Capítulo 28
VEINTIOCHO
Cabalgamos en absoluto silencio durante más de una hora.
Frances se había quedado dormida y la palidez de su rostro destacaba contra su capa azul a pesar del fulgor rosado de los rayos de sol.
Dormida parecía todavía más joven, su cara rodeada de tirabuzones rubios y sus mejillas redondas me recordaban en cierto modo a los querubines de los cuadros.
Intenté no mirar a Hugo por miedo a que me reprendiera por lo que había hecho, pero él tenía la vista fija en el frente y apretaba con fuerza las riendas.
Quería saber qué estaba pensando, pero no me atrevía a preguntar.
Las imágenes de los sucesos de la mañana seguían rondándome la cabeza, sentía los nervios al límite y tenía la espalda tan rígida que me daba la impresión de que se haría añicos en cualquier momento.
Me ardían los ojos por la falta de sueño y la cabeza me dolía horrores, me irradiaba el dolor desde un punto hacia las sienes.
Los hombres cabalgaban detrás de nosotros. Normalmente hablaban y bromeaban entre ellos, pero aquella mañana permanecían en silencio y alerta ante una posible persecución y represalias. Aunque parecía no haber ninguna, habría sido una estupidez relajarnos; si es que hubiéramos podido.
—¿A dónde vamos? —pregunté al fin, incapaz de guardar silencio por más tiempo.
Me encogí cuando Hugo se volvió hacia mí.
Tenía el rostro maltrecho por la pelea: su pómulo izquierdo estaba muy magullado y todavía supuraba sangre, el labio hinchado en el punto donde se lo habían partido y una expresión recelosa y un tanto vacía.
Tardó un momento en procesar la pregunta, parecía incapaz de serenarse lo suficiente para responder.
—No lo sé —contestó por fin—. Necesito tiempo para pensar. Debemos poner a Frances a salvo. Habrá que pagar las consecuencias de lo que he hecho y debo asegurarme de que esté fuera del alcance de Finch. Si se la lleva de vuelta, la matará. Y, además, debemos ocuparnos de Jem. Necesita un médico.
—Lo siento mucho, Hugo —susurré, sin estar segura de por qué me disculpaba.
Sabía que la pelea había sido culpa mía, pero ¿qué iba a hacer?
Al ver a la frágil chiquilla en la silla de montar fui incapaz de arrepentirme de haberme entrometido, aunque sentía remordimientos por la situación en que había puesto a Hugo.
Estaba claro que ahora no había la más mínima posibilidad de apoyo de Finch a la causa de Monmouth, y el chucho rabioso de Lionel querría vengarse por los daños que había sufrido, la humillación y la pérdida de su esposa.
No tenía ni idea de lo que haría, pero lo que sí sabía era que no tendríamos que esperar mucho para descubrirlo.
Hugo se detuvo de repente en un cruce de caminos y miró hacia la derecha con expresión pensativa.
Una cruz desgastada por el tiempo se inclinaba torpemente hacia un lado con un único nombre grabado en el travesaño: «Agnes».
A los suicidas los enterraban en los cruces de caminos con el objetivo de negarles un entierro cristiano en tierra consagrada y condenar sus almas al infierno para toda la eternidad y era indudable que Frances habría acabado así con el tiempo, si es que su marido no la mataba antes.
Quizás a Hugo se le hubiera pasado eso por la cabeza al ver la cruz.
Con expresión de pavor, Frances pareció encogerse sobre sí misma al darse cuenta de hacia dónde dirigía Hugo la vista.
No había pronunciado ni una palabra desde que habíamos partido, pero yo estaba segura de que estaría preguntándose qué pensaba hacer Hugo ahora que la había apartado de su esposo.
No podría llevarla a Everly Manor, ya que ese sería el primer lugar donde la buscarían y, si la encontraban, se la devolverían a Finch para que se enfrentara a las consecuencias de su huida.
Hugo pareció tomar una decisión e hizo girar al caballo hacia la derecha, seguido en silencio por sus hombres.
Troté tras él, ansiosa por escuchar su voz.
Quería que me hablara, que me calmara diciendo que había hecho lo correcto y que no estaba enfadado conmigo.
Necesitaba su apoyo, pero permaneció callado, perdido en sus propios pensamientos.
No parecía enfadado, solo cansado, dolorido y preocupado.
Ralenticé la marcha y esperé a que Peter se colocara a mi lado.
Jem descansaba apoyado contra su pecho, con los ojos parcialmente abiertos y mirando hacia delante.
Peter lo había envuelto en una manta para abrigarlo y su cuerpecito se perdía entre los pliegues, haciendo que su rostro contrastara con fuerza con los colores oscuros de la lana.
—¿Jem? —llamé en voz baja—. ¿Cómo estás?
—La cabeza me duele una barbaridad —respondió él.
