El pasaje secreto (La tierra de prodigios 1) Capítulo 32
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Capítulo 32

TREINTA Y DOS

Max observó por la ventana como el inspector Knowles bajaba los escalones a saltos y caminaba hacia el coche.

El sargento Johnson lo estaba esperando y las ascuas de su cigarrillo brillaban en la incipiente oscuridad de la tarde de abril.

Sus preguntas habían sido superficiales; sus modales, halagadores.

Max les había ofrecido té y ellos habían aceptado agradecidos, felices de convertir la entrevista en una reunión social.

Conocía bien al inspector, era un compañero de copas, capitán del equipo de rugby y un buen hombre con el que ir de caza cuando surgía el deseo de disparar a algo, por lo que no tenía de qué preocuparse, la suerte estaba de su lado.

Un desconocido podría haber sido más suspicaz e incluso haber conseguido una orden para registrar la propiedad, pero Knowles solo quería terminar la entrevista, dar por concluida la jornada y volver con su mujer y su bebé, que acababa de aprender a decir «papá», de lo cual no podía dejar de alardear.

Al ver la alegría en el rostro del inspector, Max se había preguntado si alguna vez tendría la oportunidad de presumir de los insignificantes logros de su propio hijo o hija, pero había vuelto a centrarse en las estúpidas preguntas, ansioso por sacar a los agentes de allí lo antes posible.

Era todo muy rutinario y lo único que tenía que hacer era ceñirse a su historia. No, no tenía ni idea de adónde había ido Neve Ashley. No, no parecía estar rara, ansiosa ni deprimida. Sí, se había despedido y había prometido seguir en contacto. Eso era todo lo que podía decirles.

La policía parecía tener la impresión de que Neve se había marchado a alguna parte sin decírselo a nadie.

Max no pudo dejar de preguntarse si habrían comprobado siquiera la actividad de su tarjeta de crédito o de su cuenta bancaria.

Nadie parecía particularmente interesado en encontrarla, pero estaba claro que alguien —con toda probabilidad, Lawrence Spellman— había denunciado su desaparición, así que fue buena idea anticiparse para minimizar los riesgos.

Tener acceso a la cartera y al móvil de Neve le había facilitado mucho las cosas y había desviado cualquier sospecha sobre él, despejando así el camino para el rodaje de la película.

Los camiones de la productora habían empezado a llegar el día anterior.

El aparcamiento del museo ya estaba lleno de gente que corría de un lado a otro y ya habían metido varios equipos de sonido e iluminación por la puerta principal del museo.

Los actores llegarían pronto, se apoderarían del pueblo y dotarían a las tiendas y a los pubs de una clientela y una visibilidad muy necesarias.

Max se apartó de la ventana y fue a servirse una copa.

Todo iba según lo previsto y, sin embargo, no podía descansar, dormir, ni encontrar paz mental, ni siquiera cuando paseaba con Tilly o tomaba algo en el pub .

Neve se había desvanecido y la seguridad de su mundo se había esfumado con ella.

Al principio se había sentido preocupado y se había preguntado qué habría sido de ella y si estaría a salvo dondequiera o cuandoquiera que se hallara, pero la preocupación se había convertido enseguida en una cuestión de autosupervivencia.

No podía quitarse de la cabeza la idea de que Neve pudiera de algún modo, quizás incluso sin quererlo, alterar el equilibrio de su vida y causar daños irreparables en la línea temporal y en la sucesión.

No tenía en absoluto ninguna prueba de que hubiera viajado al pasado, ni de que hubiera ido siquiera a una época que pudiera tener repercusiones en su propia vida, pero no había nada peor que la incertidumbre para avivar sus peores miedos .

Se sentó en el sofá sin molestarse en encender las luces.

Le gustaba estar a oscuras. De algún modo, le ayudaba a sentirse más seguro y hacía que sus acciones parecieran algo menos vergonzosas sin el brillo despiadado de las luces sobre su conciencia.

Le había dado vueltas a ese argumento al menos mil veces, pero seguía en guerra consigo mismo, dividido entre hacer lo correcto y actuar en beneficio propio.

Si Neve hubiera sido víctima de un crimen, ya habría aparecido en alguna parte, aunque estuviera muerta.

Llevaba desaparecida más de dos semanas y no había rastro de ella ni en Surrey ni en Londres.

Si hubiera aparecido, habría regresado a buscar su coche y su bolso, y lo habría llamado a él, a Spellman o a la policía.

Estaba en algún lugar del pasado, posiblemente causando estragos o haciendo que la acusaran de brujería o robo, algo a lo que tendría que recurrir si quería sobrevivir.

Como no había vuelto, o bien no podía hacerlo o no quería.

¿Estaría ayudándole alguien? ¿Habría alguna persona que le impidiera volver?

