El pasaje secreto (La tierra de prodigios 1) Capítulo 29
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Capítulo 29

VEINTINUEVE

Los hombres se acomodaron junto al fuego y se durmieron justo después de acabar de cenar.

Bien acurrucados en sus mantas, parecían capullos de seda.

La noche no era especialmente fría para principios de abril, pero, al dormir en el suelo, por la mañana siempre se despertaba uno rígido y helado hasta los huesos, con la manta y la ropa húmedas y pegajosas sobre la piel.

Las monjas no les habían permitido pasar la noche dentro, ni siquiera en el establo, pero al menos habían tenido la amabilidad de llevarles pan, estofado, sidra y queso.

Probablemente se estarían comiendo las provisiones de la comunidad para el día siguiente, había pensado Hugo con sentimiento de culpa, pero había sido incapaz de negarse.

Estaban hambrientos y sedientos, no habían tomado más que un poco de pan y unas salchichas en todo el día.

Cualquier otra noche, los hombres se habrían sentado alrededor de la hoguera a hablar hasta altas horas de la madrugada, pero aquella era diferente.

Habían pasado todo el día sumidos en tal silencio que Hugo sentía como si una gran bestia sentada sobre su pecho le estuviera absorbiendo la vida.

Sabía muy bien que esa «bestia» era la culpa, que a veces pesaba más que ninguna otra cosa.

Había sentido el cuerpo inerte de Frances contra él durante todo el día y su peso cálido era un recordatorio constante de lo ocurrido y de su participación.

En un momento dado, pensó que Frances había dejado de respirar y le colocó discretamente la mano justo debajo del pecho.

Había sentido el latido de su corazón a través de los dedos y dejó escapar un suspiro de alivio.

Si Frances muriera, Neve nunca lo perdonaría ni él se perdonaría a sí mismo, al igual que tampoco sería capaz de perdonarse si Jem sufría algún daño permanente.

Era un niño fuerte, pero bajo aquel exterior arrogante había un pequeño solitario y asustado que había perdido a su madre y necesitaba sentir que tenía un hogar y que cuidaban de él.

Hugo apenas lo conocía cuando lo acogió en la casa, pero a lo largo del último año había llegado a apreciar de verdad al chiquillo, incluso a quererlo, y ahora era responsable de su bienestar.

Había sido muy insensato al ir a los establos a despertar a los hombres sin tomar primero precauciones para asegurarse de que Neve, Frances y Jem estuvieran a salvo.

Su error había sido no esperar que Finch atacara a Neve o hiriera a Jem, conociendo la naturaleza despiadada de Finch, debería haberlo imaginado.

A Neve no le había contado ni la mitad, pero no era algo que una dama debiera escuchar nunca, y menos de su boca.

Finch y su padre serían unos aliados útiles para Monmouth debido a su inmensa riqueza, pero ningún miembro respetable de la nobleza tendría nunca tratos con ellos, en especial con Finch el joven.

Sus inclinaciones eran un secreto a voces, al igual que su terrible crueldad.

En Londres había oído rumores sobre varios incidentes que habían hecho que le prohibieran la entrada a los burdeles de por vida.

Había roto narices, arrancado dientes y, en una ocasión, había dejado ciega a una joven tras patearle repetidamente la cabeza.

¿Formaba parte del plan de Dios crear semejantes monstruos?

Hugo trataba de evitar cualquier trato con los Finch, pero Henry Howard, el duque de Norfolk, que también era un católico desencantado y uno de los compañeros de Hugo, le había pedido expresamente que los visitara, pues era muy consciente de que las ansias de los Finch por conseguir un título podrían animarlos a invertir con generosidad en la rebelión.

Se habían reunido en St. Nicolas hacía unas semanas y Norfolk se había mostrado muy claro al respecto y había rechazado cualquier discusión por parte de Hugo.

«Hugo, dejad a un lado vuestra aversión personal y usad vuestro gran poder de persuasión para conseguir el apoyo de Finch.

Sé que es un canalla despreciable y un depravado, pero su contribución podría cambiar el rumbo a nuestro favor, controlad vuestro odio.

Espero tener noticias vuestras antes de Pascua».

Norfolk se había marchado dejándolo enfadado y con actitud desafiante, pero sin posibilidad de negarse.

Su plan inicial había sido visitar la propiedad de los Finch, exponer sus argumentos a favor de la rebelión, a ser posible conseguir una buena contribución y ponerse en marcha a la mañana siguiente, pero aquello había sido antes de que el destino arrojara a Neve Ashley a sus pies y arruinara todos sus planes.

