El pasaje secreto (La tierra de prodigios 1) Capítulo 30
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Capítulo 30

TREINTA

La hermana Julia vino a despertarme antes del alba.

Las monjas habían terminado sus oraciones matutinas y ahora se habían reunido en el refectorio para desayunar y me habían invitado a acompañarlas.

Habría preferido tomar algo en mi celda, pero habría sido descortés negarme, así que me eché un poco de agua en la cara y las manos, me puse la capa e introduje mis rizos rebeldes bajo la cofia antes de seguir a la hermana Julia hacia el exterior y la neblinosa mañana de abril.

Una débil llovizna me roció el rostro de inmediato y cubrió mi piel y mi capa con un brillo de humedad.

La llama de la vela de la monja oscilaba delante de mí como una diminuta esfera de luz distorsionada por la niebla que parecía flotar por sí sola.

Me sentí muy incómoda al entrar en el refectorio y ver que todas las miradas se dirigían hacia mí, pero las hermanas sonrieron y se comportaron como si mi presencia fuera lo más natural del mundo.

Me dieron gachas calientes con miel y leche, y un poco más del pan moreno que había comido la noche anterior.

Estaba demasiado duro para morderlo, ya que sin los conservantes modernos solo duraba unas pocas horas y aún no se habían horneado hogazas frescas.

Las hermanas le arrancaban trocitos y los mezclaban con sus gachas para no desperdiciarlo, de modo que yo hice lo mismo.

Las gachas calientes resultaban muy agradables.

En la celda no había ninguna fuente de calor, así que estaba helada hasta los huesos, sobre todo después de lavarme con agua congelada.

A las monjas parecía no afectarles el frío, desayunaron casi en silencio y se prepararon para empezar con sus tareas diarias.

—¿Dónde está lord Everly? —le pregunté a la que estaba a mi lado.

—Fuera del muro, en el prado —respondió con una mirada escrutadora.

Era obvio que yo no era lady Everly, así que habían sacado sus propias conclusiones.

Se les daba bien guardarse sus opiniones para sí mismas, pero pude ver unas cuantas miradas sentenciosas dirigidas hacia mí.

Poco sabían que nuestra relación era estrictamente platónica, no la sórdida aventura creada por su imaginación colectiva.

—¿Y Frances y Jem?

—Descansan plácidamente —respondió la hermana que ocupaba la cabecera de la mesa con una sonrisa alentadora. Tal vez fuera la madre superiora del convento.

—¿Puedo verlos?

—Por supuesto. La hermana Julia os acompañará —contestó, al tiempo que acababa de comer y se levantaba para marcharse—. Dios sea con vos, señorita.

—Y con vos también —respondí de forma automática.

Cuando terminó el desayuno, ya había amanecido por completo.

La niebla seguía arremolinándose a nuestro alrededor; envolvía los árboles y los edificios y se acumulaba en las hondonadas, pero la llovizna había cesado y un sol brumoso intentaba asomarse entre las nubes.

Miré a mi alrededor, preguntándome si alguien sabría de la existencia de aquella comunidad.

¿Serían de verdad autosuficientes? Para alguien como yo, resultaba difícil aceptar que se pudiera vivir sin ir de compras o escuchar las noticias del mundo exterior y sobrevivir solo de los frutos del trabajo en completo aislamiento, pero parecía que las hermanas estaban totalmente incomunicadas y así era como les gustaba vivir.

Mientras seguía a la hermana Julia hacia la cabaña donde Hugo había llevado a Frances la noche anterior, intenté estudiar bien su rostro.

Era mayor de lo que había pensado al principio, tal vez tendría unos veintitantos años, es decir, mi misma edad, y había algo sorprendentemente familiar en sus grandes ojos grises.

No era muy alta, pero bajo el hábito, su cuerpo parecía ágil y fuerte, propio de una mujer que había pasado su vida realizando duros trabajos físicos.

—Os dejaré aquí, señorita Ashley —indicó la hermana Julia al detenerse frente a la cabaña—.

Si quiero terminar al mediodía, debo empezar ahora con mis quehaceres.

—Sonrió y desapareció en el interior del establo que estaba justo enfrente.

Se oían balidos de ovejas y mugidos de vacas que había que ordeñar y sacar a pastar.

Una voz tranquilizadora mantenía una intensa charla con una de las vacas, le preguntaba por su mal humor y le pedía que se quedara quieta.

