Capítulo 37
TREINTA Y SIETE
Aquella vez, mi estancia en Everly Manor fue completamente distinta.
Ya no era una prisionera retenida en contra de mi voluntad por un hombre desconfiado, sino una invitada bienvenida a la que todos los habitantes de la casa tenían en alta estima.
Jane se alegró muchísimo al vernos y claramente buscaba mi compañía, pero yo aún no estaba segura de si quería forjar un vínculo más estrecho conmigo o poner a prueba mis sentimientos hacia su hermano.
A veces se mostraba cálida y accesible y otras, reservada y distante, y era entonces cuando me observaba bajo los párpados entornados como decidiendo si era digna de su confianza.
No estaba segura de cómo se sentiría respecto a las intenciones de Hugo hacia mí, ya que por el momento él había optado por mantener nuestro inminente matrimonio en secreto y dejar que Jane creyera que era su querida, pero me daba cuenta de que quería de verdad a su hermano y deseaba verlo feliz.
Hugo, por otro lado, era un mar de contradicciones.
Tras nuestro regreso había pasado varias horas encerrado en su estudio, revisando correspondencia, escribiendo numerosas cartas a sus compañeros y, en general, desgastando las tablas del suelo.
Supongo que aún albergaba la esperanza de que mis profecías fueran erróneas, pero yo sabía que en el fondo creía todo lo que le decía, sobre todo respecto al futuro del catolicismo en Inglaterra.
Faltaban solo unas semanas para la rebelión y, por mucho que lo intentara, no podía dejar de darle vueltas.
Me encontraba a ochocientos metros de la iglesia y del puente hacia mi antigua vida, pero mi deseo de huir se había enfriado a pesar de las terribles dudas que me atormentaban día y noche.
Por primera vez en mi vida, me sentía de verdad entre dos aguas, con el cerebro y el corazón en constante desacuerdo sobre el destino que estaba a punto de elegir.
Mientras paseaba por el jardín una gloriosa mañana de abril, rodeada de rosales en flor y del nuevo y exuberante verdor de la primavera, no pude evitar reflexionar sobre la extraña naturaleza de la realidad.
Siempre había vivido en el futuro y echaba mucho de menos las comodidades del siglo xxi , así como las actitudes más liberales y la disponibilidad de información, sin embargo, tras pasar casi dos meses en aquel mundo, sentía que mi antigua vida no era más que un sueño.
Las cosas que tan importantes habían sido para mí, como mi trabajo, mis amigos y, anteriormente, mi relación con Evan, parecían un sueño olvidado hacía tiempo que se disipaba bajo la radiante luz del día.
No extrañaba el ritmo trepidante de la ciudad ni el tiovivo constante que era mi vida en el siglo xxi .
Aquí no había televisiones a todo volumen dondequiera que fuera, ni música sonando en los altavoces de tiendas, restaurantes y pubs , ni tampoco tenía que revisar el teléfono a todas horas por si me llegaban correos electrónicos o mensajes, o para ver las últimas noticias.
No había prisa por llegar a ninguna parte ni por cumplir plazos.
A lo largo de las últimas semanas me había dado cuenta de que la mayoría de mis relaciones modernas eran efímeras, basadas en experiencias comunes o compromisos laborales.
Hacía mucho tiempo que nadie se interesaba de verdad por mí ni se detenía a conocer quién era yo en realidad.
Al echar la vista atrás, comprendí que mi relación con Evan no había sido en absoluto profunda.
Habíamos empezado como cualquier otra pareja, dejándonos llevar por la atracción y conociéndonos poco a poco, pero, al cabo de unos meses, la vida real se había impuesto y habíamos tenido que buscar momentos para vernos y relacionarnos.
Él era ambicioso y trabajador, un hombre ocupado que rara vez podía desconectar del mundo, lo que le dejaba poco tiempo para mí.
Por mi parte, yo tenía mi propio trabajo y ocupaba mis horas libres con aficiones que a él no le interesaban, como visitar galerías de arte, ver películas extranjeras y pasar el día en el campo.
Entre tanto, trataba de autoconvencerme de que él no tenía tiempo para hacer esas cosas conmigo.
No me había dado cuenta de lo sola que me encontraba en una época en la que estaba iniciando una relación y debería haberme sentido flotando en una nube.
Tal vez por eso había deseado tanto al bebé.
Quería alguien a quien amar, alguien que me amara y me necesitara durante más de unas cuantas horas al día.
Puede que Evan me hubiera querido a su manera, pero desde luego no me necesitaba más de lo que necesitaba a su hija.
Precisaba el éxito y el reconocimiento de sus compañeros, no las exigencias de mujeres sensibles.
Cuando conocí a Hugo, pensé que era un espécimen arrogante y machista, perfecto representante de la virilidad del siglo xvii , sin embargo, en las últimas semanas, había descubierto al hombre que se ocultaba bajo esa máscara.
No amaba a muchas personas, pero lo hacía apasionadamente.
Su devoción por una chica que lo había abandonado tras dos semanas de matrimonio, la necesidad de proteger a su hermana de la desgracia, el deseo de dejarle su patrimonio a su sobrino en lugar de a su pariente varón más cercano…
todo ello indicaba que era un hombre que se tomaba sus obligaciones muy en serio.
Me había dado cuenta de que había bajado por completo la guardia tras nuestra noche juntos y me había dejado llegar hasta donde nadie, excepto Catherine, había llegado antes.
