Capítulo 33 #2
No estaba segura de en qué momento exacto me había dado cuenta, pero de pronto supe que confiaba en él en cuerpo y alma, algo que no podía decir de nadie a quien hubiera conocido antes, ni siquiera de mis padres.
Bueno, en particular no de mis padres. Hugo lo había arriesgado todo para salvarme y había estado dispuesto a asesinar a un hombre que me había puesto la mano encima.
Un recuerdo enterrado en mi memoria había aflorado a la superficie mientras cabalgábamos por el verde paisaje rural a primera hora de la tarde.
Lo había reprimido porque no soportaba pensar en ello, pero de repente apareció de la nada, subrayando la diferencia entre Hugo y el hombre al que creía haber amado.
Evan y yo habíamos ido a ver un espectáculo en el West End.
Era una obra mediocre, con una trama floja y una música nada memorable, pero había sido una hermosa noche de verano y estábamos felices y enamorados.
Solo llevábamos unos meses saliendo y, en aquel momento, Evan era todo lo que siempre había creído desear en un hombre: inteligente, ambicioso y muy atractivo.
Decidimos volver andando a su apartamento y tal vez tomarnos una copa por el camino.
A aquellas horas de la noche las calles seguían abarrotadas y Londres nunca me había parecido tan mágico.
Paramos en un pub con la intención de tomar solo una cerveza, pero nos dimos cuenta de que estábamos muertos de hambre y nos quedamos a cenar.
Era más de medianoche cuando por fin reanudamos nuestro paseo.
En ese momento solo quedaban unos pocos transeúntes que, o bien caminaban sin prisas cogidos del brazo, o trotaban a paso ligero para llegar a su destino.
Un autobús casi vacío pasó retumbando junto a nosotros y varios taxis redujeron la velocidad con la esperanza de conseguir una carrera.
Evan me rodeó con el brazo y me atrajo hacia sí para darme un beso en la sien.
Fue un gesto tan romántico que lo abracé y lo besé allí mismo, en medio de la calle, completamente ajena a la gente que nos rodeaba.
Nos encontrábamos a unas pocas calles de distancia del edificio de Evan cuando un chaval salió de un portal oscuro y se acercó a nosotros.
Ya estábamos solos en la calle y las luces no llegaban a iluminar del todo aquel tramo de acera.
El chico no tendría más de dieciséis años, pero llevaba una navaja en la mano y tenía los ojos vidriosos, lo que sugería que iba drogado hasta las cejas.
—Jefe, dame la cartera y nadie saldrá herido —gruñó, acercándose poco a poco. Le temblaba un poco la mano, ya fuera por las drogas o por miedo, pero avanzó hacia nosotros dispuesto a atacar.
No esperaba que Evan se enfrentara a él ni se hiciera el héroe, a fin de cuentas, no valía la pena arriesgarse a salir herido o morir por dinero.
Las tarjetas de crédito y el efectivo podrían sustituirse con facilidad, pero mi fe en Evan no era tan fácil de reemplazar.
Mientras buscaba a tientas la cartera en el bolsillo, dio un discreto paso atrás, dejándome situada entre él y nuestro agresor.
Antes, el chico apenas me había mirado, pero ahora yo estaba directamente en su línea de visión, y me mandó vaciar el bolso.
Cogió la cartera de Evan y sacó todo el dinero que pudo encontrar antes de tirársela a la cara. Con mi bolso sería más difícil, ya que tendría que bajar la navaja para abrir el cierre y buscar mi cartera.
—Saca el dinero —ordenó.
Solo llevaba veinte libras encima, pero me las arrancó de la mano con avidez, hizo una reverencia burlona y salió corriendo. Desapareció en la oscuridad en cuestión de segundos, pero Evan se quedó clavado en el sitio, con miedo a moverse. No me preguntó si estaba bien ni me ofreció consuelo alguno.
—Podría haberme matado. —Aquello fue lo único que dijo cuando al fin nos marchamos de allí.
Supongo que entonces debería haberme dado cuenta de que Evan siempre se pondría a sí mismo en primer lugar, pero era demasiado ingenua y estaba demasiado enamorada como para ver con claridad la clase de hombre que era.
Ahora sonreí para mis adentros al imaginar cuál habría sido la reacción de Hugo.
Habría hecho picadillo a aquel crío, que acabaría pagándole a él para que lo dejara ir, y no al revés.
Lo miré de reojo mientras saltaba del caballo y cogía a Jem en brazos con delicadeza.
No me cabía la menor duda de que, fuera lo que fuese lo que le hubiera susurrado al oído del niño, tenía que ver con la comida.
El pequeño vendería su alma por un dulce y puede que Hugo le hubiera prometido un festín, con una tartaleta de mermelada o un syllabub de postre.
Los ojos de Jem, dirigidos hacia la posada, reflejaban su apetito.
Además, tendría una cama blandita solo para él.
No estaba segura de si el pequeño llegó a notarlo, pero Hugo le dio un beso en la coronilla mientras lo abrazaba.
Su rostro se suavizó bajo la luz que salía de la ventana y el amor que sin duda alguna sentía por el chico.
De repente, envidié al niño que tenía en brazos y deseé que un poquito de ese amor fuera para mí.
La constatación me hizo sentir vulnerable y, de pronto, muy solitaria.
Era una mujer sola en un mundo donde nadie me quería.