El pasaje secreto (La tierra de prodigios 1) Capítulo 26 #2
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Capítulo 26 #2

—Mi madre falleció justo después de que yo naciera y mi padre se alegró muchísimo cuando me casé. Yo era una carga para él, ¿comprendéis? Tiene a mi hermano para que le haga compañía, pero desde la boda no he vuelto a ver a ninguno de los dos .

—Debéis de sentiros muy sola —comenté, esperando no haberla entristecido.

Frances asintió con los ojos fijos en sus manos entrelazadas. Sabía que no debería haberlo preguntado, pero no pude evitarlo.

—¿Cuántos años tenéis, Frances?

—Catorce —susurró. Así que habían casado a aquella pobre niña a los trece, o puede que incluso a los doce, con un hombre que debía de rondar los treinta y tantos años. ¿Cómo sería su vida en aquella tumba? Parecía tan frágil…

—Frances, ¿os encontráis mal? —pregunté, aún consciente del extraño aspecto de sus ojos.

—Las gotas me hacen sentir algo aturdida —respondió a modo de disculpa.

—¿Qué gotas?

—Lionel me trajo unas gotas de Londres. Dijo que todas las damas elegantes las utilizan en la Corte.

Tengo que echármelas en los ojos antes de bajar a cenar.

Dice que hacen que parezcan más hermosos, pero empiezo a sentirme confusa y mareada y no puedo ver con claridad.

Ya están empezando a perder su efecto, así que ahora os veo mejor.

¿Lord Everly también os pide que las uséis?

Tardé un momento en comprender a qué se refería Frances.

Había leído algo sobre damas que se echaban gotas de belladona en los ojos para dilatar sus pupilas, con la idea de parecer más seductoras, pero habría jurado que aquella práctica se había originado en la Italia renacentista y no se practicaba de forma activa en la Inglaterra del siglo xvii .

Sin embargo, la belladona, también llamada «baya de los brujos», era un veneno muy conocido y, si se usaba de forma inadecuada, podía matar o, como mínimo, provocar desorientación, alucinaciones y pesadillas.

—Frances, ¿son gotas de belladona? —pregunté con cautela.

—Sí. Lionel dice que belladona significa «mujer hermosa» en italiano.

—¿Y le habéis dicho que esas gotas hacen que os sintáis mal?

No creo que él quiera que os pongáis enferma.

—Me moría de ganas de gritarle que debía dejar de usarlas, pero estaba claro que se hallaba bajo el hechizo de su marido y no me escucharía.

Al menos, no llevaba el rostro cubierto con aquella espesa pintura facial a base de plomo que con el tiempo podía matarla, pero todavía era muy joven, empezaría a utilizarla más adelante.

—A Lionel le gusto así. Dice que las gotas hacen que me comporte de forma más apropiada entre la alta sociedad, que los niños deben ser vistos, pero no oídos.

Casi tuve arcadas al escuchar aquello, pero debía proceder con cuidado.

Después de todo, yo era una mera visitante en aquella sociedad dominada por hombres y lo único que conseguiría provocando a la pobre Frances para que se rebelara contra su marido sería causarle daño.

La mayoría de las mujeres de la época utilizaban artimañas y tácticas encubiertas para alcanzar sus objetivos mientras en público interpretaban el papel de mujer dócil y obediente.

Tal vez ella supiera cómo manipular a su marido para salirse con la suya, pero no lo parecía.

—Ojalá estuviera muerta —dijo la muchacha de repente, clavando sus ojos azules en los míos—.

Me quitaría la vida si no fuera un pecado mortal.

Incluso pensé en beberme todas las gotas a la vez, pero la idea de ir al infierno me asusta mucho más que la de vivir, así que deseo morir de forma natural.

Sería un gran alivio. —Ya no sonaba tímida ni asustada.

Su voz denotaba fortaleza y tuve la clara impresión de que había pensado mucho en aquello.

Escuchar tales sentimientos de una niña de catorce años resultaba, cuando menos, perturbador.

¿Qué le haría desear la muerte? Su vida no parecía ser satisfactoria ni divertida, pero para los estándares de la época era una joven muy afortunada, rodeada de todas las comodidades y seguridad.

—¿Por qué, Frances? —La había conocido hacía apenas unas horas, pero quería ayudarla. Parecía tan perdida e infeliz… Tal vez dijera aquellas cosas porque necesitaba atención, pero no podía limitarme a ignorar lo que había oído.

—Le supliqué a mi padre que no accediera al matrimonio, pero mi esposo le entregó una suma muy generosa.

Mi padre no podía darme una dote, pero tengo un título, lo cual era más deseable.

Mi esposo esperaba mejorar sus perspectivas y pensó que yo le ayudaría a conseguirlo, aunque se ha sentido decepcionado en ese aspecto.

