El pasaje secreto (La tierra de prodigios 1) Capítulo 25 #2
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Capítulo 25 #2

—Un ejército necesita fondos. Los hombres requieren armas, alojamiento, comida y una paga.

La mayoría no pueden permitirse luchar a cambio de nada, máxime cuando tienen familias que alimentar.

Josiah Finch no tiene mucha influencia política porque no es mucho más que un comerciante con ínfulas, pero, si quiere, es capaz de financiar la empresa de Monmouth.

En sus tierras cuenta con varios armeros que podrían fabricar una buena cantidad de mosquetes de chispa en los próximos meses, si es que decide apoyar la causa .

Me quedé mirándolo sin comprender. Quería que la rebelión de Monmouth fracasara, sin embargo, estaba cortejando a un hombre que le proporcionaría armas y fondos suficientes para mantener un ejército.

¿No le daría eso a Monmouth una mayor probabilidad de victoria?

Se lo pregunté a Hugo, que volvió sus ojos oscuros hacia mí y sonrió ante mi ingenuidad.

—Vuestra pregunta tiene todo el sentido del mundo, por supuesto, pero debéis daros cuenta de que el duque de Monmouth no es ningún idiota.

Desea ser rey, no mártir, y no intentará rebelarse a menos que cuente con los hombres y las armas necesarias para tener una probabilidad razonable de éxito.

Por lo tanto, debe creer que tendrá lo que necesita cuando desembarque en Inglaterra.

Por muchos mosquetes que Finch proporcione, no podrán enfrentarse al poder del Ejército Real —explicó Hugo con paciencia.

—Ya veo —murmuré, sintiendo lástima por el pobre Monmouth.

Sabía que quería usurpar el trono y derrocar al legítimo rey, pero no podía evitar compadecerlo, ya que conocía su destino, y era terrible.

¿Por qué no podía contentarse con su vida?

¿Qué tenía el trono que ejercía tal fascinación como para que los hombres estuvieran dispuestos a arriesgarlo todo para conseguirlo?

¿Valía la pena poner en juego su vida? Suponía que sí.

No sería la primera persona que lo arriesgara todo para ocupar el trono de Inglaterra.

Él creía que tenía bastantes probabilidades de salir victorioso y debía jugar sus cartas, ya que aquella podría ser su última oportunidad de aprovechar el apoyo público.

—¿Esta sería la primera rebelión abierta de Monmouth? —pregunté. Recordaba vagamente haber leído algo sobre otro intento anterior, pero no recordaba los detalles.

Hugo me miró de soslayo con un asomo de sospecha.

No debería haberlo preguntado. Si hubiera habido un intento previo, yo debería haberlo sabido, como la mayor parte del país.

Así estaba demostrando mi ignorancia, pero el rostro de Hugo fue relajándose al apartar su mirada de la mía.

Yo era una simple mujer, por lo que, a su modo de ver, la política estaría muy por encima de mi comprensión.

Tal vez podría haber oído algo que no hubiese entendido o recordado.

Le dediqué una débil sonrisa, con la esperanza de que fuera eso lo que pensaba.

—En 1683 hubo un intento conocido como el complot de Rye House —respondió—.

No creo que Monmouth estuviera involucrado personalmente en la planificación de los detalles, pero el objetivo era situarlo en el trono.

Fue ideado por un grupo de fervientes partidarios que esperaban asesinar a Carlos II y a su hermano mientras regresaban a Londres desde las carreras de caballos de Newmarket.

—Hugo me lanzó una mirada inquisitiva, sin duda preguntándose si me sonaría de algo.

—Ah, sí, por supuesto, recuerdo haber oído hablar de eso, pero la verdad es que no me acuerdo de los pormenores —intervine, con la esperanza de despistarlo.

—El complot fracasó —prosiguió con rotundidad—. En torno a una semana antes se había producido un incendio en Newmarket y las carreras habían sido canceladas, por lo que el rey y su hermano regresaron pronto a Londres. Sin embargo, salió a la luz y ejecutaron a los conspiradores.

Asentí con gravedad, como si recordara las ejecuciones, y cambié de tema. Estaba cansada de hablar de Monmouth.

—Lord Everly, ¿a qué os dedicáis cuando no estáis instigando una insurrección? —pregunté con ligereza, esperando que su humor mejorara.

Me miró y soltó una carcajada, y mostró un repentino brillo de diversión en los ojos.

—Instigar una insurrección es un trabajo a tiempo completo —explicó con una sonrisa pícara—, y creo que podríamos dejar las formalidades y puedes llamarme Hugo, teniendo en cuenta que has pasado dos noches en mi cama.

—Creo que la cama en cuestión en realidad era mía; pero, de acuerdo, Hugo estará bien. No soy de andarme con ceremonias, y no has respondido a mi pregunta.

—Disfruto de otras actividades —respondió él a la defensiva.

—¿Como cuáles ?

—Bueno, están mis tierras, por supuesto, que exigen bastante tiempo.

Cuento con la ayuda de un administrador, pero me involucro mucho en el funcionamiento diario de las tareas y, además, tengo responsabilidades para con mis arrendatarios.

Por desgracia, al carecer de esposa, debo implicarme en cosas que no son del todo de mi competencia.

—¿Como qué? —pregunté, curiosa por saber qué cosas consideraba competencia de una mujer.

—La señora de la casa suele visitar a los arrendatarios, sobre todo a los ancianos y débiles, a los enfermos o a los que tienen hijos recién nacidos o familias numerosas.

Ella se ocupa de su bienestar y, cuando es necesario, ofrece toda la ayuda posible.

Mi padre creía que un terrateniente hace el papel de padre para los arrendatarios y que ellos, a su vez, lo recompensan con lealtad y trabajo duro.

Mi madre estaba muy involucrada con las mujeres de nuestras tierras, que la tenían en gran estima.

Jane ha estado visitándolas desde su regreso, y eso ha sido de gran ayuda.

Yo nunca sé qué decirles, en concreto cuando se trata de niños.

Es costumbre visitar a un arrendatario cuando nace un bebé, aunque, a decir verdad, a mí todos me parecen iguales —confesó Hugo, encogiéndose de hombros.

—¿Y qué haces por placer? —No tenía la intención de parecer coqueta, pero me salió así, y a Hugo no le pasó desapercibido mi tono.

—¿Me estás preguntando si tengo una querida? —inquirió a modo de respuesta.

—No, en absoluto. Solo preguntaba qué te gusta hacer. —Sabía que sonaba un poco malhumorada, pero no quería que creyera que estaba ofreciéndome para el puesto.

—Me gusta cazar —respondió—. ¿O me preguntabas por aficiones más civilizadas? También me gusta leer y, cuando estoy en Londres, siempre voy al teatro.

—¿Comedia o tragedia?

—Tragedia. Prefiero las obras que me hacen pensar y sentir en lugar de solo reír, aunque a veces eso es justo lo que se necesita.

También me gusta la música. Jane solía tocar el clavecín, pero ahora está de luto.

Me gustó mucho oírte cantar —añadió con melancolía—.

¿Cantarías para mí? —preguntó de repente.

—¿Qué? ¿Ahora?

—¿Por qué no? Aún nos quedan algunas horas por delante y eso hará el viaje más agradable.

—No me sé demasiadas canciones —contesté.

—Canta la de la otra vez. Me gusta.

Estaba a punto de negarme, pero la expresión de su rostro me hizo cambiar de opinión. Parecía tan desolado que respiré hondo y empecé a cantar en voz baja. No estoy segura de por qué, pero sentí la necesidad de hacerlo sentir mejor, aunque solo fuera durante unos minutos.