El pasaje secreto (La tierra de prodigios 1) Capítulo 35 #2
66%

Capítulo 35 #2

Tal vez tuviera razón. Una hora antes había sentido que el mundo se me venía abajo, pero, ahora, a pesar de mis reservas, un destello de esperanza brillaba como un faro en la oscuridad.

Nuestro futuro seguía siendo incierto, pero quizás algo menos oscuro.

Solo esperaba que Jem estuviera bien y que tuviéramos una cosa menos de la que preocuparnos.

No tenía reloj, pero a juzgar por la brillante luz que entraba por la ventana, ya era media mañana.

Salí de la cama y abrí la ventana para que entrara un poco de aire fresco.

Los sonidos del exterior llenaron la habitación al instante: hombres que se llamaban los unos a los otros desde sus barcas repletas de cualquier cosa que necesitara transporte y el chapoteo suave del agua al golpear con suavidad los costados mientras remaban a ritmo constante.

El posadero discutía a gritos en el patio, justo debajo de mi ventana, una carreta cargada de barriles que desprendía un fuerte olor a lúpulo esperaba a que la descargaran cuando se resolviera la disputa.

Ignorando el alboroto, su mujer tendía la ropa en una cuerda detrás de los establos aprovechando el buen tiempo para que la colada se secara rápido.

Me lavé la cara y las manos, me limpié los dientes con una ramita de sauce, me arreglé el pelo, me vestí y bajé las escaleras.

El comedor estaba desierto, pues la mayoría de los huéspedes ya había desayunado para ir a ocuparse de sus asuntos o abandonar la posada.

La mujer del tabernero sonrió de oreja a oreja al verme y me invitó a sentarme a una mesa junto a la ventana con vistas al bullicioso canal.

—Buenos días, señorita Ashley —me saludó mientras se limpiaba las manos con un trapo—. Estaba tendiendo la ropa —explicó, se la veía con ganas de charla—. ¿Os apetecen unas gachas y un vaso de cerveza?

Vio mi cara de consternación ante la mención de las gachas. Siempre las había odiado y más aún desde que me habían obligado a comerlas casi todas las mañanas durante las dos últimas semanas. O estaban caldosas e insípidas, o espesas y pegajosas de tanto recalentarlas .

—¿No habría otra cosa, señora… ? —pregunté con timidez, tras darme cuenta de que no sabía su nombre.

—Me llamo Fanny —respondió ella, mostrándome sus hoyuelos—. A mí tampoco me gustan mucho —me confió con empatía—. Siempre me sientan mal en las tripas. Apenas llego a tiempo a la letrina.

Era mucha más información de la que necesitaba, pero asentí en señal de comprensión, pues sabía a ciencia cierta a qué se refería.

—¿Y si os preparo un buen huevo? ¿Os gustaría?

—Ay, gracias, Fanny. Me gustaría mucho —respondí efusiva, ansiosa por probar algo que no fuera avena.

Si además pudiera tomar una taza de té, estaría en el paraíso.

Entendía por qué el té había tenido tanto éxito cuando se dio a conocer al pueblo.

No era lo mismo tomar cerveza caliente y amarga a primera hora de la mañana que un té reconfortante y aromático con un poco de azúcar y un chorrito de leche.

Y tostadas. Lo que daría por una buena tostada.

Fanny cumplió su palabra. Me trajo un plato de huevos revueltos en grasa de tocino, un trozo de carne de cerdo fría y una gruesa rebanada de pan, generosamente untada con mantequilla y aún caliente. Me entraron ganas de darle un beso.

—Que lo disfrutéis —dijo—. Estaré en la cocina si me necesitáis.

Estoy haciendo una tartaleta para el señorito —añadió con una sonrisa indulgente—.

Es un chiquillo muy dulce. Lord Everly me pidió que se la preparara.

«Tiene que darse un capricho», dijo. Es agradable verle mostrar tanto interés —suspiró, dando a entender que la mayoría de la gente no lo hacía, sobre todo por los menos afortunados y de dudosa cuna—.

¿Qué le pasó? —preguntó, ávida de chismes—.

Le lavé la venda, como me pidió el señor.

—Tuvo una mala caída y se golpeó la cabeza contra la pared.

—Pobre criatura. Bueno, si alguien puede arreglarlo, son los médicos del hospital.

He oído que practican todo tipo de métodos de curación, algunos de lo más extraños.

En mi opinión, eso va contra la ley de Dios, pero cuidan de los ancianos, algo de lo que la mayoría de la gente prefiere no ocuparse.

Cuando ya no sirves para nada, más te valdría estar muerto.

Siempre se lo digo a mi esposo, así que más le vale serme útil durante mucho, mucho tiempo.

