Capítulo 26
VEINTISÉIS
Cuando llegamos a nuestro destino, el sol se hundía en el horizonte y el cielo lucía un tono profundo de lavanda surcado por líneas rojas como la sangre, era un panorama espectacular, más aún al contemplarlo desde un camino rodeado de campo abierto.
La casa de los Finch parecía casi negra contra el cielo cada vez más oscuro y solo unas pocas luces nos recordaban que estaba ocupada.
A decir verdad, era más bien una fortaleza que una casa, debió de haber sido un castillo en su día, pero se le habían añadido nuevas construcciones y las partes más recientes del edificio se situaban a ambos lados del antiguo torreón.
Este se alzaba austero y lúgubre contra el cielo nocturno y las almenas de la parte superior parecían dientes irregulares que le daban un mordisco al firmamento.
Las partes más nuevas tenían ventanas un poco más grandes y proporciones agradables, pero el lugar en su conjunto daba la impresión de estar alerta y preparado para un asedio.
Desmonté y dejé que los hombres se llevaran mi caballo mientras seguía a Hugo hacia la enorme puerta principal, tachonada con clavos de hierro y sujeta por unas bisagras tan anchas como mi brazo.
Todo aquel ambiente me producía una sensación de inquietud.
Miré hacia las saeteras del torreón, casi esperando ver unos arqueros listos para dispararnos si resultábamos ser huéspedes indeseados.
Abrió la puerta una mujer de mediana edad que nos invitó a esperar en la fría estancia lateral que en otros tiempos el señor del castillo debería de haber utilizado como antesala.
Era toda de piedra, fría y silenciosa como una tumba y, salvo por un banco de madera arrimado a la pared, estaba vacía.
Por fin apareció nuestro anfitrión y mi sensación de temor se disipó.
No estoy segura de qué esperaba, pero el hombre que se acercó a nosotros sonreía en señal de bienvenida y sus ojos centelleaban de alegría.
Era calvo como un huevo, pero tenía unas patillas pobladas que abrazaban sus generosos carrillos como las solapas de un sombrero.
—¡Lord Everly! —exclamó—. Os estábamos esperando.
¿Confío en que todo bien? ¿Y quién es esta joven tan encantadora?
—El señor Finch me tomó la mano y la besó levemente mientras sonreía mirándome a los ojos—.
Sed bienvenida, querida. Me alegra ver que Hugo ha encontrado por fin compañía femenina.
Corre peligro de convertirse en monje. —Le lanzó una mirada pícara y no pude evitar preguntarme si se estaría refiriendo de alguna manera a su catolicismo, pero Hugo no pareció molestarse en absoluto y pensé que su secreto estaría a salvo—.
Vuestro aposento está listo y la cena también.
No tenemos inconveniente en esperar si preferís asearos un poco, pero debo admitir que no me gusta la carne fría.
—Entiendo lo que queréis decir —replicó Hugo, tomándome del brazo y guiándome por un corredor estrecho y oscuro hacia lo que debía de ser el comedor.
Me habría gustado cambiarme y lavarme las manos por lo menos, pero lo seguí obediente, ansiosa por sentarme en una silla que no estuviera en movimiento.
Un par de velas, que apenas bastaban para disipar la penumbra general, iluminaban la estancia.
Al igual que el vestíbulo, las paredes eran de piedra, aunque estas estaban decoradas con varias pinturas y tapices que representaban escenas de caza.
«Debemos de estar en la parte antigua de la casa», pensé al observar las pequeñas ventanas, firmemente cubiertas por postigos ante la noche primaveral.
—Permitidme presentaros a mi hijo, Lionel Finch, y a su encantadora esposa, Frances —anunció el señor Finch padre.
Era obvio que Hugo ya conocía a Lionel Finch.
Los dos hombres se dedicaron una rígida reverencia y algo tácito flotó entre ellos mientras tomaban asiento.
Sonreí a modo de saludo y me incliné ligeramente al sentarme en la dura silla.
La luz de las velas estaba al nivel de los ojos, por lo que pude distinguir mejor los rostros de Lionel y su esposa.
Lionel Finch no se parecía en nada a su padre.
Llevaba una elaborada peluca rubia e iba vestido como si fuera a cenar en la Corte.
Su rostro, estrecho y enjuto, estaba dominado por unos ojos grandes que, en combinación con su tez pálida y la peluca rubia, parecían casi incoloros.
Estudiándome como si fuera un espécimen especialmente interesante, me dedicó una sonrisa de bienvenida que no se reflejó en su mirada.
Me sentí incómoda y dirigí la atención a su esposa.
Frances Finch no aparentaba más de catorce años.
Era menuda y pálida, pero tenía los rasgos perfectos y hermosos de una muñeca, aunque en cierto modo carecían de vida.
