El pasaje secreto (La tierra de prodigios 1) Capítulo 34
63%

Capítulo 34

TREINTA Y CUATRO

La posada era un hotel de cinco estrellas para los estándares del siglo xvii .

Lo más seguro es que se llenara los días de mercado, pero, al estar a mediados de la semana, el posadero pudo ofrecernos sus mejores habitaciones y una cena que habría avergonzado a cualquier chef.

Comimos perdiz asada y un hojaldre relleno de setas silvestres en salsa de nata.

También había patatas asadas y ensalada de pepino con eneldo aderezada con aceite y vinagre.

No había probado bocado desde la mañana y me habría conformado con cordero hervido y un trozo de pan, pero aquello era un festín para los sentidos.

Sonreí al ver que Jem se zampaba su tartaleta de mermelada y se relamía los labios y los dedos al terminar para no dejar ni una sola migaja.

Después de comer tenía mucho mejor aspecto, pero la fatiga se revelaba en sus ojos y, a pesar de intentar mantenerse erguido, se apoyaba con pesadez sobre Archie, que seguía refunfuñando porque el niño no había compartido la tartaleta.

—Lo llevaré arriba —indicó Hugo cuando por fin se le cerraron los ojos.

—Yo lo haré —se ofreció Archie—. Acabad de comer, milord. —Tomó a Jem en brazos con tanta delicadeza como si fuera un bebé recién nacido y lo subió para acostarlo .

Yo también estaba lista para subir. La mujer del posadero me había prometido un poco de agua caliente, me disculpé y dejé a los hombres para que bebieran y jugaran a los dados. Necesitaban relajarse tras la tensión de los dos últimos días y me alegró ver que Hugo optaba por quedarse con ellos.

Una muchacha joven, posiblemente la hija de la casa, me trajo dos jarras de agua humeante y aproveché para lavarme el pelo y frotarme cada centímetro de piel mugrienta.

Habría matado por una ducha, pero en términos del siglo xvii , aquella era la mejor alternativa después de un baño de verdad.

Al menos ahora estaba caliente y limpia.

Me puse el camisón, avivé el fuego y me senté en una silla junto al hogar para que se me secara el cabello.

Resultaba agradable disfrutar de algo de soledad tras un día entero con los hombres, pero me sentía ansiosa y deprimida.

Cada vez que estaba sola, la magnitud de mi situación empezaba a abrumarme, pero ahora la dirección de mis pensamientos había cambiado y estaba más centrada en Hugo y en lo que sería de él una vez que me marchara, si es que llegaba a marcharme.

Max nunca me había dicho en qué momento exacto había desaparecido Hugo, pero yo sabía que sería pronto.

«¿Qué le sucedería?», pensé no sin cierto frenesí.

No podía soportar la idea de su muerte. Era tan joven, tan fuerte y tan apasionado por su causa…

Era injusto que su vida se apagara tan pronto.

Solo esperaba que fuese rápido y que no sufriera.

Sabía que aceptaría su destino con el mismo estoicismo que aceptaba todo lo demás, pero el dolor que un hombre podía soportar tenía un límite antes de quebrarse física y mentalmente.

Mis pensamientos se vieron interrumpidos por un suave golpe en la puerta.

Hugo entró, un tanto desaliñado, y cerró la puerta con llave a sus espaldas.

No estaba borracho, pero su comportamiento habitual comedido era algo más relajado y su postura menos rígida al apoyarse en la puerta para observarme mientras me levantaba para saludarlo.

Me miraba de un modo distinto a como lo había hecho antes y me di cuenta tarde de que las llamas que saltaban detrás de mí hacían que el camisón fuera casi transparente, ya que iluminaban mi cuerpo con un resplandor rosado y le ofrecían a Hugo un tentador avance de lo que había debajo.

No se movió de la puerta, pero me devoraba con los ojos, sin dejarme lugar a dudas de que le resultaba deseable.