Podía sentir sus ojos clavados en él mientras cabalgaban en silencio, pero era incapaz de devolverle la mirada.

La joven se equivocaba al dar por hecho que la culpaba a ella, se culpaba a sí mismo.

Le había prometido su protección y, en cambio, la había dejado sola en la casa con Lionel Finch.

Claro que no se le había pasado por la cabeza que iba a bajar volando para increparlo en persona, pero debería haberlo imaginado.

Neve era franca y directa, dos cualidades que casi la habían dejado a ella lisiada y a Jem, muerto.

Incapaz de dar descanso a su mente, Hugo se quedó mirando las llamas.

Si hubiera tardado unos minutos más en regresar, Neve habría resultado gravemente herida y solo habría podido culparse a sí mismo.

Le hervía la sangre al recordar verla acurrucada en el suelo, cubriéndose el rostro con las manos y gimiendo de miedo mientras Finch se alzaba sobre ella con los ojos rebosantes de odio y el rostro deformado por la rabia.

Hugo había visto de primera mano de lo que era capaz —recordaba el cuerpo maltrecho de Frances— y ahora Finch quería hacerle daño a Neve, desfigurarla de por vida, incluso matarla.

Apenas se había dado cuenta de que Jem estaba en el suelo cuando agarró a Finch, desesperado por evitar el golpe dirigido al rostro de Neve.

Casi no podía recordar lo que había hecho a continuación, de lo único que se acordaba era de que se había puesto furioso y había intentado estrangular a Finch mientras Neve le gritaba que se detuviera, y entonces había visto a Jem.

Echó otro leño al fuego y observó la lluvia de chispas que iluminaba el cielo nocturno, girando y brillando por un instante antes de que su luz se atenuara y fuera engullida por la noche.

Así era la vida: una diminuta chispa que brillaba mucho en la oscuridad antes de extinguirse, pensó Hugo con amargura.

Últimamente había tenido muchos pensamientos de aquel tipo, sin duda provocados por la profecía de Neve sobre su inminente desenlace.

Siempre había sabido que corría un gran riesgo, aunque había considerado que las probabilidades de éxito eran aceptables y había seguido adelante de todos modos, pero ya no estaba tan convencido.

Neve había dicho que ningún otro rey católico volvería a ocupar el trono de Inglaterra.

¿Tendría razón? ¿Era realmente posible que no volviera a permitirse que alguien que profesaba la verdadera fe se acercara al trono del país que amaba?

¿Lograría cambiar eso sacrificando su vida? Muy probablemente, no.

Se apretó los puños contra los ojos hasta que vio estrellas rojas y verdes danzando frente a él y los globos oculares comenzaron a dolerle, pero fue incapaz de borrar la sombría imagen del futuro que le vino a la mente.

Lo que estaba haciendo era inútil, la propia Jane se lo había dicho.

A pesar de su diferencia de edad, Hugo siempre escuchaba a su hermana.

Ella lo conocía como nadie y era la única persona que se preocupaba de verdad por él.

Le había rogado y suplicado que no se involucrara en el plan, que aceptara las cosas como eran:

—Hugo, escúchame —le había ordenado mientras caminaba de un lado a otro frente a la rugiente chimenea una gélida noche de enero.

Había acudido a él después de la muerte de Ernest, pues necesitaba unos meses para recuperar el ánimo tras los años de enfermedad de su esposo—.

Debes olvidarte de esa estupidez. Inglaterra quiere un rey protestante y lo tendrá, de una forma u otra.

Si James tiene un hijo y asegura la sucesión, habrá una rebelión abierta.

Lo que debemos hacer es capear el temporal.

Carlos era un rey protestante y bajo su gobierno estuvimos bien. Nuestra familia prosperó.

—Prosperamos porque mantuvimos nuestra religión en secreto.

No podíamos rezar libremente, no podía casarnos un sacerdote y tampoco podíamos bautizar a nuestros hijos a los ojos de Dios sin tener que mirar por encima del hombro.

Padre nos prohibió decir que somos católicos por miedo a ser discriminados y condenados al ostracismo.

¿Te has olvidado de todos los miembros del gobierno que fueron destituidos por su fe para complacer al Parlamento?

Janey, no eres tú la que habla, sino Ernest, que siempre apostaba por el bando ganador.

—No faltes el respeto a la memoria de mi esposo —había bufado Jane—.