Su voz sonaba temblorosa, y me invadió otra oleada de miedo y culpabilidad.
Jem necesitaba todo el equipamiento y las habilidades de una unidad de emergencias de un hospital, pero tendría suerte si conseguíamos encontrar a alguna curandera o un charlatán que afirmara tener conocimientos médicos.
¿Qué podrían hacer por él, aparte de darle algún asqueroso brebaje y declararlo curado?
Además del terrible dolor de cabeza, debía de sentirse desorientado y puede que también tuviera náuseas.
Ir montado en un caballo a plena luz del sol le supondría una tortura, pero lo estaba soportando como un hombre, cerrando los ojos ante la luz y respirando hondo para combatir el mareo.
—Jem, gracias por defenderme. Fuiste muy valiente —dije, pero el muchacho parecía haberse quedado dormido.
Cabalgamos durante varias horas más. Estaba sedienta, hambrienta y muerta de cansancio tras una noche de insomnio y toda aquella tormenta emocional, pero era demasiado pronto para parar.
Todavía existía la posibilidad de que nos persiguieran, teníamos que seguir avanzando.
Frances se había despertado sobresaltada hacía un rato, con el rostro convertido en una máscara de pánico hasta que me vio y empezó a relajarse.
No preguntó nada, solo aceptó un trago de la cantimplora de Hugo y se dejó caer de nuevo contra su pecho.
Parecía demasiado cansada para hablar e indiferente respecto a dónde la lleváramos con tal de estar lejos de casa.
Hugo le susurró algo y ella asintió, estirando los labios en una pequeña sonrisa, y volvió a cerrar los ojos. Ojalá me dijera algo a mí.
Poco después del mediodía, pasamos por un pequeño pueblo y Hugo envió a Archie a la posada a comprar algo de pan, salchichas y cerveza.
Comimos sin desmontar ni detenernos por si nos perseguían.
Oí que Archie le explicaba algo a Hugo, pero me sentía demasiado cansada y disgustada como para prestar atención.
No podía soportar su silencio. Preferiría que se enfadara conmigo y me gritara a que me excluyera de aquel modo.
Quería saber hacia dónde nos dirigíamos y qué haríamos al llegar, pero Hugo se guardaba sus planes para sí mismo, apartaba la vista del camino únicamente para comprobar cómo se encontraba Jem y, acto seguido, se daba la vuelta de nuevo, la preocupación se reflejaba en su rostro.
Cuando el sol empezó a hundirse en el horizonte, me había agotado de tanto preocuparme.
Hugo seguía sin decir palabra y, su perfil silencioso, vuelto hacia el frente, se me antojaba un reproche constante.
Tomó un sendero estrecho que se internaba en el bosque y nos hizo un gesto con la mano para que lo siguiéramos.
El bosque era frondoso, y la oscuridad se acumulaba en las hondonadas y los matorrales, se arrastraba por el suelo y envolvía la densa vegetación con su manto nocturno.
La noche estaba repleta de sonidos: el chillido de un búho, el aullido de un zorro, el sonido de algo que corría por la maleza y que hacía chasquear una rama y que se agitaran las hojas.
Me acurruqué más en la capa, de repente me sentía asustada.
¿A dónde iba Hugo? ¿Planeaba acampar en el bosque, donde seríamos menos visibles?
Hacía demasiado frío para dormir al raso, pero pasar la noche en una posada nos hacía vulnerables.
Estaba segura de que Lionel Finch podría reunir a docenas de hombres de sus tierras si quería, mientras que nosotros solo teníamos cuatro.
La luna asomaba entre las ramas desnudas y su reconfortante luz era lo único que se interponía entre nosotros y la oscuridad más absoluta.
Me invadió una terrible oleada de nostalgia que hizo que añorara mi hogar con una intensidad tan abrumadora que sentí una opresión en el corazón que me dejó sin aliento.
Me sentía muy sola y asustada, muy aislada de aquellos hombres que habían permanecido todo el día en silencio.
A Frances no parecía importarle. Llevaba toda la tarde entre la consciencia y la inconsciencia.
No podía ni imaginarme el dolor que tenía que soportar mientras cabalgábamos, su estómago sería un recordatorio constante de la noche anterior.
¿Y si Finch le había dañado los órganos internos y estaba sufriendo una hemorragia?
Aquel pensamiento puso fin a mi autocompasión y eché una mirada furtiva hacia su perfil inmóvil.
Tal vez por eso estuviera tan decaída. En cualquier caso, yo no podía hacer nada para ayudar, ella y Jem estaban en manos de Dios.
Casi me atraganto al pensarlo. Nunca habría expresado tal sentimiento en el siglo xxi , pero aquí parecía correcto y cierto, no había hospital al que llevarlos, ni máquina de rayos X para evaluar los daños, ni cirujano para operar, ni tampoco analgésicos.