Aquel pensamiento me hizo sentir mariposas y de repente me sentía contenta por el inesperado regalo del fuego.

Quería que dijera algo, pero Hugo se quedó allí de pie, clavado en el sitio, con una expresión de angustia que le arrugó el rostro de repente.

—Hugo, ¿pasa algo?

—Se podría decir que sí —respondió él, al tiempo que cobraba vida y se quitaba la chaqueta. Se sentó para quitarse las botas sin apartar los ojos de mí mientras se libraba de las medias y las tiraba al suelo.

—¿De qué se trata, pues? —Cientos de horribles posibilidades me recorrieron la mente mientras esperaba a que respondiera, pero él no se apresuró a contestar, sino que apartó la mirada un instante como si decidiera cuánto contarme—.

¿Hugo? —No era mi intención parecer dura, pero mi voz estaba cargada de tensión.

¿Qué había ocurrido en el poco tiempo que yo llevaba arriba?

Por fin Hugo se volvió hacia mí y la expresión de su rostro me alertó de que estaba a punto de sincerarse. Había decidido contarme lo que fuera que tuviera en mente y me preparé para el impacto.

—Después de que Catherine me dejara, no me importó no poder volver a casarme, no quería hacerlo.

Ella era el amor de mi vida, la única mujer a la que había querido tener a mi lado.

Supongo que su traición debería haber enfriado mi amor, pero la deseaba aún más y opté por creer que ella todavía me amaba y que la habían obligado a abandonarme en contra de su voluntad.

Todavía lo creía cuando me enteré de que nuestra hija había muerto y también cuando dio a luz a un hijo sano de otro hombre.

Sin embargo, con el tiempo, mi corazón fue consciente de la verdad: nunca me había amado de la misma forma que yo a ella.

Se casó conmigo porque yo le intrigaba, pero sus sentimientos no eran lo bastante fuertes como para desafiar a su padre, de modo que se casó con otro y rehízo su vida con él.

Asentí en señal de comprensión, sintiendo que cualquier comentario estaría de sobra.

Era obvio que la bebida sacaba a relucir su lado sensible y lo único que necesitaba era hablar con alguien sobre su pérdida.

Conociéndolo como lo conocía, se lo habría guardado todo durante una década, prefiriendo enterrar su dolor en lugar de afrontarlo. Como no respondí, continuó:

—Llevo diez años solo. He tenido varias amantes, pero nunca las he querido, y con el tiempo se fueron con hombres que podían darles lo que ansiaban.

Y ahora, cuando mi vida se acerca a su fin, tú apareces de la nada, y de repente tengo ganas de vivir.

Tengo más ganas de vivir que en los últimos diez años, porque ahora tengo algo que perder, pero ya es demasiado tarde, ¿verdad?

Por fin comprendí lo que me estaba diciendo y casi me estalla el corazón.

Estaba declarándome su amor y me pedía que le dijera que tal vez pudiera haber otro desenlace para el futuro que yo predije, pero ¿qué podía decirle?

No podía expresar con palabras lo mucho que quería que viviera; pero, a pesar de mi supuesta «Visión», no tenía ni idea de lo que estaba a punto de ocurrirle.

Sin embargo, éramos dueños de ese momento, un momento sumamente hermoso, más aún porque los dos sabíamos que no podía durar.

Caminé hacia él y lo miré directamente a los ojos oscuros.

No pronunció palabra, pero las emociones que se reflejaron en su rostro me dijeron todo lo que necesitaba saber.

Estaba ardiendo, pero bajo el calor del deseo había vulnerabilidad, aprensión por el futuro incierto que se abría ante él y miedo al rechazo.

Me había desnudado su alma y yo podía aceptar aquel valioso regalo o bien rechazarlo y dejarle afrontar solo lo que fuera que viniera.

Levanté la mano y le acaricié la mejilla, y su expresión de alivio me cortó la respiración.

¿Cómo había podido pensar que ese hombre era arrogante y vanidoso?