Ernest se casó conmigo y fue un buen marido.

Llegué a él con el hijo de otro hombre en mis entrañas y me amó, me cuidó y trató a mi hijo como suyo.

Él lo sabía, Hugo —le había informado Jane, con las manos apoyadas en las caderas y una sonrisa burlona ante la expresión de sorpresa de su hermano—.

Sabía que Clarence no era suyo. Nunca le dijiste la verdad cuando acordaste el matrimonio, pero lo sabía, igual que sabía que nunca tendría un hijo propio, al menos no conmigo.

El parto de Clarence me había dañado el útero, de modo que no podía engendrar más hijos.

Podría haberse divorciado de mí, pero me fue fiel y le dejó toda su hacienda a Clarence en lugar de a su hija.

En mi caso no apoyó al bando ganador, sino que apostó por un caballo cojo.

—Jane, no quería insinuar nada sobre Ernest —había dicho Hugo, transigiendo.

Jane casi nunca se dejaba llevar por la pasión, pero aquella vez la había provocado él.

Si supiera la verdad sobre Ernest… pero nunca se enteraría por él.

Al fin y al cabo, Ernest ya no estaba, así que no tenía sentido herir más a su hermana ni revelarle algo que había permanecido oculto todo aquel tiempo y que se llevaría a la tumba con tal de protegerla.

—Hugo, no hay nada bueno ni malo, solo supervivencia, y Ernest lo sabía.

Proclamar sus opiniones religiosas a los cuatro vientos no le habría hecho ningún bien, así que se mantuvo callado ocupándose de sus propios asuntos, igual que padre.

¿Alguna vez has pensado que quizás tú deberías hacer lo mismo?

—No, no lo he pensado —había respondido Hugo mientras trataba de controlar su ira.

—Tienes treinta y cuatro años. Necesitas casarte, tener hijos y dejar de intentar cambiar el mundo, ya cambiará lo bastante pronto sin ti. —A continuación, Jane se había sentado frente a él con mirada desafiante.

—Sabes que no puedo casarme —había replicado Hugo.

—Sí, sí que puedes. Tu matrimonio quedó anulado por ley, de modo que legalmente puedes casarte. Si sientes algún tipo de fidelidad equivocada hacia una mujer que le ha dado varios hijos a su nuevo esposo, solo estás siendo un mártir y un tonto —había concluido Jane con mirada triunfal.

Hugo no había podido evitar echarse a reír, lo cual pilló a su hermana por sorpresa. Había abierto la boca para protestar y en sus mejillas estaban apareciendo unas manchitas rojas mientras le sostenía la mirada, sin estar segura de qué le había provocado la risa.

—Pero ¿de qué te ríes?

—Me río de la forma en que acabas de destruir todo lo que me importa: debería darle la espalda a mi fe, olvidar mis votos matrimoniales y hacer lo que sea necesario para prosperar. ¿Es así?

—Sí, a modo de resumen, sí. Eres demasiado mayor para todo este idealismo infantil.

Hugo había soltado una carcajada, sintiéndose más ligero por primera vez en años.

Jane tenía la habilidad de hacer que todo pareciera tremendamente sencillo y así era, siempre y cuando no permitieras que la conciencia se interpusiera.

Adoraba a su hermana pequeña, pero también conocía sus defectos.

Jane se había acostado con un joven que estaba comprometido con otra, se había quedado encinta y luego se había casado con otro hombre sin ningún reparo en engañarlo.

No obstante, le había ido bien, así que tal vez tuviera razón en cuanto a lo de la supervivencia.

Al recordar la discusión, Hugo sonrió con tristeza frente a las brasas encendidas.

Por supuesto, una vez más la había perdonado, como siempre, pero quizás su sensata hermanita tuviera razón y no fuera más que un idiota idealista, demasiado viejo para mantener unos principios tan anticuados.

Neve Ashley se lo había dicho. Su padre aseguraba siempre que las mujeres veían las cosas con más claridad y tal vez fuera así, no estaban limitadas por las nociones de honor y deber de los hombres.

Su lealtad era para con su familia: el deber de amar, proteger y criar.

Por fin se envolvió en una manta y se tumbó boca arriba para contemplar un cielo frío y oscuro cuajado de estrellas. No se sentía feliz, pero sí más en paz consigo mismo: Frances y Jem se recuperarían, por suerte Neve no estaba herida, y él tenía que pensar seriamente en el futuro.