Unos tirabuzones rubios enmarcaban su rostro en forma de corazón, en el que destacaban unos inmensos ojos azules en cuyas pupilas dilatadas brillaba el danzante reflejo de la luz de las velas.
Cuando nuestras miradas se encontraron por encima de una bandeja de carne de ave, le temblaron ligeramente los labios.
No estaba segura de si se debía a las sombras vacilantes, pero en su mejilla me pareció ver un cardenal apenas cubierto por una capa de polvos.
Frances apartó la vista enseguida y se miró las manos, como una niña que espera una reprimenda.
Intenté entablar conversación con ella, pero sus respuestas eran vacilantes y se limitaban a monosílabos y sonrisas ensayadas.
Traté de seguir la conversación de los hombres, si bien estaba demasiado cansada para que realmente me importara lo que decían.
Desde el otro lado de la mesa, me envolvía la voz áspera de Hugo, que respondía a las numerosas preguntas del señor Finch sobre la Corte y comentaba algunos de los temas políticos más candentes de la época.
El joven Finch no hablaba mucho, pero percibí en él una ira que parecía dirigida hacia su padre.
Su resentimiento hacia el anciano quedaba patente en sus escasos comentarios, destinados a desautorizarlo y faltarle al respeto.
El señor Finch parecía no darse cuenta, pero el cuerpo de Frances se tensaba y encogía aún más en la enorme silla cada vez que su esposo hablaba.
Me recordaba a Alicia en el país de las maravillas después de beber la poción para encoger: todo parecía ser demasiado grande mientras ella permanecía sentada a la mesa, intentando volverse invisible.
Tras terminar el último plato, el señor Finch le dirigió a Frances una mirada elocuente y ella se levantó a toda prisa.
—Señorita Ashley, acompañadme al salón, si sois tan amable —dijo. No podía afirmarlo con seguridad, pero me pareció que le temblaba la voz.
Salí tras ella, feliz de dejar la cháchara de los hombres y sentarme un rato en silencio.
No esperaba mantener ninguna conversación profunda con la señora de la casa, lo cual era una suerte, ya que me sentía demasiado cansada como para disimular.
Anhelaba un baño caliente para liberar la tensión de la espalda y también una cama blandita, pero tendría que esperar.
Frances me condujo a un pequeño salón amueblado con varias sillas, una mesa redonda, que podría usarse para juegos de dados o cartas, y un arpa.
La pared del fondo estaba decorada con un gran tapiz que escenificaba a un héroe en el campo de batalla rodeado de soldados caídos que yacían muertos o agonizantes.
El caballero se había quitado el casco y mostraba una expresión de pura desesperación mientras contemplaba la carnicería y se resignaba a morir luchando.
Manchas realizadas con hilo rojo representaban sus heridas, que sangraban profusamente, y la sangre le resbalaba por la brillante armadura mientras levantaba la espada, quizás por última vez.
La escena era muy deprimente, en especial para una estancia destinada a relajarse y pasarlo bien.
A pesar del fuego, hacía frío, así que me acomodé en una silla frente a la chimenea para disfrutar del calor de las llamas y del olor a leña.
Frances tomó asiento en la silla de enfrente y esbozó una sonrisa.
Ahora que la luz del fuego la iluminaba, pude verle una sombra oscura en el pecho, que también estaba empolvado.
Se estremeció al darse cuenta de hacia dónde se dirigía mi mirada y abrió la boca para decir algo, pero la cerró de nuevo, sintiéndose cohibida de repente.
Sus pupilas seguían dilatadas, aunque algo menos, y parecía estar un poco más animada.
—¿Lleváis mucho tiempo casada? —le pregunté, con la intención de iniciar una conversación.
—Poco más de un año —susurró sin mirarme a los ojos.
—Debe de ser abrumador ser la señora de una casa tan grande. —No tenía ni idea de qué decirle, pero no podíamos quedarnos allí sentadas en silencio, y ella no parecía inclinada a elegir un tema para charlar.
—La verdad es que no —respondió—. Mi esposo no quiere que me involucre en la gestión de la casa.
Hay criados que se ocupan de todo, lo cual es preferible porque no sabría por dónde empezar.
Lionel quiere que todo se haga como en el palacio de Whitehall y se enfada mucho si algo no cuenta con su aprobación.
No tiene título, ¿sabéis? Pero le gusta fingir que sí, sobre todo en casa, donde puede actuar como amo y señor de todos.
—Aquella fue la intervención más larga que le había escuchado hasta el momento.
Animada por sus ganas de hablar, traté de continuar la conversación.
—¿Visitáis a los arrendatarios? —pregunté, al recordar lo que me había contado antes Hugo.
—No. No se me permite salir de la propiedad. —Por fin levantó la vista para mirarme y creí ver el brillo de las lágrimas—. Aparte de las criadas, vos sois la primera mujer que veo en meses.
—¿Y qué hay de vuestra familia?