Capítulo 27 #2
Bajé corriendo las escaleras, mirando en todas las estancias hasta que encontré a Lionel Finch en el salón, sentado en una silla de respaldo rígido bajo el tapiz del caballero que estaba a punto de inmolarse en el campo de batalla.
Bebía despacio de una copa y, cuando levantó la vista, momentáneamente sorprendido por mi aspecto desaliñado, percibí una expresión asesina en su rostro magullado.
Su camisa también estaba rota, muy manchada de sangre —esperaba que toda suya—, y llevaba la mano envuelta en un trapo que adquiría con rapidez un tono marrón oxidado.
Sin la elaborada peluca parecía mayor, tenía el fino cabello castaño cortado casi al ras y apelmazado por la sangre justo por encima de la sien.
A su oreja izquierda parecía faltarle un trozo, pero no me acerqué demasiado por miedo a vomitar.
Mi sed de sangre parecía haber disminuido al verlo, pero seguía enfurecida, desesperada por herirlo de la única manera en que podía hacerlo.
Aquel hombre no merecía volver a respirar y mucho menos disfrutar de una existencia en la que fuera el amo de sus dominios y de todos los que los ocupaban.
—¡Cerdo miserable! —grité—. ¿Cómo os atrevéis?
¿Qué os da derecho a tratar a un ser humano con semejante crueldad?
Si yo fuera hombre, os atravesaría las tripas con la espada para poner fin a vuestra patética existencia, pero antes cogería un garrote de madera y os sodomizaría con él hasta que suplicarais clemencia, para que supierais lo que se siente al ser violado y herido de esa manera —jadeé furiosa, con las manos apretadas en puños y el cuerpo temblando de indignación.
No estaba segura de dónde había salido esa última parte, pero era lo peor que se me habría ocurrido hacerle aparte de asesinarlo y pareció surtir un efecto inmediato.
Lionel Finch se puso en pie en cuestión de segundos y avanzó hacia mí con una expresión tan amenazante que supe que había cometido un terrible error.
No tenía ningún derecho sobre mí, pero eso no lo detendría.
Miré a mi alrededor de forma frenética, pero la casa se hallaba sumida en el silencio, los sirvientes seguirían durmiendo o estarían escondidos en sus habitaciones por miedo a involucrarse en lo que fuera que estuviera pasando.
Si Lionel golpeaba a su esposa con tanta crueldad, no me atrevía a imaginar cómo trataría a las personas que consideraba inferiores.
Estaba segura de que más de uno llevaría las marcas de su látigo en la espalda o habría perdido un par de dientes por sus golpes.
Retrocedí presurosa para alejarme de él, pero no había adónde ir.
Justo detrás de mí, un enorme armario tallado ocupaba casi toda la pared y, en su avance, Finch bloqueaba el camino hacia la puerta.
Me pegué contra el mueble temblando de puro terror y entonces Jem entró corriendo en la estancia, con los ojos muy abiertos por el miedo.
Estaba completamente vestido y se dirigió hacia Finch con su espada de madera golpeándole el muslo.
—¡Dejadla en paz! —gritó el muchacho mientras cogía a Finch del brazo y trataba de alejarlo de mí—. ¡Dejad en paz a la señorita Ashley!
Sin mirarlo siquiera, Lionel Finch lo levantó con ambas manos y lo lanzó contra la pared.
La cabeza del niño provocó un terrible crujido al chocar contra el muro de piedra.
Jem se deslizó por la pared, dejando un rastro de sangre, y cayó desplomado al suelo con sus grandes ojos llenos de sorpresa.
Sus ojos se cerraron lentamente y su piel se tornó gris, solo un tono más claro que sus labios azulados.
—¡Jem! —grité—. ¡Oh, Jem! —Intenté esquivar a Finch para acercarme al pequeño, pero me hundió el puño en el estómago, dejándome sin aliento por la impresión y el dolor, y a continuación me agarró del pelo y me clavó la rodilla en el lugar exacto en que acababa de golpearme.
Me desplomé en el suelo jadeando. No podía respirar, no podía ver, la sangre que rugía en mis venas suprimía cualquier otro sonido que no fueran los latidos del corazón.
Había sentido dolor antes, pero aquello había sido un mero cosquilleo comparado con lo que estaba experimentando ahora.