—¿Es cruel con vos? —pregunté, pensando en los cardenales que había vislumbrado.

—Lo hago enfadar —susurró ella—. Dice que es culpa mía no haberme quedado encinta.

¿Cómo voy a hacerlo si él no puede cumplir con lo que le corresponde?

Lo intenta, pero después dice que no soy mujer suficiente para excitarlo, se pone furioso y me pega hasta que le ruego que pare.

Le gusta verme suplicar. A veces eso hace que…

—Se interrumpió de repente, dándose cuenta de que había hablado demasiado.

Alargó el brazo y me cogió la mano. La suya estaba fría como el mármol.

—¿Hace que qué? —pregunté, aterrada de cuál podría ser su respuesta.

Frances negó con la cabeza, incapaz de responder a mi pregunta.

Estaba claro que no había hablado de aquello con nadie y no era propio de una dama tratar asuntos íntimos en compañía respetable, máxime si se acababan de conocer.

Se notaba que estaba desesperada por confiar en alguien, pero ahora temía haber cruzado el límite.

—Ojalá estuviera muerta —repitió en voz baja, mirándome a los ojos—. En este mundo no hay nada para mí. Llegará el día en que no se conforme con mis lágrimas y me matará en un ataque de ira y a nadie le importará ni se dará cuenta. Se limitarán a enterrarme y olvidarán que alguna vez estuve aquí.

—¿Qué hay del señor Finch padre? ¿Lo sabe? Parece un buen hombre y seguramente saldría en vuestra defensa.

—Sí, lo sabe. Le oí decirle a Lionel que debía golpearme con más cuidado para no dejarme cardenales en la cara ni dañarme el vientre.

Cuando nos acabábamos de casar, se quedaba en la alcoba y observaba mientras Lionel…

—Le rodó una lágrima por la mejilla mientras me miraba con ojos suplicantes.

En el mundo moderno, le aconsejaría que se marchara, que se divorciara, que buscara ayuda, pero ¿qué podía decirle a aquella pobre chiquilla indefensa?

En aq uel momento, yo estaba casi tan indefensa como ella.

Me hallaba a merced de Hugo Everly y, si él decidía pegarme, no tendría a dónde ir ni a quién acudir.

La idea hizo que de repente fuera consciente de la gravedad de mi situación, pero la aparté e intenté concentrarme en Frances.

—¿Fue capaz de consumar el matrimonio?

Frances asintió con tristeza.

—Sí. Al principio, cumplía con sus deberes conyugales casi todas las noches. Yo pensaba que iba a morir, pero esto es mucho peor.

—¿Era más amable con vos entonces? —inquirí, con curiosidad por saber qué había causado la impotencia de Finch.

—No mucho más, pero al menos no me pegaba. Tan solo se desfogaba y se iba de mi cama. Era brutal, pero al menos no duraba mucho —confesó la muchacha.

Me sorprendió que me contara todo aquello, pero era evidente que había estado aislada durante mucho tiempo y pensó que, al ser la querida de Hugo, estaba muy versada en los asuntos del amor o, en este caso, del odio.

—¿Qué pasó para que dejara de… ehm…? —No estaba segura de cómo formular la pregunta de la manera adecuada, pero entendió lo que quería decir.

—Empezó a suceder cuando comencé a menstruar y mi cuerpo empezó a cambiar. Parecía que le repelía —se limitó a decir ella.

Ahora lo entendía. El tipo era un pedófilo y quería tener sexo con una niña, no con una mujer.

Cuando Frances empezó a parecerlo, él dejó de desearla y le echó la culpa.

Sentí un nudo en el estómago al imaginar cómo debía de haber sido para ella casarse antes de alcanzar siquiera la pubertad.

Pobre chiquilla. Su marido o bien la mataría a golpes o se buscaría a alguna otra pobre niña para saciar su lujuria, si no lo había hecho ya.

Debía de haber muchos niños en sus tierras, algunos de ellos huérfanos y, siendo el señor, Finch podría abusar de cualquiera de ellos y nadie podría hacer nada para impedirlo.

—Frances, ¿hay algún sitio donde podáis ir? ¿Alguien a quien acudir? ¿Os escucharía vuestro padre? —pregunté con delicadeza, en un intento desesperado de pensar una forma de ayudarla.

—No, no me escucharía. Mi padre siente que ya ha cumplido con su deber hacia mí. No tengo a nadie, señora, a nadie.

Estaba a punto de decir algo más cuando entraron los hombres, con aspecto jovial y algo afectados por la bebida.

Lionel Finch me lanzó una mirada severa antes de volverse hacia su esposa.

—Creo que es hora de retirarse, querida mía. —Al decir «querida mía», su voz sonó como si estuviera diciendo «perra mía», pero Frances se levantó obediente e hizo una reverencia antes de abandonar la estancia. La vi marchar con un nudo en el estómago.