Capítulo 26 #3
Hugo me tendió la mano y la tomé, de pronto enfadada también con él.
Quería llorar y gritar de rabia, pero dejé que me acompañara al exterior del salón y seguí a un sirviente por la escalera de caracol hasta nuestra habitación.
Me sentía completamente indefensa y asustada.
Por primera vez desde mi llegada al siglo xvii me permití preguntarme qué pasaría si no pudiera regresar a mi propia época.
Hasta aquel momento, me había negado a considerar la idea de que algo saliera mal y pudiera quedarme atrapada allí, pero tras la conversación con Frances, de repente fui muy consciente de mi propia vulnerabilidad, y eso me dejó aterrada.
Me dejé caer en la cama llorando a moco tendido mientras un desconcertado Hugo arrojaba el abrigo sobre una silla, se quitaba la peluca y se arrodillaba frente a mí.
—¿Qué pasa? —preguntó—. ¿Estás enferma? ¿Te duele algo?
Negué con la cabeza, evitando su mirada. No quería mirarlo, ni tampoco hablar. Lo único que quería era irme a casa y alejarme de todo aquello para siempre. Me acosté de lado y me llevé las rodillas al pecho acurrucándome en posición fetal, pero no me sirvió de consuelo.
—Neve —dijo con dulzura mientras tomaba mi rostro entre sus manos y me obligaba a mirarlo—. ¿Qué ha ocurrido?
—Es que no puedo. No puedo estar aquí —contesté sin aliento. No podía decir nada más sin delatarme, así que cerré los ojos y dejé que las lágrimas brotaran de nuevo.
Hugo se levantó del suelo y se sentó a mi lado en la cama, me atrajo hacia sus brazos y me dejó llorar mientras me tendía su pañuelo.
—¿Es por Frances? —preguntó en voz baja.
Lo miré, sorprendida por la pregunta. ¿Qué sabía él?
—¿Por qué lo preguntas?
—Vi los cardenales, y conozco a Lionel Finch. No es la primera vez que se cruzan nuestros caminos.
—¿Qué sabes? —pregunté, suspicaz, con el deseo de culpar a alguien, aunque descubrí que ese alguien no podía ser Hugo.
—Sé que Lionel es un hombre cruel. —Eso fue todo lo que dijo, pero, por su tono, supuse que sabía mucho más.
Tal vez por eso Lionel parecía resentido con él, no quería que sus preferencias sexuales fueran pasto de cotilleos.
Muchos hombres se acostaban con prostitutas, pero eso era perfectamente aceptable en aquella época, incluso para los casados.
Sin embargo, el hecho de preferir niñas a mujeres adultas era algo que la mayoría de la gente encontraría abominable incluso en aquella época, aunque era un negocio en auge en cualquier momento de la historia.
Había leído algo sobre la prostitución infantil en la Inglaterra victoriana.
Los hombres pagaban con generosidad y muchas veces incluso pujaban por gozar del privilegio de desflorar a una niña.
Obviamente, cuando las pequeñas crecían un poco y se volvían menos deseables, acababan en burdeles, lo que hacía que descendieran en estatus y tuvieran que reducir su tarifa hasta que las echaban y acababan buscando clientes en parques y portales y teniendo sexo detrás de un arbusto o contra una pared, a falta de un lugar donde ir.
La baja esperanza de vida del momento sería una bendición en su caso.
—Le pega —susurré—. Es solo una niña. —El recuerdo de los afligidos ojos azules y los cardenales recientes de Frances me atormentaba y hacía que me sintiera de alguna manera responsable de su difícil situación .
—Ya no es tan niña —dijo Hugo, confirmando mis sospechas—.
Lionel tiene cierta reputación de buscar chicas jóvenes, vírgenes.
Paga muy bien, sobre todo a las menores de diez años.
Hay muchos huérfanos, niñas y niños, a los que se arrancan de las calles y los llevan a los burdeles.
Allí los visten, los alimentan y les hacen creer que cuidarán de ellos.
Después los venden al mejor postor. Cuanto más jóvenes son, más alto es el precio.
Sospecho que Finch solo se casó con ella porque necesitaba un heredero.
Estaba claro que su interés no podía durar.
—Lo dijo con tal naturalidad que me entraron ganas de pegarle o, como mínimo, de enfurecerme con él.
¿Cómo podía un hombre decente aceptar tanta crueldad?
Sin embargo, en el fondo yo sabía que él no podía hacer nada para cambiar las condiciones de la sociedad.
Estaba inmerso en su propia cruzada y no tenía nada que ver con proteger a los niños.
—Tenemos que ayudarla. Debemos hacerlo.
Hugo me dedicó una sonrisa triste y negó con la cabeza.
—No podemos. Debemos dejarlos con sus asuntos, y lo haremos por la mañana.
—No podemos irnos sin más. La va a matar. Lo sé —gemí, con la esperanza de que me tomara en serio.
—Neve, Frances pertenece a Lionel Finch. Legalmente es suya, y puede hacer con ella lo que le plazca. Es de su propiedad, igual que sus caballos y sus sabuesos. Los hombres tienen permitido pegar a sus esposas si así lo deciden, a veces hasta la muerte. No hay nada que podamos hacer para detenerlo.
Salté de la cama y, con una furia impotente, empecé a golpearle el pecho con los puños.
—¿Qué quieres decir con que puede pegarle hasta la muerte? ¿Estás loco? ¿Qué clase de mundo es este en el que un hombre puede golpear a una chiquilla indefensa y a nadie le importa?
Hugo me agarró por las muñecas y tiró de mí hacia él, rodeándome con los brazos para evitar un nuevo ataque.
Yo seguí forcejeando, con mi autocontrol hecho añicos por la situación de Frances y también por la mía, ya que, llegados a este punto, Hugo era tan dueño de mí como Finch lo era de Frances.
No estábamos casados, pero me hallaba a su merced. Mi propia vida dependía de la suya.
—Es la clase de mundo en el que un hombre puede hacer lo que le plazca —respondió él con firmeza—.
La mujer tiene que confiar en la bondad y la decencia de su esposo o benefactor.
A eso se reduce todo —añadió. Su rostro estaba demasiado cerca del mío y miré en sus ojos insondables, de pronto insegura del tipo de hombre que era.
¿Qué sabía yo de él y de sus gustos? Solo lo conocía desde hacía poco tiempo y, aunque daba la impresión de ser un buen hombre, no tenía ni idea de cuál era su actitud hacia las mujeres.
Hugo debió de ver mis pensamientos reflejados en mi cara porque me soltó enseguida y se echó atrás para dejar una distancia respetable entre los dos.
—Sé que no me conoces muy bien, pero me gustaría pensar que soy un ser humano decente y un hombre honorable.
Nunca te haría daño, Neve, así que te ruego que no me tengas miedo.
Te protegeré con mi vida si es necesario.
Sin embargo, Frances Finch no es asunto mío.
No tengo derecho a entrometerme, de modo que por favor no me pidas que lo haga.
Y ahora vete a dormir. Mañana será otro día y verás las cosas con otra luz.