinante como otra repleta de seguridad y comodidad?

Creo que no me estáis contando toda la verdad.

—Debió de ver el pánico en mi rostro y levantó la mano para impedirme hablar—.

No deseáis hacerlo, y me parece muy bien.

Tenéis derecho a vuestra intimidad, hija mía.

Sin embargo, os diré esto: imaginad que ya habéis vivido vuestra vida, que habéis dejado atrás la mayor parte de un camino serpenteante y dais los últimos pasos hacia vuestro destino final.

Al volver la vista hacia el camino recorrido, ¿de qué os arrepentís más, de haber elegido una vida impredecible pero llena de emociones y que claramente os atrae, o de lo contrario no estaríais aquí, o de haber vivido otra segura y predecible?

Abrí la boca para responder, pero el reverendo me dio unas palmaditas en la mano y se levantó para irse.

—No digáis nada, no necesito saberlo, pero, teniendo en cuenta la prisa con la que estabais dispuesta a responder, solo puedo suponer que conocíais la respuesta desde el principio. Que Dios os bendiga, querida, y espero que nunca os arrepintáis de nada.

—Gracias, reverendo. No creo que lo haga.

Me puse de pie y salí de la iglesia hacia el sol de abril, tan segura de mi decisión como cualquiera en mi posición podría estarlo.

Cuando llegué a casa Hugo no estaba, pero sí Jane, que ocupaba un banco con respaldo alto en la sala de estar.

Tenía un bordado de lana en el regazo y la mirada perdida, se sobresaltó al oírme entrar en la habitación, por lo que retornó a su labor con el aire culpable de quien ha estado soñando despierto.

—No soy capaz de concentrarme —explicó mientras clavaba la aguja en una flor.

—Hoy hace un día precioso. ¿Por qué no me acompañas a dar un paseo por el jardín?

Apenas sales de casa —sugerí con suavidad.

Jane parecía sentir aversión por el aire libre y pasaba la mayor parte del tiempo cosiendo en silencio o interrogando al pobre Clarence sobre sus progresos académicos.

El niño estaba casi tan pálido como su madre, pero desde luego no por no intentar escapar.

Tenía una vena traviesa que me resultaba entrañable, sobre todo porque me hacía preguntarme cómo habría sido Hugo de niño.

Jane parecía a punto de negarse, pero tras echar un vistazo a su patrón a medio terminar, pareció cambiar de opinión.

—De acuerdo, está bien. Solo un ratito. —Guardó el bordado, cerró la cesta de costura y me siguió al jardín con el aire de quien se dirige a la horca.

Normalmente prefería caminar hacia el bosque o ir al pueblo, pero a Jane le gustaban los espacios cerrados, de modo que fuimos al jardín amurallado.

Caminamos en silencio durante unos minutos, cada una perdida en sus propios pensamientos.

Tenía muchas cosas que preguntarle, pero no quería abusar, a fin de cuentas, mi posición en la casa era bastante incómoda, ya que no era ni esposa ni una simple invitada.

—¿Te quedarás en la mansión después de que nos hayamos ido? —le pregunté por fin—. ¿O regresarás a tu casa?

—Me gustaría quedarme. Como ves, este es el hogar de mi infancia y está lleno de buenos recuerdos, no como la casa en la que pasé la mayor parte de mi vida de casada.

—Pensaba que Ernest y tú erais felices.

Jane no respondió, se limitó a coger una flor y arrancarle los pétalos de un modo que sugería cierta ira reprimida.

—Me arruiné la vida —soltó de repente.

Yo estaba a punto de contestar cuando se apartó, avergonzada por su confesión.

—Jane, puedes hablar conmigo, ya lo sabes. No voy a juzgarte.