Me di la vuelta y entré en la cabaña, nerviosa y a la vez ansiosa por ver a los pacientes.

Era una construcción de dos habitaciones, de las vigas bajas de la sala delantera colgaban varios ramilletes de hierbas puestas a secar que inundaban el lugar de un agradable olor medicinal.

Bajo la alta ventana había una mesa larga de madera cubierta con diversas raíces y hojas y atiborrada de cuencos y frascos.

Sobre ella yacía, olvidado, un afilado cuchillo, y también había un mortero que contenía una especie de polvo verdoso que olía a menta.

Contra la pared del fondo descansaba un catre con las mantas bien colocadas, flanqueado por un taburete bajo sobre el que había una palmatoria, una jarra y un libro de oraciones.

El manto de la hermana Angela colgaba de una clavija en la pared, lo que lo hacía parecer un murciélago gigante que se tomaba un merecido descanso.

El cuarto del fondo era la enfermería de la hermana Angela, y en él había dos catres colocados cerca de la chimenea.

La hermana estaba atizando el fuego cuando entré en sus dominios, pero salió a saludarme con una sonrisa de bienvenida.

—Buenos días —saludó al encontrarse conmigo a mitad de camino—.

Debéis de estar ansiosa por saber cómo se encuentran vuestros compañeros—.

Era una mujer mayor, de unos sesenta y tantos años, pero aún quedaban rastros de belleza en su rostro.

Me pregunté si habría sido monja toda su vida o si se habría unido a la orden ya mayor, después de que algo, o alguien, hubiera provocado que se cansara del mundo exterior.

Transmitía una maravillosa serenidad que irradiaba como un campo de fuerza y me hizo sentir algo más optimista.

—La verdad es que sí. ¿Cómo están? —pregunté, con la esperanza de que el semblante alegre de la hermana Angela fuera parte de la respuesta.

—Han mejorado mucho. Anoche les di una gota de jugo de amapola a cada uno para ayudarlos a dormir.

A veces, el descanso es lo único que puedo ofrecerles de verdad, máxime cuando las heridas son internas, pero ambos han disfrutado de una noche tranquila.

—Sonrió y sentí que me invadía una oleada de alivio.

—Entonces, ¿se pondrán bien?

La hermana Angela miró rápidamente hacia la otra habitación, me agarró del codo y me acercó a la puerta exterior para evitar que sus pacientes escucharan la respuesta.

—Señorita Ashley, lo único que puedo hacer es ofrecerles consuelo y algo de alivio para el dolor, pero lo demás está realmente en manos del Señor.

La joven ha sufrido fuertes golpes en el estómago y no hay manera de determinar la gravedad de las lesiones internas.

Sin embargo, no sangra, lo que en mi opinión es una buena señal.

Rezo para que los hematomas sean en su mayoría externos y sanen a su debido tiempo, pero solo el tiempo dirá si podrá engendrar hijos en el futuro.

—¿Y Jemmy? —pregunté, tensa de preocupación.

—Jem estará un poco aturdido y quizás se quede dormido a deshoras durante al menos una semana, creo, pero lo examiné antes de darle el somnífero y parecía relativamente alerta.

Si hubiera estado viendo doble habría motivos para preocuparse, pero la visión no está afectada.

Lo que sí tiene es un chichón del tamaño de un huevo, pero le puse una cataplasma y desaparecerá en unos días.

No creo que sufra efectos a largo plazo, salvo un terrible dolor de cabeza y fatiga.

Necesita descanso, paz y tranquilidad. —No podíamos proporcionarle ninguna de las tres cosas.

—¿Puedo verlos?

—Por supuesto —respondió la hermana Angela, y me guio de vuelta al otro cuarto.

Jem estaba acurrucado en el catre y lo único que asomaba por encima de las mantas era su mata de pelo oscuro y una mejilla, pero su respiración era regular y su color parecía saludable.

Frances estaba recostada en el otro catre, cerca de la chimenea, con la cara sonrosada por el calor y los ojos muy abiertos y despejados. Sonrió al verme.

—Señorita Ashley —dijo—. Venid a sentaros a mi lado.

Pedí permiso a la hermana con la mirada y ella asintió para alentarme a la vez que me acercaba un taburete. Tomé asiento junto al catre y la hermana se retiró a la mesa de la otra habitación, donde continuó cortando algo en rodajas mientras vigilaba a sus pacientes.