Hugo moriría por mí y, si fuera necesario, también mataría por mí, pero, sobre todo, viviría por mí, que era lo que yo deseaba por encima de todo.
Pero ¿acaso justificaban mi insatisfacción con mi antigua vida y mis profundos sentimientos hacia Hugo quedarme en el siglo xvii y abandonar la única vida que había conocido?
Estaría renunciando a mucho más que el agua corriente, la electricidad o una velada frente al televisor, estaría renunciando a siglos de ilustración y progreso hacia la libertad personal y política, a la medicina moderna, a los derechos de la mujer y a la capacidad de ser independiente, quedándome en cambio en un mundo donde las mujeres se hallaban a merced de los hombres en todas las etapas de su vida.
¿Estaba preparada para casarme y tener hijos en una época en la que veintenas de mujeres morían de parto y donde una simple infección podía llevarse a un niño en cuestión de horas por no disponer de antibióticos?
¿Estaba dispuesta a sacrificar todo y a todos los que había conocido en mi vida moderna?
La respuesta era no, pero, cuando lo equiparaba con sacrificar a Hugo, volvía al punto de partida.
Cada vez que yacía en la cama junto a él y escuchaba su respiración acompasada mientras dormía plácidamente, me imaginaba de vuelta en mi piso, yendo a trabajar y haciendo planes con amigos que tenían que hacer malabares y sacar tiempo de sus familias y trabajos para quedar conmigo a tomar algo.
¿Estaba preparada para no volver a ver a Hugo nunca más? De nuevo, la respuesta era no.
Era consciente de él de una forma que solo podía describir como primaria.
Mi cuerpo lo percibía antes de que mi mente llegara a notar siquiera que estaba en la habitación y sentía un ansia que parecía aumentar día a día.
Contaba los minutos hasta que podíamos retirarnos con decencia, sabiendo que Hugo vendría a mi cuarto y me haría el amor hasta que perdiera toda capacidad de pensar y solamente pudiera sentir y responder al nivel más primitivo.
¿Se sentían así todas las mujeres cuando conocían a un hombre con el que eran compatibles de verdad o se trataba de algo especial, concedido solo a unos pocos elegidos, tal vez a aquellos a quienes se les había negado el amor durante tanto tiempo que se arrojaban a él de una manera que los dejaba incompletos a menos que estuvieran juntos?
Sonreí para mis adentros al recordar una conversación que habíamos mantenido la primera noche tras nuestro regreso.
Hugo seguía encima de mí, saciado y exhausto, con una sonrisa de satisfacción en los labios tras haberme besado a conciencia.
Tomé su rostro entre mis manos y memoricé inconscientemente sus facciones.
¿Cuánto control teníamos sobre lo que estaba a punto de suceder?
¿Había algo que Hugo pudiera hacer para evitar lo inevitable?
—Sigo aquí —había dicho él, alisando mi ceño fruncido. Tenía una habilidad asombrosa para leerme la mente, en concreto en los momentos en que quería guardarme los pensamientos para mí.
—Temo por ti, Hugo. —Intentaba no sacar el tema, pero no había podido evitarlo. Sabía lo que le deparaba el futuro y el día de su desaparición se acercaba de forma irremediable.
—Lo sé, y por eso partiremos a finales de la próxima semana. Tengo que dejar en orden mis asuntos y después nos iremos. ¿Has estado alguna vez en Francia?
Sí, en 2010, una semana de vacaciones. Mi francés era rudimentario, pero pensé que probablemente podría apañármelas hasta aprender a hablarlo correctamente. No me importaba a dónde fuéramos, mientras estuviéramos a salvo.
—¿Viajaré como tu querida? —había preguntado yo, esforzándome por parecer recatada pero sonando bastante necesitada, incluso a mis propios oídos.
Hugo se había limitado a sonreír y me había dado un besito en la punta de la nariz.
—Solo hasta que lleguemos a París. Después encontraremos un lugar en el que establecernos e hincaré la rodilla para suplicarte que seas mi esposa. ¿Qué te parece la idea?
Sabía que me estaba tomando el pelo, pero de repente convertirme en su esposa era lo único que deseaba en este mundo.
—¿Lo dices en serio?
—Nunca digo cosas que no siento, al menos no a ti, pues sé que puedes ver a través de mí.
He solicitado una copia del documento de anulación de mi matrimonio con Catherine.
Cuando la tenga, seré libre para casarme contigo y me muero de ganas de hacerlo.
—Una expresión soñadora se había apoderado de él al hablar sobre nuestro futuro. Podía adivinar en qué estaba pensando .
—Quieres un hijo, ¿verdad? —pregunté, pues veía la respuesta en sus ojos.
—Nunca me he permitido imaginar cómo sería tener un hijo propio —había dicho él en voz baja—. Anhelo poder coger a mi hijo en brazos, especialmente cuando te miro y sé que tú serás su madre.
—¿Y si tenemos una niña? —lo reté.
—Entonces la amaría con todo mi corazón y la protegería de cualquier cosa y de cualquier persona que quisiera hacerle daño.
Ninguna hija mía quedaría jamás a merced de un hombre.
—Seguía con su mirada clavada en la mía mientras una pregunta tomaba forma en sus labios—.
Neve, sé que dijiste que no tienes familia, ¿pero no hay nadie a quien debamos informar de que vienes conmigo? ¿Nadie que pueda querer buscarte?
—No, nadie. —Mi respuesta había sido rotunda, y lo decía de veras.