Era como si mis entrañas hubieran sido reorganizadas al azar, enredadas las unas con las otras y aplastadas contra el diafragma.
Sentía que me asfixiaba, el aire que tragaba no acababa de llegarme a los pulmones.
Abrí los ojos justo a tiempo para ver cómo la bota de Finch se dirigía hacia mi cara, dispuesta a hacerla papilla, y puse las manos delante para protegerme del inminente golpe.
No podía respirar, ni pensar, lo único que sentía era un terror que me helaba la sangre, el instinto de protegerme de aquel hombre despiadado.
Grité cuando la punta de la bota chocó contra mis manos, pero no fue un golpe fuerte, sino apenas un roce acompañado de un rugido de rabia procedente de Lionel.
Me acurruqué en el suelo en posición fetal y miré a través de los dedos para ver qué había provocado su indulto.
Hugo lo había agarrado del cuello y, tras apartarlo a rastras, lo empujaba contra la pared.
Con la mirada vidriosa y ausente y respirando con dificultad, rodeó la garganta de Finch con ambas manos y lo levantó del suelo para asfixiarlo.
Finch pataleaba salvajemente intentando buscar apoyo, pero Hugo lo levantó aún más y le inmovilizó las piernas con las suyas.
Sus miradas se cruzaron mientras Hugo lo aferraba con una fuerza mortal, con el rostro contorsionado de ira a escasos centímetros del de Finch.
Lionel luchaba por respirar con los ojos desorbitados por el terror, mientras su rostro pasaba del rojo a un malva moteado, y el blanco de sus ojos se volvía rojo sangre por la presión de su cabeza.
Sus patadas eran cada vez más débiles y de su boca abierta escapaban horribles sonidos de asfixia.
Un hilillo de sangre le recorrió la barbilla hasta alcanzar la mano de Hugo.
—¡Hugo! —grité—. ¡Detente, lo vas a matar!
Mi voz pareció volverle a hacer entrar en razón.
Soltó a Lionel Finch y se hizo a un lado mientras este se derrumbaba en el suelo, luchando por respirar y agarrándose la garganta magullada.
A pesar de que estaba aspirando aire, parecía que seguía ahogándose, probablemente debido a la hinchazón de los músculos del cuello.
Sin prestarle atención, Hugo corrió hacia Jem y lo cogió en brazos.
—Jemmy, ¿puedes oírme? —susurró. Estaba llorando y, al apoyar su frente contra la de Jem y dejar car las lágrimas sobre las mejillas del niño, su voz sonó como un graznido—. Jem, despierta —suplicó—. Por favor, despierta.
Jem no se movía, sus pestañas oscuras se abrían en abanico sobre sus pálidas mejillas, tan redondas e infantiles que me rompieron el corazón. Me dejé caer de rodillas junto a Hugo y una serie de sollozos silenciosos me sacudieron mientras me rodeaba con un brazo para acercarme a él.
—No es culpa tuya —susurró, sin querer molestar a Jem—. No es culpa tuya.
Eso me hizo llorar aún más, porque sentía que sí lo era. Había hecho lo que creía correcto, pero ¿qué había conseguido aparte de aquella terrible carnicería? Alargué la mano y tomé la de Jem. Estaba inerte, pero seguía caliente y, al deslizar los dedos hacia su muñeca, sentí un pulso débil.
—Está vivo —musité con urgencia—. Sigue vivo. —Me puse en pie de un salto y cogí la copa de la que había estado bebiendo Finch. Contenía algo que olía a brandi. Se la acerqué a los labios y lo animé para que diera un sorbo.
No lo hizo, pero el olor del alcohol pareció revivirlo y finalmente tragó un poco y empezó a toser.
—¿Jemmy? —llamó Hugo con suavidad—. ¿Jemmy, me oyes?
Casi rompí a llorar de alivio cuando vi que a Jem le temblaban los párpados.
Seguía estando muy pálido, pero el color regresaba a su rostro y el muchacho intentó responder.
Incapaz de articular palabra, levantó una manita hacia el rostro de Hugo y le tocó la mejilla antes de volver a cerrar los ojos.
Ahora su respiración parecía más acompasada, pero se había quedado dormido.
—No dejes que se duerma —dije mientras me ponía en pie a duras penas—. Tiene una conmoción cerebral y debe mantenerse despierto.