—Me dedicó una sonrisa muy elocuente y por fin se marchó a la cocina y me dejó comer en paz.

Estaba terminando de desayunar cuando Archie cruzó la puerta con paso tranquilo.

—Buenos días, señorita. Parece que tenéis hambre esta mañana —preguntó, con una sonrisa que lo decía todo—.

Y milord dando vueltas por ahí en busca de flores frescas al romper el alba.

Me pregunto qué hacéis los señores cuando no estamos mirando.

—Sabía que me estaba tomando el pelo, pero me puse roja como un tomate, lo que confirmó sus sospechas—.

¿Ya no sois su querida solo de nombre? —inquirió, disfrutando de mi incomodidad. Así que lo había adivinado.

Me preguntaba si Peter y Arnold también lo sabrían, pero en cierto modo lo dudaba. No parecían de los que se cuestionaban lo que les decían, ni tampoco les importaba. Eran como una yunta de bueyes: fuertes, inflexibles e indiferentes a su entorno.

—No se os escapa una, ¿verdad, Archie?

—No, señora. Mantengo los ojos abiertos, a diferencia de otros —respondió, refiriéndose claramente a sus dos compañeros—. Me alegro de ver feliz al señor. ¿Me pones una jarra de cerveza, preciosa? —le gritó a Fanny cuando esta salió presurosa de la cocina.

La posadera se sonrojó hasta la raíz del cabello, halagada por el cumplido.

No era ninguna belleza, pero tenía un rostro agradable y una sonrisa cálida que rozó lo insinuante al ver al joven que tenía en frente.

El cambio fue instantáneo: la mujer arqueó la espalda, lo que hizo que los pechos se le levantaran y pareciera más delgada y elegante, se llevó la mano a la cadera y miró a Archie por debajo de sus abundantes pestañas.

Volví la vista hacia el joven, que la estaba evaluando con tanto deseo como el que yo acababa de mostrar por los huevos con tocino.

Archie percibió mi mirada y me guiñó un ojo.

Su intención estaba clara: si no se había acostado ya con la joven, probablemente lo haría antes de que acabara el día.

—Dejadlo. Invita la casa —dijo Fanny mientras cogía una jarra.

Archie guardó la moneda, se bebió la cerveza de un trago y se volvió hacia ella con la jarra vacía.

—Parece que nunca tengo suficiente. Tal vez puedas llevarme otra jarra a los establos. He estado fuera toda la noche haciendo un recado para el señor y me apetece echar una cabezadita.

—Si no hay más remedio… —respondió Fanny con ojos brillantes mientras miraba cómo Archie abandonaba la estancia con paso despreocupado.

Sonreí ante mi taza, asombrada por la facilidad con la que se había llevado a cabo la transacción.

Resultaba interesante ver que la gente ligaba en las tabernas desde tiempos inmemoriales.

La aparición de Jem seguido de cerca por Hugo me distrajo de los rituales de apareamiento de la Inglaterra del siglo xvii .

—¡Nada de correr! —advirtió Hugo cuando Jem salió disparado hacia la cocina, ansioso por el premio prometido.

—¡Lávate las manos! —le grité—, y tú también —le dije a Hugo, que me miró sorprendido pero volvió a salir enseguida al patio para hacerlo.

—¿Cómo está Jem? —pregunté.

—Mejorando. Debe evitar los esfuerzos y los movimientos bruscos. Me dieron un tónico para que se lo dé antes de acostarse. —Hugo levantó un vial que contenía un líquido turbio de aspecto muy dudoso.

—¿Qué lleva?

—Algunas hierbas mezcladas con láudano, supongo.

El médico dijo que le tranquilizaría la mente y restauraría el equilibrio natural de sus humores.

—En otras palabras, eso quería decir que el tónico induciría el sueño, lo que le daría al cerebro del niño tiempo para curarse si hubiera algún efecto duradero tras la conmoción.

Supuse que no era un mal consejo médico para la época, pero esperaba que Hugo no le diera demasiado .

—¿Significa eso que estamos preparados para regresar a Everly Manor?

—Sí, pero avanzaremos con lentitud, ya que Jem debe evitar los movimientos bruscos como trotar o galopar. No obstante, debemos llegar a tiempo para Pascua.

Hugo me dio un beso dulce en la cabeza y se giró para irse.

—¿A dónde vas?

—A los establos, a hablar con Archie. Tengo un par de preguntas que necesitan respuesta —respondió.

—Tal vez sea preferible que esperes media hora —le aconsejé con una sonrisa inocente—. Creo que podría estar ocupado en estos momentos.

Los labios de Hugo se curvaron en una sonrisa de complicidad.

—Pensé que una noche en vela lo disuadiría, pero supongo que no se vence fácilmente a un luchador —dijo, riendo entre dientes mientras salía.