Capítulo 27
VEINTISIETE
Tal vez las cosas habrían parecido más esperanzadoras por la mañana si unos gritos desesperados no me hubieran despertado en mitad de la noche.
Al principio no estaba segura de lo que estaba oyendo, ya que los gruesos muros amortiguaban y engullían los sonidos, pero, al quedarme en silencio unos minutos, percibí el lastimero llanto de Frances.
No podía entender lo que decía, pero parecía estar suplicándole a su marido.
Todo quedó en silencio por un momento y pensé que tal vez él habría tenido suficiente, pero entonces algo se estrelló contra el suelo y el sonido que llenó el estrecho corredor era el de alguien a quien estaban despedazando miembro a miembro.
Salté de la cama y corrí hacia la puerta en camisón, pero Hugo me agarró por detrás y me levantó del suelo, inmovilizándome los brazos contra los costados como un cepo.
—No vas a ir a ninguna parte y menos vestida así —dijo en voz baja mientras me bajaba, me daba la vuelta para que lo mirara y me tomaba por los hombros—. ¿Qué ibas a hacer?
—¡Está herida! —le grité—. ¡Tiene catorce años, por el amor de Dios! ¡Tengo que hacer algo!
—Neve, ¿se te ha pasado por la cabeza que en realidad podrías empeorar las cosas? Finch no puede desquitarse contigo, lo pagará con Frances y la castigará por tu intromisión, y seguirá castigándola mucho después de que nos hayamos ido. ¡Piensa, mujer!
—Estoy pensando y no puedo quedarme de brazos cruzados mientras un hombre que le dobla la edad maltrata a una chica indefensa solo porque puede.
La golpea para castigarla por su propia impotencia sexual y, tarde o temprano, le causará un daño irreparable o acabará matándola.
O puede que ella se suicide, a pesar de las consecuencias.
Yo no creo en el cielo y el infierno, pero ella sí, y morirá sabiendo que su alma será condenada para siempre y que enterrarán su cadáver en un cruce de caminos, donde su tumba quedará expuesta a la profanación y la vergüenza eternas.
¿Qué clase de Dios permite que le pase eso a una simple niña que no participa en su propio destino?
—bramé, clavándole la mirada a Hugo y retándolo a que me diera una sola buena razón para ignorar lo que estaba sucediendo en aquel mismo pasillo.
De repente se quedó muy quieto y abrió más los ojos a medida que asimilaba lo que acababa de decir.
—¿Has visto eso? —preguntó—. ¿Has visto que se quita la vida?
—Sí, lo he visto. Lo he visto tan claramente como te estoy viendo a ti —espeté, de pronto consciente de la poderosa arma que tenía a mi disposición.
Hugo no interferiría en una disputa doméstica entre marido y mujer, pero, si creía que Frances iba a suicidarse, lo que a ojos de un católico constituía un pecado mortal, podría verse obligado a actuar, ya que su fe lo llevaría a tratar de salvar un alma de la perdición y el tormento eternos.
—Quédate aquí. —Se puso los pantalones con premura y se metió la camisa por dentro antes de salir de la alcoba y cerrar la puerta con firmeza tras de sí.
Quería seguirlo, pero en lo más hondo de mi interior sabía que no deseaba ser testigo de lo que fuera que estuviera a punto de suceder en el dormitorio de Finch.
Puede que Hugo se sintiera molesto conmigo por obligarle a interferir, mas no había podido evitarlo.
Después de todo, yo era una mujer moderna, acostumbrada a la justicia y a tener al menos algún tipo de responsabilidad social.
No era tan ingenua como para creer que la gente de mi época no cometía atrocidades ni se hacía daño de forma intencionada, pero no podía quedarme de brazos cruzados y permitir que ocurriera, sobre todo a Frances, que no tenía a nadie a quien pedir ayuda ni un lugar al que huir cuando las cosas se volvían insoportables.
No se trataba de un incidente aislado, sino de algo habitual que se haría más frecuente y hasta más despiadado a medida que fuera creciendo y dejara de tener el aspecto de una niña.
Puede que con el tiempo engendrara un heredero y, con suerte, moriría en el parto, pero ¿qué le pasaría al hijo de Lionel Finch?
¿Quién podría asegurar que no abusaría de la criatura, sobre todo si resultaba ser una niña, es decir, una mercancía inútil en un mundo de hombres, alguien que incluso podría despertar su deseo y no tener capacidad para defenderse en caso de que intentara propasarse con ella?
Pensar en ello me hizo temblar de horror y rabia, y aún más al recordar las muchas veces que había oído historias como esa en mi propia época.