Hugo le dio a Frances consuelo para su alma maltratada, alcohol para el dolor y la esperanza de escapar de su matrimonio.
A Jem no había nada que darle excepto tiempo. Lo demás no lo sabíamos.
Estuve a punto de llorar de alivio cuando vi aparecer el alto muro de algún tipo de asentamiento en un claro del bosque.
Allí la luna brillaba más e iluminaba una pequeña puerta con una reja de metal a la altura de los ojos cerrada por un panel de madera.
Hugo le hizo un gesto a Archie, que se bajó del caballo y llamó a la puerta hasta que una cara asustada apareció tras la reja.
No pude escuchar lo que decían, pero Archie tardó varios minutos en convencer a la persona que estaba al otro lado para que abriera el portalón y nos dejara pasar.
La mujer que nos abrió iba vestida como una monja, su rostro curtido estaba enmarcado por un velo blanco, la única luz en un atuendo completamente negro que se fundía con la noche.
Sorprendida, miré a mi alrededor. Había varias construcciones de madera agrupadas alrededor de un gran patio.
Del establo llegaban sonidos de animales y un olor acre a estiércol y heno se filtraba a través de las rendijas.
Justo enfrente se hallaba lo que parecía ser una capilla y, a su izquierda, un edificio largo y bajo con varias ventanas diminutas, tal vez un dormitorio.
Los hombres desmontaron y dejaron que los caballos bebieran en el abrevadero que se hallaba junto al pozo mientras Hugo bajaba a Frances de la silla y la llevaba a la cabaña que le había indicado la monja.
Peter lo siguió con Jem, que, con los pies colgando por debajo de la manta, parecía aún dormido.
Me senté en un banco, dolorida por la cabalgada y con el corazón destrozado. Hugo ni siquiera me había mirado al alejarse y desaparecer en el interior del edificio.
—¿Os encontráis bien, señorita Ashley? —me preguntó Archie al verme tan abatida.
Asentí, sin ganas de hablar sobre mis sentimientos con él.
—¿Qué es este lugar, Archie?
—Es una orden religiosa de clausura para mujeres, señorita —respondió él mientras se llevaba los caballos al establo para que comieran.
Me quedé sentada en el banco, sola y olvidada, hasta que una chica vestida de monja vino a buscarme.
—Buenas noches. Soy la hermana Julia. Por favor, venid conmigo, señorita Ashley —dijo.
Tenía una voz melodiosa y tranquilizadora—.
Sus jóvenes pupilos están ahora con nuestra curandera.
La hermana Angela es muy sabia y, si alguien puede devolverles la salud, es ella.
Nosotras ya hemos cenado, pero ha sobrado mucho.
Lord Everly nos pidió que os demos algo de cenar y una cama para pasar la noche —me informó.
—¿Y qué hay de él y de los hombres? —pregunté, sorprendida .
—Oh, no pueden quedarse aquí; no se permiten hombres. Acamparán fuera de los muros, pero nos aseguraremos de que coman y estén cómodos. —La joven monja me sonrió mientras me hacía señas para que la siguiera.
Me llevaron a una habitación con una larga mesa flanqueada por bancos: el refectorio. Estaba iluminado por varias velas gruesas y la luz que desprendían resultaba acogedora tras la oscuridad del bosque.
—Aquí tenéis —señaló la monja. Me entregó un cuenco que contenía un apetitoso estofado, un gran trozo de pan moreno y una taza de leche fría—. Debéis de estar hambrienta tras el viaje. Cuando terminéis, os acompañaré a una celda donde podréis lavaros y pasar la noche.
No creía que pudiera tomar nada, pero el olor del estofado me despertó los sentidos y me recordó que solo había comido un pequeño pedazo de pan y un trozo de salchicha hacía varias horas.
Me terminé la comida y el pan y me bebí la leche de un trago, sedienta tras un día a caballo.
Me alegró saber que los hombres recibirían al menos una comida caliente, aunque tuvieran que dormir a la intemperie.
Estarían hambrientos y exhaustos. Estaba tan cansada que me tambaleé mientras la monja me conducía a mi cuarto en el edificio bajo que había visto antes.
La celda era diminuta. Tenía un catre estrecho cubierto con un colchón de paja y ropa de cama áspera, un taburete bajo para poner la palmatoria y una jarra y una jofaina para lavarse.
El agua estaba helada, pero me lavé las manos y la cara y con un paño húmedo me limpié otras partes del cuerpo.
Habría matado por un baño caliente, pero aquello era mejor que nada, al menos me sentía algo más limpia.
Ni siquiera me molesté en desvestirme antes de dejarme caer sobre el catre, murmurar una sentida oración por Jem y Frances y sumirme en un profundo sueño.