Capítulo 35
TREINTA Y CINCO
Delicados dedos de luz se filtraban por las ventanas sin postigos y acariciaban todo a su paso, dejando una neblina dorada sobre la cama.
Me estiré, sonreí ante el recuerdo de la noche anterior y enseguida me sonrojé al evocar algunos de los momentos más íntimos.
Me sentía extrañamente apática y reacia a levantarme de la cama y empezar el día, pero a medida que fui recobrando la consciencia, la enormidad de lo que había hecho se desplomó sobre mí como una tonelada de ladrillos.
Quizás Hugo había experimentado la misma oleada de pánico, ya que su lado de la cama estaba vacío y frío, tan frío como mi corazón se volvió de repente.
La noche anterior había sido mágica, pero bajo la cruda luz del día, me di cuenta de que había abierto la caja de Pandora al reconocer mis sentimientos hacia Hugo y ser lo suficientemente débil como para actuar en consecuencia.
¿Qué se suponía que debía hacer ahora? El plan siempre había sido escapar en cuanto volviéramos a Everly Manor, pero ¿cómo iba a abandonar a Hugo sin ninguna explicación?
Había visto la vulnerabilidad en sus ojos y conocía el dolor por el que había pasado y que aún tendría que experimentar, ¿cómo podía romperle el corazón de esa manera?
A pesar de mi creciente amor por él, siempre supe que volvería.
Nunca me cupo la menor duda, pero ahora las semillas se habían sembrado y tenía que enfrentarme a cuestiones muy complicadas, máxime en vista de lo que sabía que ocurriría.
Estábamos a mediados de abril y el sanguinario duque de Monmouth, maldito sea, desembarcaría en Inglaterra para iniciar su rebelión en menos de dos meses.
Entretanto, algo terrible le sucedería a Hugo y, cuando ocurriera, yo estaría o bien lejos en mi propia época o justo allí, a su lado, observando impotente cómo me arrebataban al hombre que amaba.
¿Y después qué? ¿Podría hacer algo para ayudarle?
¿Podría de alguna manera evitar lo que fuera que estaba a punto de suceder?
O, en caso contrario, ¿podría regresar a mi antigua vida como si nada hubiera pasado?
¿Cómo iba a ser capaz? Todo había cambiado y, a decir verdad, no había nadie esperándome en casa; un pensamiento que había intentado apartar desde que había llegado allí.
Aparte de mi trabajo, que sin duda ya habría perdido, no quedaban piezas de mi vida que recoger, no tenía familia y solo unos pocos amigos, Evan había sido el centro de mi existencia, pero pensar en él me llenaba de ira y amargura, sobre todo conmigo misma por haber perdido el tiempo con un hombre que no merecía ni mi amor ni mi dolor.
No conocía a Hugo desde hacía mucho, pero en el fondo de mi alma sabía que era tan íntegro como el que más, un hombre que moriría antes de traicionar sus principios o a su familia.
Él era digno de mi amor, ¿pero era yo digna del suyo?
¿Habría huido esa mañana antes de que me despertara, asqueado al darse cuenta de que había cometido un terrible error?
¿Qué sabía él de mí o de mis orígenes? ¿Qué opinaría de una mujer que se había lanzado a sus brazos sin pensar siquiera en el futuro?
Era muy consciente de que no teníamos futuro posible, pero un hombre de su época conocería el precio de amar.
Los hombres tenían una querida, una esposa o posiblemente ambas, pero se hacían responsables de sus mujeres.
Y ellas no se entregaban a la ligera, sino que negociaban su rendición para asegurarse que no acabarían usadas y en la miseria cuando su amante se cansara de ellas.
Yo no había pedido ni prometido nada a cambio y ahora no tenía ni idea de en qué posición me hallaba.
Lo único que sabía era que, si Hugo se arrepentía de la noche anterior, yo quedaría destrozada y con el corazón hecho pedazos tras sentir el insoportable calor de su amor.
Al incorporarme, me rodeé las piernas con los brazos y apoyé la cabeza en las rodillas.
Me sentía desdichada y confundida, la magia de la noche había desaparecido hacía tiempo y la realidad se imponía, amarga como la hiel.
Quería llorar, pero no me salían las lágrimas.
Trataba de mantener la entereza tanto física como mental, pues era consciente de que, si daba rienda suelta a mis emociones, tal vez sería incapaz de recuperar el control.
Sabía que debía lavarme, vestirme y bajar, pero no me sentía capaz de afrontar lo que me estuviera esperando.
Quería esconderme, y aquel lugar era tan bueno como cualquier otro.
Estaba tan inmersa en mi desdicha que apenas oí que la puerta se abría y solo levanté la vista sobresaltada al ver un ramillete de narcisos por el rabillo del ojo.
Hugo estaba de pie junto a la cama, con las flores inmóviles en la mano mientras asimilaba mi expresión.
Supuse que debía de tener un aspecto afligido, porque dejó el ramo a un lado y se sentó en la cama mientras me escrutaba el rostro en busca de respuestas.
—Lo siento, Neve —dijo al fin en voz baja, confirmando mis sospechas.
