Capítulo 33
TREINTA Y TRES
Sentí un inmenso alivio cuando por fin llegamos a las afueras de Guilford al anochecer.
Viajar por los caminos estrechos y embarrados entre los pueblos me hacía sentir vulnerable y expuesta, ya que nuestras siluetas destacaban mucho en terreno abierto y bajo un cielo claro.
Vimos a algún que otro granjero con el carro cargado y a algún viajero solitario, pero viajamos solos durante la mayor parte del trayecto.
Hugo parecía tranquilo y con la situación bajo control, pero yo no podía evitar preocuparme por que Lionel Finch y sus hombres nos dieran alcance, sobre todo porque a causa de Jem avanzábamos con lentitud.
Hugo no había hecho caso a sus débiles protestas de que podía cabalgar solo y había insistido en llevarlo con él, lo que había dejado al pequeño dividido entre el deseo de demostrar que estaba bien y el deseo de la protección y el consuelo que ansiaba desesperado.
Iba sentado delante de Hugo en la silla y su rostro radiante pasaba de la viveza y el rubor del orgullo al sopor, con la barbilla apoyada sobre el pecho mientras cabeceaba.
Hugo tiró de él con suavidad para acomodarlo contra su pecho y el niño sonrió en sueños al sentir su brazo rodeándolo y abrazándolo con fuerza.
Yo no dejaba de mirar hacia atrás, incapaz de creer que Lionel Finch se limitara a continuar sin más con sus asuntos después de lo ocurrido la mañana del día anterior.
Tenía que estar reuniendo un ejército para perseguirnos, con la razón nublada por su sed de venganza.
Los hombres no se molestaban en otear el horizonte por si había indicios de persecución, pero se mantenían alerta, con las espaldas tensas y las armas preparadas por si ocurría algo.
En un momento dado me puse a la altura de Archie, ansiosa por tener a alguien con quien hablar, ya que Jem estaba durmiendo y no quería molestarlo hablando con Hugo.
—¿Cuánto tiempo hace que no veis a vuestra hermana? —pregunté, esperando que estuviera de humor para hablar y me contara lo que quería saber.
Archie tardó algún tiempo en responder, mirando al frente con el rostro inescrutable como un libro cerrado mientras decidía cuánto revelar.
—Hace ya bastante tiempo, señorita Ashley —respondió al fin—. Tanto, que apenas la reconocí.
—¿Lleva mucho tiempo allí?
—Unos cinco años, calculo. Parece feliz, por lo menos. —Por su actitud me di cuenta de que no había aprobado la decisión de su hermana, pero la respetaba y se alegraba de ver que ella no se arrepentía de haberlo hecho.
—¿Siempre ha querido dedicar su vida a Dios?
—inquirí, tratando de formular la pregunta de forma que no pareciera que me moría de ganas de saber qué había provocado que su hermana renunciara al mundo exterior y se encerrara en una pequeña comunidad de monjas en medio del bosque, posiblemente para siempre.
Archie negó con la cabeza en silencio.
—Por mi experiencia, hay dos tipos de religiosas: las que creen tener vocación y las que recurren a Dios para escapar de algo.
Mi hermana es de las segundas —respondió al fin, espoleando a su caballo para indicar que la conversación había terminado.
No quería hablar de su hermana ni de las circunstancias que la habían llevado a tomar la decisión de retirarse del mundo; y yo no lo culpaba, ya me había dicho suficiente.
Miré a mi alrededor con interés mientras cabalgábamos por las afueras hacia el centro de la ciudad.
Guilford no se parecía a los tranquilos pueblos que nos habíamos encontrado durante el viaje y que no solían ser más que un grupo de casas, una plaza y una iglesia.
Aquella era una metrópolis bulliciosa, con una historia que se remontaba a los romanos y los sajones que se asentaron allí tras el fin del dominio romano en la zona.
Guilford había crecido de forma exponencial a lo largo de los siglos hasta convertirse en un centro de comercio y progreso e incluso aparecía en algunas obras de ficción, como La muerte de Arturo , de sir Thomas Malory, y el Libro del Juicio Final , completado en 1086 por orden de Guillermo el Conquistador.
La oscura mole del castillo de Guilford se alzaba en la distancia, con su inquebrantable torreón normando recortado contra un cielo cada vez más oscuro, tal como debía de haber hecho cuando el rey Juan, Leonor de Aquitania y Enrique III lo visitaron varios siglos atrás.
Me pregunté si estaría ocupado, ya que por sus estrechas ventanas no se veía ni un atisbo de luz, y daba la impresión de que era tan solo un bloque de piedra maciza.
En un principio se había construido para intimidar a los ciudadanos de Guilford y aún seguía haciéndolo, incluso en tiempos de paz.
Hugo aminoró el paso mientras cabalgaba por la ciudad, que era un laberinto de calles y callejones.
Algunos de ellos conducían al centro, donde los sábados se celebraba el mercado.