Aquel pensamiento destelleó en mi mente al atraerlo hacia mí y rozar sus labios con los míos.

El beso de Hugo fue suave y tierno, repleto de un anhelo que me dejó sin aliento.

No solo me estaba besando, me estaba pidiendo permiso, y se lo concedí de todo corazón, derritiéndome contra él mientras me acercaba más y el beso se hacía más profundo y pasaba de la ternura a la pasión.

Todas mis reservas e inseguridades se esfumaron al sentir la fuerza de su deseo y su abrumadora necesidad de mí.

Ya no había vuelta atrás, y tampoco quería que la hubiera.

Pasara lo que pasara, yo deseaba aquello tanto como él.

Como siempre, habría un precio que pagar, pero fuera el que fuera, estaba decidida a que ese momento y ese hombre fueran míos.

Hugo se apartó y me sacó el camisón por la cabeza, dejándome expuesta a su mirada hambrienta.

Con Evan solía sentirme acomplejada, pero esta vez no hubo vergüenza.

Él no me miraba como un hombre que buscaba defectos, sino como alguien que deseaba venerar cada parte de mi ser, sin importar lo imperfecta que fuera.

Me veía como un todo, no como la suma de mis partes.

Desaté los cordones de su camisa y se la quité por la cabeza.

Tenía el pecho liso y cálido y el estómago plano y tenso.

Moví la mano hacia abajo para desatarle los calzones.

Era un comportamiento muy descarado para la época, pero no me importaba.

Lo deseaba tanto como él a mí, y era justo hacérselo saber.

Yo no era ninguna virgen remilgada del siglo xvii , era una mujer adulta con las ideas claras, y lo iba a hacer a mi manera.

—Todavía no —murmuró Hugo mientras me levantaba en vilo y me tumbaba en la cama como si fuera un altar y yo una ofrenda para los dioses. Me apartó con suavidad las manos cuando intenté tocarle, me sujetó las muñecas sobre la cabeza y me besó con fuerza mientras restregaba su pelvis contra la mía.

Le rodeé la cintura con las piernas para incitarlo, pero él no estaba dispuesto a tomarme y acabar tan rápido.

Bajó la cabeza hacia mis pechos y me chupó los pezones mientras su mano se deslizaba entre mis piernas, acariciando y explorando hasta dejarme jadeante por el deseo.

Podía sentir la longitud de su miembro duro contra mi muslo, pero se apartó de nuevo cuando intenté agarrarlo.

—He soñado con hacer esto desde la primera vez que te vi — susurró mientras se deslizaba más abajo y me separaba las piernas.

Cualquier pensamiento coherente huyó de mi cerebro al sentir su lengua dentro de mí y su pulgar acariciando el sensible trozo de carne que se hallaba justo encima de forma lenta y deliberada, mientras yo arqueaba la espalda en éxtasis.

La lengua de Hugo siguió el camino de su pulgar mientras sus dedos se deslizaron en mi interior, haciendo que mis piernas rebotaran en la cama con una tensión que aumentaba por segundos.

—Hugo, por favor —supliqué—. No puedo aguantar más.

No respondió, se deslizó hacia arriba y me penetró de un modo que me hizo gritar de exquisito dolor.

Empezó a moverse y elevé mis caderas bajo las suyas, instándolo a ir más rápido y con más fuerza, hasta que mi cuerpo perdió el control y se estremeció con una oleada de placer insoportable.

Unos segundos después, tras haberme satisfecho, Hugo se permitió liberarse.

Apoyó la frente en mi hombro, respirando con dificultad mientras su ritmo cardíaco empezaba a disminuir y su miembro perdía firmeza dentro de mi cuerpo.

Lo abracé con fuerza y el me besó con suavidad, con sus ojos a escasos centímetros de los míos.

—Eres mía, ahora y siempre, y juro que te amaré hasta mi último aliento.

—Yo también te amo —murmuré, mientras las lágrimas silenciosas se deslizaban por mis mejillas.