—Frances, ¿cómo te encuentras? —pregunté cogiéndole la cálida mano, en parte para consolarla y en parte para tomarle el pulso, que era fuerte y rítmico.

—He mejorado mucho. Todavía me duele el estómago, pero creo que he dormido bien por primera vez en un año —respondió, dirigiendo una mirada agradecida a la monja, que molía algo alegremente—.

Me he acostado aterrorizada todas las noches, sin saber si Lionel vendría o no a mí.

No sé qué era peor: que viniera, me hiciera daño y luego se fuera, o que no viniera y pasar el resto de la noche preguntándome si vendría más tarde o por la mañana —añadió mientras me miraba en busca de comprensión—.

Mi miedo era como una serpiente enroscada en mi vientre, lista para atacar en cualquier momento.

A veces sentía náuseas por la ansiedad y Lionel pensaba que podía estar encinta, pero cuando empezaba a sangrar, me pegaba.

—Ay, Frances, cuánto lo siento —dije, consciente de lo inadecuado que sonaba.

—No lo sintáis —respondió ella mientras me sonreía y me apretaba la mano—. Vos me salvasteis. Vos y lord Everly me salvasteis, y no volveré nunca. Jamás.

—¿Te parece bien quedarte aquí? —No podía ofrecerle otra alternativa, pero quería saber que estaba de acuerdo en quedarse con las monjas. No soportaría pensar que, una vez más, sintiera que no tenía voz ni voto en su vida.

—Ay, sí —respondió ella en un tono alegre—. Me encantaría quedarme aquí para siempre.

Su respuesta me sorprendió, pero no la cuestioné. Podría cambiar de opinión en el futuro y estaba segura de que las monjas no la obligarían a quedarse en contra de su voluntad. Pero Frances había percibido mis reservas sobre dejarla allí y puso su mano sobre la mía.

—No os preocupéis por mí, señorita Ashley.

Me alegro de quedarme. Este es un lugar de paz y amor, dos cosas que nunca he conocido de verdad.

Mi madre murió cuando yo nací —explicó Frances con tristeza—.

Mi padre contrató a un ama de cría y se olvidó por completo de mí hasta que estuve en edad casadera.

Creo que me culpaba por la muerte de mi madre o, al menos, eso es lo que le gustaba decir a mi hermano.

Podía ser muy cruel a veces. —Se quedó callada, sin duda, recordando su infancia.

—Y después te casaste —la animé.

—Sí. Esperaba ser feliz. Al principio, Lionel se mostraba cortés, me traía pequeños obsequios y presumía de mí ante sus amigos, pero un año después todo cambió.

Pensé que su padre intervendría, pero hizo la vista gorda.

Él sigue siendo el amo, pero es Lionel quien lo controla todo.

—Frances suspiró mientras me dedicaba una sonrisa triste—.

Como veis, nunca me han querido ni he conocido la paz.

Disfruto con la compañía de las mujeres y preferiría dedicar mi vida a Dios antes que a mi esposo.

Además —añadió alegre—, quedarse aquí cumple un doble propósito.

—¿Cómo es eso?

—Mientras esté viva seré la esposa de Lionel, lo que significa que no puede casarse ni tener el heredero que tan desesperadamente anhela y, si no sabe dónde estoy, no tiene forma de saber si es libre —añadió con sencillez. Se vengaría de su marido de una manera que le permitiría mantenerse a salvo.

—Eres una chica inteligente —dije con una sonrisa, siendo de repente consciente de que Frances no era tan ingenua como había pensado al principio.

—No soy inteligente, solo estoy desilusionada y amargada —me corrigió—. Ansío venganza y el castigo divino, pero espero que, con el tiempo, pueda olvidar toda esa parte de mi vida y hallar un fin más elevado.

—Estoy segura de que lo harás —respondí, poniéndome en pie—. Nunca te olvidaré, Frances —añadí, y lo decía en serio.

—Ni yo a vos, señorita Ashley. Me salvasteis la vida y rezaré por vos el resto de mis días.

—Adiós, entonces. —Me di la vuelta para irme.

—¡Es un buen hombre! —gritó Frances a mis espaldas—. No lo dejéis.

No estaba segura de qué le había hecho decir eso, pero me limité a asentir y me despedí. Que no lo dejara, nada menos.