Empezaba a oscurecer, pero las calles seguían animadas por los transeúntes y el tráfico.
Los carros traqueteaban por las calles más anchas, los jinetes y los peatones escogían las callejuelas más estrechas.
Olía a verduras podridas, desechos humanos y animales y un tufo a pescado podrido flotaba desde el río Wey; pero a medida que nos íbamos acercando al centro también percibimos un apetitoso olor a carne asada, pan recién hecho y verduras hervidas procedente de las tabernas cercanas.
La luz se derramaba por ventanas y puertas y el sonido de gente hablando, cantando y a veces discutiendo irrumpía brevemente cuando la puerta de algún establecimiento se abría y volvía a cerrarse.
Yo estaba agotada y ansiosa por llegar a nuestro destino, pero aquella era la primera vez que vivía en primera persona la realidad de una ciudad del siglo xvii y, pese al cansancio, sentía curiosidad.
Aunque parecía cerrado, con las ventanas oscuras y los postigos echados ante la noche que se avecinaba, varias antorchas ardían a la entrada del ayuntamiento.
Me pregunté dónde estaría la Real Casa de la Moneda, aunque no estaba segura de si seguía existiendo en 1685.
Tendría que buscarlo cuando volviera a mi época.
Hugo giró hacia High Street y miré a mi alrededor con interés, pues había leído que en 1995 en esa misma calle se había descubierto una estancia que podría haber sido la primera sinagoga de Europa Occidental.
Escrudiñé entre las sombras para ver si distinguía a alguien de apariencia judía.
¿Quedarían judíos en Guilford en el siglo xvii o se habrían marchado y reasentado en algún otro lugar?
El artículo no mencionaba durante cuánto tiempo se había utilizado la estancia como lugar de culto, solo que se había establecido en el siglo xii .
Pasamos por delante de varias posadas de aspecto respetable, pero Hugo siguió adelante.
—Hugo, ¿adónde vamos? —inquirí, preguntándome por qué no se había detenido en ninguna de las posadas de High Street.
—Prefiero no quedarme cerca del hospital —respondió él, señalando en silencio hacia un sólido edificio de tres pisos que se alzaba frente a la iglesia de la Trinidad en la parte más alta de High Street—.
Los visitantes y los trabajadores se arriesgan a contraer infecciones y después van a las posadas a tomar algo, comer o pasar la noche.
Jem se espabiló al oír la palabra «hospital».
Su cara pálida, redonda como la luna, refulgía bajo el resplandor de las antorchas que había junto a las puertas.
Hugo no lo había dicho expresamente, pero ahora empezaba a darme cuenta de por qué había optado por parar en Guilford: si Jem no estaba mejor por la mañana, lo llevaría al hospital.
Sentí una compasión abrumadora hacia el niño al ver cómo se esforzaba por parecer despierto.
Al pobre chiquillo le aterrorizaba la idea de que lo dejáramos atrás y haría cualquier cosa para convencer a Hugo de que estaba bien.
Parecía haber mejorado un poco, pero en la parte posterior de la cabeza el vendaje estaba cubierto de sangre seca, y su mirada parecía un tanto perdida en la penumbra de la calle.
Hugo notó la agitación de Jem y le puso una mano en el hombro para tranquilizarlo mientras le susurraba algo al oído que hizo que el niño sonriera y se relajara bastante.
Lo atrajo a hacia sí y me alegró ver que el chico no se resistía, sino que apoyaba la cabeza en el pecho de Hugo y miraba al cielo, apenas visible a través del espeso humo que escapaba por todas las chimeneas de la ciudad.
Al fin, nos detuvimos en una pequeña pero acogedora posada con vistas a un canal.
Unas siluetas alargadas, casi imperceptibles en la oscuridad, delataban la presencia de varias barcas amarradas, cuyos dueños estarían descansando en sus casas antes de iniciar la jornada al amanecer.
Los comerciantes de Guilford podían acceder al Támesis a través de Weybridge, lo que les ofrecía una prosperidad de la que aún no disfrutaban muchas otras ciudades sin salida al mar.
Esperaba que del canal emanara un hedor acre a humedad, escombros y los desechos humanos que se arrojarían a sus aguas, pero desprendía un olor agradable a agua dulce, barro y la madera de las barcas.
Ya no estábamos en el centro y el aire era algo más fresco, una ligera brisa soplaba desde el canal y disipaba la pestilencia de las hogueras, la basura y los olores medicinales que salían del hospital.
Tuve que admitir que me alegraba que nos quedáramos en una posada.
Dormir sola en la celda de las monjas la noche anterior me había hecho darme cuenta de hasta qué punto había llegado a depender de Hugo.
Me hacía sentir segura y protegida, era como un escudo contra el mundo cruel y absurdo que había más allá de los muros.
Había cumplido su palabra y nunca me había tocado de manera inadecuada, pero yo era muy consciente de que su cuerpo esbelto, cálido y fuerte descansaba junto al mío.