Estas y otras preguntas se apoderaban día y noche de él, volviéndolo loco con la falta de respuestas.

No tenía forma de saberlo. Ninguna. Había rastreado internet buscando cualquier mención de una tal Neve Ashley en los últimos siglos.

Era lógico pensar que si la hubieran quemado por bruja o se hubiera casado con un noble habría algún registro en alguna parte, pero no encontró nada.

Y ahora que la producción de la película estaba a punto de empezar, tenía un nuevo dilema.

Neve había mencionado que una escena clave se rodaría en la cripta.

¿Y si alguien descubría el pasadizo por accidente?

No se atrevía ni a imaginar el caos que eso causaría.

Tenía que asegurarse de que no sucediera y la única forma de conseguirlo sería sellar la puerta, ¿pero dónde estaba?

Había bajado a la cripta la semana anterior, revisado cada centímetro de pared hasta que le dolieron los ojos, pero no había percibido nada fuera de lo común.

Había pasado las manos por los muros de piedra buscando algún tipo de mecanismo y no había conseguido nada.

Hasta había intentado destapar algunos de los sepulcros con la esperanza de que hubiera un pasadizo oculto en su interior, pero las tapas de piedra pesaban demasiado para que un solo hombre las moviera y era imposible que Neve lo hubiera hecho sola, y mucho menos que hubiera vuelto a colocarla en su sitio después de entrar.

Había puesto la biblioteca de la mansión patas arriba en busca de algún plano del edificio de la iglesia y había encontrado los documentos de su reconstrucción tras el incendio, pero no los planos originales.

¿Cómo era posible que una iglesia construida siglos atrás y reconstruida en el siglo xviii pudiera albergar un pasadizo que conducía al pasado?

Era absurdo, ridículo y quedaba completamente fuera del ámbito de lo posible. Y, sin embargo…

Lo único positivo de no haber encontrado el pasadizo era que, si él no lo había conseguido, lo más probable era que los actores o el equipo técnico tampoco lo hicieran.

Pero ¿cómo lo habría hallado Neve? ¿Sabría acaso algo al respecto?

¿Y quién se lo habría dicho? La historia de Henry se había recibido con burlas y desdén.

Nadie ajeno a la familia conocía su supuesto viaje y la historia se había mantenido en secreto por miedo a manchar el apellido familiar con el estigma de la locura.

El hecho de que su cuaderno sobreviviera era un milagro en sí mismo, ya que se había borrado cualquier recuerdo de aquel periodo de la historia familiar.

Max miró consternado hacia el vaso vacío y se levantó para servirse más.

Estaba bebiendo demasiado, pero el alcohol era lo único que le calmaba los nervios y lo ayudaba a pensar con claridad.

Se detuvo de repente y se quedó mirando su reflejo en el espejo que colgaba sobre el carrito de las bebidas, acababa de tener una idea.

En el manicomio había gente que había estado en contacto con Henry.

Había pasado allí casi tres años y quizás se lo hubiera contado a alguien: un médico, un enfermero o un celador.

¿Y si alguna de aquellas personas hubiera estado emparentada con Neve?

¿Habría alguna forma de averiguarlo? Suspiró, exasperado.

Un antepasado de Neve podría haber tenido un apellido diferente, en internet no habría ninguna lista de empleados del manicomio y el lugar había cerrado hacía por lo menos cien años.

Era un callejón sin salida, como todas las demás ideas que se le habían ocurrido .

—¿Dónde demonios estás, Neve? —siseó entre dientes.

Se dejó caer en el sofá y se quedó mirando hacia el oscuro rectángulo de cielo que se veía a través de la ventana, entonces cayó en la cuenta de algo nuevo.

Llegados a este punto, si Neve regresaba, él tendría mucho que explicar.

Había mentido a las autoridades y al jefe de Neve, había escondido su coche y había accedido a su cuenta bancaria y a su teléfono móvil sin autorización, con la clara intención de sabotear la investigación sobre su desaparición.

Si Neve hiciera público algo de eso, su carrera política estaría acabada y su imagen, manchada por la deshonestidad y sus oscuras intenciones.

Si la joven se hallaba realmente en el pasado, la única manera de evitar que lo descubrieran era mantenerla allí y esperar que pereciera sin dejar rastro — un alma perdida que no pertenecía a nadie y no tenía ningún amigo al que acudir— y la única forma de hacerlo era sellar el pasadizo.

No obstante, dado que no lograba encontrar la puerta, tendrían que tapiarse las cuatro paredes de la cripta.

Tal vez podría decirle al vicario que los cimientos no eran seguros y que había que reforzarlos.

Era una posibilidad. Max se terminó la bebida de un trago y subió a buscar talleres de albañilería en la zona.