El pasaje secreto (La tierra de prodigios 1) Capítulo 27 #3
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Capítulo 27 #3

Hugo asintió e intentó despertarlo, pero Jem estaba sumido en un profundo sueño, el pequeño cuerpo se había desplomado en los brazos de Hugo.

—Neve, coge tus cosas y vete a buscar a Frances. Nos vamos —espetó sin mirarme—. ¡Deprisa!

Le lancé una última mirada a Lionel Finch antes de salir corriendo de la habitación.

Finch continuaba jadeando, pero ya casi había recuperado el color.

Tenía los ojos cerrados y yacía acurrucado en el suelo, aunque yo sabía que era muy consciente de todo lo que estaba ocurriendo.

Tan solo estaba ganando tiempo por si Hugo cambiaba de opinión y decidía terminar el trabajo.

No me sobraba ni tiempo ni compasión para Finch, así que salí corriendo, siendo vagamente consciente del dolor de barriga y de los latidos del corazón contra mis costillas magulladas.

Tenía la certeza de que, con la fría determinación que mostraba el rostro de Hugo, sin duda habría matado a Finch si yo no hubiera intervenido.

Un minuto más e, impulsado por la furia, el miedo por Jem y probablemente algo de aprecio hacia mi persona, lo habría estrangulado hasta la muerte.

Mi intromisión había sido lo que lo había llevado a aquella situación, pensé mientras contenía las lágrimas.

No procesarían a un hombre por matar a golpes a su esposa, pero sin duda sí por asesinar a alguien tan rico como Lionel Finch.

Hugo podría haber acabado en la horca por mi culpa, y habría sido irónico, ya que mi intención inicial había sido salvarle la vida , no ponerla en peligro.

No sabía cuál era la pena por intento de homicidio, pero estaba segura de que Lionel Finch lo averiguaría en cuanto pudiera, sin duda, también acusaría a Hugo de secuestrar a su esposa.

Dejé a un lado mis pensamientos frenéticos y regresé corriendo al dormitorio, me vestí y ayudé a Frances a levantarse de la cama.

Temblaba por la impresión y estaba muy pálida por el dolor del vientre, pero la ayudé a vestirse y la llevé escaleras abajo.

Me había dado cuenta de que varios criados curiosos merodeaban por el pasillo, sin embargo, en cuanto nos vieron se apresuraron a regresar a sus quehaceres como si no pasara nada, aunque sus miradas ansiosas reflejaban el pavor que sentían hacia su señor.

Los hombres de Hugo ya estaban en el patio, con los caballos ensillados y las bolsas preparadas.

Supuse que Hugo habría ido a los establos a despertarlos mientras yo me enfrentaba a Lionel Finch en el salón.

¿Y si no hubiera vuelto a tiempo? No podía soportar pensar en lo que Finch me habría hecho, lo que sí era indudable es que una sola patada no le habría bastado.

Estaba furioso y desahogar su ira contra las mujeres era lo que mejor se le daba.

Me habría destrozado la cara, tal vez incluso me habría matado, y ese pensamiento me dejó temblando y con los nervios alterados.

—¿Estás bien? —me preguntó Hugo mientras me ayudaba a montar—. ¿Estás herida? Debería habértelo preguntado antes, pero cuando vi a Jem allí tirado no pude pensar en otra cosa —explicó.

—Estoy bien —mentí—. Gracias. No tienes que disculparte.

No estaba bien, pero lo único que quería era salir de aquel lugar y poner la mayor distancia posible entre Lionel Finch y nosotros.

Hugo asintió escuetamente y se volvió hacia Frances, que parecía a punto de desmayarse.

Tras ella, Archie estaba preparado para cogerla por si sufría un desvanecimiento, aunque no le pondría las manos encima antes de que surgiera la necesidad.

Hugo subió a Frances a su caballo y a continuación montó en la silla detrás de ella, pasándole un brazo protector por la cintura al tiempo que tomaba las riendas.

Frances se encogió de dolor pero no emitió sonido alguno, solo cerró los ojos y se apoyó contra él.

Estaba blanca como la leche, con las pestañas doradas abiertas en abanico sobre sus mejillas mientras las lágrimas le resbalaban en silencio por el rostro.

No podía ni imaginar lo que debía de estar pensando o sintiendo.

Pasara lo que pasara, no había forma de que aquello saliera bien y estaba segura de que Frances era consciente de ello al igual que todos los demás, a juzgar por la seria expresión de sus rostros.

Me alegró ver que Jem estaba despierto. Desplomado contra el ancho pecho de Peter parecía un muñeco de trapo, pero me sonrió débilmente antes de cerrar los ojos bajo el sol de la mañana.

Llevaba la cabeza vendada de cualquier manera, aunque al menos parecía que había dejado de sangrar, ya que el jubón de Peter estaba limpio.

La mula de Jem iba atada al caballo de Archie y caminaba obediente, aliviada de no tener que cargar con el frágil cuerpo del niño.

Los cascos chapoteaban en el barro descongelado mientras salíamos del patio.

Lo último que vi al girar mi caballo hacia la verja fue el rostro de Lionel Finch en la ventana.

Hugo se había ganado un enemigo para toda la vida, de eso estaba segura.