El pasaje secreto (La tierra de prodigios 1) Capítulo 31
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Capítulo 31

TREINTA Y UNO

Me despedí de la hermana Angela y me dirigí hacia el portalón.

No había traído nada conmigo, así que no tenía nada que llevarme salvo la ropa que llevaba puesta.

Los hombres, ya en pie, estaban desmontando su campamento improvisado y preparándose para partir.

Archie hacía pis en un árbol y me guiñó un ojo al pasar y Arnold y Peter ensillaban los caballos, que no tenían ganas de prisas y disfrutaban de un desayuno a base de hierba fresca.

Hugo estaba sentado junto al fuego, mirando fijamente las llamas.

No podía soportar más su silencio, así que me senté a su lado.

—Buenos días —le dije—. ¿Has dormido? —Sabía lo que me diría incluso antes de que respondiera. Las sombras oscuras bajo los ojos parecían manchas de ceniza en su piel pálida y la barba de un día, sumada a los moretones y la ropa sucia, le daba un aspecto poco respetable.

—Lo intenté —respondió escuetamente. Estaba claro que había fracasado.

—Hugo, sé que estás enfadado conmigo, pero no podría haber actuado de otra manera —empecé. Necesitaba explicarle por qué me había comportado así.

—No estoy enfadado contigo, sino conmigo —respondió con voz áspera, volviéndose por fin para mirarme.

—¿Por qué? —pregunté, sorprendida de que fuera tan duro consigo mismo.

Sin duda las cosas habían salido mal, pero no había una manera elegante de irrumpir en el dormitorio de otra persona, darle una paliza de muerte, secuestrar a su esposa y dejarlo boqueando tras casi asfixiarlo.

Al menos todos estaban vivos y casi ilesos.

Estaba a punto de decírselo a Hugo cuando por fin habló.

—Por no haber vuelto a tiempo. Finch te habría hecho mucho daño, en parte, porque lo habría disfrutado y, en parte, para vengarse de mí.

Cuando te vi encogida en el suelo, alzándose sobre ti, listo para golpearte, y a Jem allí tirado, pálido y destrozado, posiblemente muerto, sentí una rabia que nunca antes había experimentado.

Algo se rompió en mi interior y quise matarlo —soltó sin más—. Deberías haberme dejado hacerlo.

—No, no debería. No quieres cargar con un asesinato en tu conciencia, aunque sea de alguien tan despreciable como Lionel Finch —respondí—. Deja que sea Dios el que se ocupe de juzgar y castigar. Ayudaste a Frances, y eso es lo que cuenta. ¿Crees que aquí estará a salvo?

—Me gustaría pensar que sí. No puedo hacer más por ella; no hay ningún lugar a donde pueda llevarla. Finch la estará buscando y no se rendirá. Lo único que espero es que no venga aquí.

—¿Es este un convento católico? —pregunté.

No sabía mucho sobre órdenes religiosas en la Inglaterra del siglo xvii .

Por supuesto, en el colegio había estudiado la disolución de los monasterios de Enrique VIII , pero mi educación sobre el tema terminaba ahí.

Había dado por sentado que no quedaban conventos ni prioratos católicos, pero aquel lugar estaba oculto en el bosque, de modo que tal vez lograran mantener su existencia en secreto, ¿o no?

Hugo lo conocía, así que quizá a Lionel Finch le ocurriera lo mismo.

—Es una orden anglicana. Creo que se hacen llamar el Convento del Sagrado Corazón.

No sé si están oficialmente aprobadas por la Iglesia, pero deben contar con alguien ante quien responder, como un obispo.

Estas mujeres se unieron y decidieron vivir en reclusión y dedicar sus vidas a la oración y la contemplación.

No creo que se consideren casadas con Cristo y tampoco toman los mismos votos que las monjas católicas, pero sí prometen castidad, pobreza y obediencia.

Son más una comunidad religiosa que un convento.

—¿Cómo te enteraste de su existencia? —Parecía extraño que un noble católico conociera una orden anglicana secreta de monjas que vivía en el bosque.

—No lo conocía —respondió Hugo—. Fue Archie quien sugirió que trajéramos a Frances aquí. La hermana Julia es su hermana —replicó—. Hace unos años sufrió una terrible tragedia y aquí encontró la paz, y espero que Frances también lo haga.

—Han sido muy amables por acogerla.

—Bueno, les hice una donación considerable —respondió Hugo, sonriendo ante mi ingenuidad—. Cuidarán bien de ella y guardarán una parte de lo que les he dado para Frances, en caso de que en el futuro decida marcharse.

—Es muy generoso por tu parte.

—La generosidad no tiene nada que ver; me llevé a Frances de su casa.

Sé lo que vas a decir —continuó antes de que yo tuviera la oportunidad de interrumpir—, pero ahora está a la deriva.

Por irónico que parezca, no tiene la protección de su padre ni de su esposo, ni tampoco dinero, ni poder ni nadie que la ayude.

Mi hermana siempre supo que yo saldría en su defensa costara lo que costara, pero esta chiquilla no puede esperar eso de los suyos.

Saber que dispone de algunos fondos si decide marcharse le dará cierto control sobre su futuro, algo que todo el mundo debería tener, sobre todo una niña de catorce años.

—Ella tenía razón sobre ti —dije con una sonrisa—. Eres un buen hombre.

—Resulta cuando menos interesante que tuviera que decírtelo una muchacha de catorce años —bromeó él, volviendo de repente a ser el de siempre. La nube de abatimiento parecía haberse disipado y me alegró verlo sonreír.

—Hugo, ¿qué va a pasar? —pregunté, temiendo la respuesta. Íbamos a quedar expuestos y vulnerables en cuanto volviéramos al camino.

Él se encogió de hombros, con la vista fija en las llamas agonizantes de la hoguera.

—Lionel Finch tiene poder para destruirme, y ahora le he dado una buena razón para hacerlo. No descansará hasta verme muerto, de eso estoy seguro. Solo me queda esperar y ver de qué forma se vengará.

—¿A qué te refieres? —pregunté, horrorizada.

No me había parado a pensar en qué sucedería después de huir de la casa y dejar a Frances en un lugar seguro.

Temía que Lionel Finch reuniera a sus hombres y nos persiguiera, lo cual forzaría un enfrentamiento en el que, por desgracia, estaríamos en minoría.

—Puede acusarme públicamente de traición y dejar que otros hagan el trabajo sucio o bien venir él mismo a intentar matarme por el agravio. He interferido en su matrimonio, le he arrebatado a su esposa y le he causado daños corporales. Yo diría que tiene motivos para desearme la muerte, ¿no crees?

—Quizá deberíamos volver a Everly Manor —sugerí.

—Quizá —concedió él—. Aunque ese es el primer lugar en el que me buscarían. —Se levantó y arrojó al fuego los restos de su bebida—. Vamos a recoger a Jem y nos iremos de este lugar. Nuestros asuntos aquí han concluido y, cuanto más tiempo nos quedemos, más pondremos en peligro esta comunidad.