Me tapé los oídos con las manos al oír otro estruendo al final del pasillo.
Las airadas voces masculinas quedaron ahogadas por sonidos de lucha, cristales que se rompían y madera que se astillaba.
En ese momento me asusté de lo que había hecho.
No era una simple discusión acalorada entre dos hombres, sino una pelea de la que solo uno de ellos podría salir victorioso.
¿Y si resultaba ser Lionel Finch? Hugo había ido desarmado, pero ¿y si Finch tenía un arma y la usaba contra él?
Parecía ser el tipo de hombre que perdía el juicio cuando se despertaban sus instintos y que no tenía reparos en llegar a matar.
A ojos de la ley, todo lo que hubiera hecho estaría justificado, inclusive los castigos que empleaba contra Frances y hacerme Dios sabe qué si Hugo no estuviera allí para protegerme.
—Ay, Dios —murmuré—, ¿qué he hecho?
Casi se me salió el corazón por la boca cuando Hugo abrió la puerta de una patada con el cuerpo inerte de Frances en sus brazos.
La depositó con delicadeza sobre la cama y se hizo a un lado para que yo me sentara junto a ella.
Hugo tenía la camisa rota y su rostro mostraba las marcas de una feroz pelea, pero no parecía ser consciente de sus heridas.
Se limpió despreocupado la boca ensangrentada con la manga, manchándose la barbilla de color carmesí y dejando a la vista los nudillos sangrantes.
Debajo del ojo izquierdo tenía un tajo que rezumaba sangre y ya se estaba volviendo de un desagradable tono violeta.
Unos milímetros más arriba y podría haber perdido un ojo.
Su mirada ardía con un fuego perverso y él temblaba con una energía frenética que solo podía describirse como una descarga de adrenalina, alimentada por la ira y la sed de sangre.
Apenas podía mantenerse en pie mientras miraba a su alrededor, cogía el abrigo y se ceñía la espada antes de volverse hacia la puerta.
—Ayúdala. —Fue todo lo que dijo antes de salir a grandes zancadas, dejándome a solas con Frances.
El fuego se había apagado, pero por la ventana empezaba a filtrarse una débil luz matinal y el resplandor rosado del sol naciente llenaba la habitación de una neblina de color melocotón que no hacía nada por avivar la cenicienta palidez de Frances.
La muchacha gimió y abrió los ojos, llenos de pavor al mirar frenéticamente a su alrededor, esperando ver cómo su esposo avanzaba hacia ella.
—Frances, estás en mi alcoba. Por favor, no tengas miedo —dije con la mayor dulzura de que fui capaz mientras le apartaba el cabello de la frente para tranquilizarla. Tenía el labio partido, pero, por lo demás, su rostro parecía intacto, tan angelical como siempre bajo la pálida luz del amanecer.
Frances gimió de nuevo y, con una mueca y jadeos de dolor, se llevó la mano a la barriga.
—Déjame ver —dije.
—No —musitó ella, con los ojos cada vez más agitados—. No miréis. —Me apretó la mano con la suya, pero negué con la cabeza y se la aparté para levantarle el camisón destrozado.
Al ver su abdomen, solté un grito ahogado: un enorme cardenal teñido de sangre florecía por todo su vientre, cubriendo la zona que se extendía entre sus pechos y su pelvis.
La piel tirante estaba casi negra y furiosas manchas rojas estallaban como fuegos artificiales apagados entre nubes de tormenta.
—Me pateó con las botas puestas —murmuró la muchacha—. Dijo que de todas formas era una inútil, así que no necesitaba un vientre.
Nunca antes había comprendido el deseo de matar hasta aquel momento.
No me consideraba una persona violenta, pero el odio que nació dentro de mí me tomó completamente por sorpresa, fue como un maremoto de rabia que me derribó y me dejó sin aliento y con ansias de venganza.
No podía hablar, le di unas palmaditas en la mano, me puse en pie de un salto y salí de la habitación.
No tenía idea de lo que iba a hacer, pero estaba con el piloto automático puesto, mi mente había dejado de tener el control.
Irrumpí en el dormitorio, pero Finch no estaba allí.
Había señales evidentes de lucha: una palmatoria de plata con una vela derretida volcada sobre la mesita de noche, el vestido rasgado de Frances amontonado junto a la cama, tan destrozado como la pobre chica que lo había llevado, una silla hecha astillas al lado de la chimenea…
Los añicos de cristal de un aguamanil y una jarra cubrían el suelo como un mosaico multicolor que podría hacerte los pies jirones si no tenías cuidado.