Lamentaba lo de la noche anterior, y me había comprado un ramo de flores para suavizar el golpe.
Sentí como si me hubieran clavado en el estómago un cuchillo romo que giraba y daba vueltas, arrasando con todo a su paso.
No podía respirar, no podía pensar. Lo único que quería era alejarme de su tierna mirada y sus manos cálidas, que tomaron las mías, congeladas, y las frotaron para darles algo de calor.
—No hay por qué disculparse —logré decir por fin—. Me iré en cuanto regresemos a Cranley. No tienes de qué preocuparte. No espero nada de ti.
Me arriesgué a mirarlo a la cara. Estaba blanco hasta la raíz del cabello y tenía los ojos muy abiertos por la conmoción.
—No te entiendo —tartamudeó.
—¿No es eso lo que quieres? Lo acabas de decir. Lamentas lo de anoche —mascullé, dudando de pronto .
Hugo se limitó a atraerme hacia sí y apoyó la barbilla en mi cabeza.
—No seas ridícula —replicó, acariciándome la espalda—. Eso no es para nada lo que quiero. Solo quería decir que sentía no haber testar aquí cuando te despertaste. No podía dormir y salí a dar un paseo por el canal. Necesitaba pensar.
—Me lo imaginaba —respondí, esperando el golpe de gracia. Había tenido que estar pensando lo mismo que yo.
Me aparté de él para poder verle la cara. Lo necesitaba. Lo que estuviera a punto de decir no iba a ser fácil para él, pero debía dejarle hablar. Se merecía al menos eso, y no lo interrumpiría.
—Neve, anoche, después de que te quedaras dormida, me quedé aquí tumbado, mirándote. Había olvidado lo que es ser feliz, y la sensación me tomó por sorpresa. Estaba tan alterado que no podía dormir. Lo único que quería era despertarte y que volvieras a decirme que me amabas.
—¿Era eso todo lo que pensabas? —pregunté con recelo.
—No, no exactamente. Pensaba que no tengo derecho a implorar tu amor cuando no puedo ofrecerte ni seguridad ni la protección de mi nombre.
Estaba muy seguro de que mi causa era justa, pero, si lo que dices es cierto, todo lo que estoy haciendo es en vano.
Si Monmouth gana, tendremos un rey protestante; si, como tú predices, pierde, Guillermo de Orange acabará ocupando el trono, con lo que también tendremos un rey protestante.
Creo en lo que hago, pero no soy tan tonto como para arrojar mi vida por la borda a cambio de nada.
—Hugo, ¿a dónde quieres llegar?
—Después de que subieras anoche, envié a Archie a hacer un recado y regresó esta mañana con un mensaje del duque de Norfolk.
La rebelión es inminente, he conseguido lo que me propuse.
¿Recuerdas lo que me dijiste cuando viniste a advertirme?
Dijiste que debía zarpar hacia Francia. Entonces no estaba preparado para escucharte, pero lo haré ahora.
Todavía tengo tiempo para huir, pero solo si tú vienes conmigo.
Podemos casarnos en Francia y empezar nuestra vida juntos.
—Se le veía tan esperanzado que casi se me rompe el corazón.
—Hugo, ya sabes que no soy católica —le recordé con dulzura.
—Sí, lo sé. —No dijo nada más, pero fue suficiente. Estaba dispuesto a casarse con una protestante. Aquello era un enorme sacrificio para él y me demostró el gran amor que sentía por mí.
—¿De verdad me quieres tanto, Hugo?
—Sí, mucho. Y con gusto te lo demostraría en este mismo instante si no tuviera a Jem esperándome abajo. Voy a llevarlo al hospital.
—¿Está peor? —pregunté, alarmada. La noche anterior parecía mucho mejor, con lo que me había atrevido a pensar que todo iría bien. Si sufría secuelas, sería por mi culpa y por enfrentarme a Lionel Finch. No podía soportar la idea de que el niño resultara herido por mi propia estupidez.
—No, no —me tranquilizó Hugo al ver mi expresión de pánico—.
Esta mañana se ha levantado con espíritu de lucha y sigue acordándose de la tartaleta de mermelada con la esperanza de que le consiga otra.
Tan solo quiero asegurarme de que se está recuperando bien antes de que nos vayamos de Guilford.
No hay ningún médico cualificado cerca de Cranley, si necesita algún tratamiento, este es el lugar para recibirlo. No tardaremos.
Hugo me dio un beso largo que me hizo desear que no tuviera tanta prisa. Se apartó a regañadientes y me lanzó una mirada severa.
—Y, por favor, no saques conclusiones precipitadas mientras no estoy.
No soy de la clase de hombres que entregan su amor y se lo llevan unas horas después, y sé que lo sabes.
Entiendo que tengas miedos, pero donde hay vida, hay esperanza, y prefiero creer que tenemos algún control sobre nuestro destino.
No soy una marioneta que baila al son de su amo, yo decidiré lo que me pasa, y he decidido vivir.
—Me alegra oírlo. Vuelve pronto —le pedí mientras Hugo cerraba la puerta con suavidad.