El pasaje secreto (La tierra de prodigios 1) Capítulo 25
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Capítulo 25

VEINTICINCO

Monté en el caballo de mala gana, consciente de que pasaría otro día cabalgando.

Todavía me dolían las extremidades, pero una buena noche de descanso había ayudado y me sentía algo recuperada a nivel físico y mental.

El tiempo había cambiado durante la noche y el frío intenso del día anterior había dado paso a una mañana templada, mucho más propia de marzo y abril.

Casi podía oler la primavera en el aire cuando volví el rostro hacia el cielo, disfrutando de la débil luz del sol.

El pueblo ya estaba despierto, la gente se dedicaba a sus quehaceres e intercambiaba saludos, noticias y chismes al tiempo que niños flacos y sucios jugaban al pillapilla o miraban con malicia a los demás mientras sus padres los obligaban a ayudarlos con las tareas.

El patio de la posada se hallaba concurrido.

Los viajeros se preparaban para salir y el posadero intentaba sacarles una última moneda antes de despedirlos, tratando de venderles algo de comida para el viaje u ofreciéndoles unas gachas calientes que su esposa servía con un cucharón en el comedor.

Hugo había ordenado que nos subieran el desayuno, por lo que había disfrutado de pan recién hecho con mantequilla y miel y de una taza de leche, agradecida por no tener que beber más cerveza amarga.

Mientras comía, Jem había subido a ver si estaba lista, de modo que había compartido con él parte de mi festín, aunque el muchacho ya había desayunado abajo.

—Me gusta la miel —había declarado mientras se lamía los dedos y escudriñaba el plato para ver si algunas gotas habían rezumado del pan y quedaba algo por lamer—.

También me gusta en las gachas, pero no tenían, ni siquiera un trocito de mantequilla —se había quejado—.

Peter dice que el señor Finch es rico, aún más rico que algunos duques y señores, quizás su cocina sea acogedora —había reflexionado sonriente mientras se daba por vencido con la miel y se terminaba lo que quedaba de mi leche—.

A lo mejor tienen algún dulce, o incluso «syllabub».

—Me había dedicado una mirada soñadora mientras yo me abrochaba la capa y me ajustaba la cofia de lino sobre los rizos.

No era mucho, pero abrigaba un poco y evitaba que el viento hiciera que el pelo se me viniera a la cara una y otra vez—.

¿A vos os gusta el «syllabub»? —había preguntado Jem mientras bajábamos por las estrechas escaleras.

Nunca lo había probado, pero por lo que había oído, no me parecía muy apetitoso.

—No, no me llama la atención el «syllabub», pero sí me gustan los bollitos recién hechos con nata cuajada y los panecillos de Pascua.

—Oh, a mí también —había respondido él con ojos soñadores—. Todavía tengo hambre —había añadido, como pensándolo mejor, y corrió hacia la mula, que ya lo esperaba con una expresión de resignada sumisión muy semejante a la de los hombres de Hugo.

A juzgar por los ojos vidriosos y las bocas caídas, habían pasado una noche memorable y ahora sufrían una resaca de campeonato, exacerbada por el ruido del patio y la voz chillona de la posadera que llamaba a su esposo.

Casi me echo a reír cuando Archie alzó los ojos al cielo y suspiró, exasperado.

Se notaba que la cabeza le martilleaba como un tambor.

—¿Queréis dejar de dar esos berridos, mujer? —gruñó—. Está solo a unos pies de distancia y os oye a la perfección. Solo os está ignorando para que cerréis el pico de una vez.

La mujer del posadero abrió la boca para replicar y tuve que admitir que sentía curiosidad por ver lo que diría, ya que su expresión era de lo más divertida, pero en aquel preciso momento Hugo salió de la posada y ella le dedicó una reverencia, perdió el equilibrio y aterrizó en un montón de estiércol, lo que provocó que los hombres rompieran a reír en estruendosas carcajadas.

—Os está bien empleado, flacucha —gritó Arnold—, por no poner mantequilla ni leche en las gachas. Estaban secas como el polvo y sabían el doble de mal.

—Basta ya, muchachos —dijo Hugo en voz baja mientras montaba en su caballo. Su aspecto era taciturno, sin duda estaba agotado después de una noche tan agitada.

Tras la inesperada intimidad nocturna en la casa de sir Benedict, no había estado preparada para compartir la estrecha cama con él sabiendo que pasaríamos la noche el uno en los brazos del otro no por pasión, sino por necesidad, pero, viendo lo incómodo que estaba, me había dado pena.

Por suerte, se había mantenido en su lado de la cama y se había marchado antes de que yo me despertara, lo que me permitió tener algo de privacidad a la hora de ocuparme de mis necesidades más personales.

En sus ojos había visto algún que otro destello de interés y de deseo y no quería hacer nada para animarlo.

Me haría pasar por su querida cuando fuera necesario, pero nada más.

Tenía que admitir que en casa de lord Benedict no había sido tan difícil fingirlo.

Hugo asumió con facilidad su papel de amante, me miraba con evidente afecto y sonreía con indulgencia cada vez que yo hablaba o coqueteaba con nuestro anfitrión.

Me había rozado la mano un par de veces y me había tocado la zona lumbar al acompañarme fuera de la estancia, con lo que a nuestro anfitrión no le había quedado ninguna duda sobre nuestra relación.

Para mí también fue fácil corresponderle.

Lo único que se esperaba que hiciera era dedicarle unas cuantas miradas tímidas y ruborizarme de vez en cuando, algo que Hugo parecía provocar en mí sin intentarlo siquiera.

Era un hombre apuesto y me recordaba mucho a Max, pero solo en el aspecto físico.

En lo demás, eran muy distintos: Max era de trato fácil y tenía ese humor autocrítico que lo hacía tan simpático; a Hugo, sin embargo, no le faltaba humor, pero el suyo era de otro tipo, más dirigido hacia el mundo que lo rodeaba y las personas que lo habitaban que hacia sí mismo.

Sospechaba que Max siempre elegiría su instinto de conservación por encima de cualquier tipo de peligro, pero Hugo no temía por sí mismo.

Era un hombre de principios y lucharía por aquello en lo que creía, hasta la muerte.

Yo le había dicho lo que iba a ocurrir, pero ni la posibilidad de que lo ejecutaran lo había disuadido.

¿Cómo me sentiría yo si supiera que podría acabar en el cadalso y con la cabeza apoyada en el tajo para que unos instantes más tarde quedara separada de mi cuerpo? Y eso si tenía suerte.

Había leído un relato sobre la ejecución de Monmouth que me había revuelto el estómago.

El verdugo había sido Jack Ketch, un hombre conocido por su incapacidad de llevar a cabo la tarea encomendada, ya fuera por incompetencia o por la bebida.

Aunque había recibido una generosa suma para un trabajo limpio, el verdugo le había propinado seis hachazos a Monmouth, quien, aún vivo, había aullado de dolor.

Ante los rugidos de desaprobación de la multitud, Ketch había tirado el hacha y desafiado a cualquiera que creyera que podía hacerlo mejor a que subiera y terminara el trabajo.

No hubo voluntarios, así que se le ordenó que continuara.

Necesitó dos golpes más para matar por fin a Monmouth, pero no logró cortarle la cabeza y tuvo que separarla del cuerpo con un cuchillo de carnicero, salpicando a la multitud con una lluvia de sangre y provocando la indignación de los espectadores.

Se me revolvió el estómago al pensar en que algo igual de horrible pudiera sucederle a Hugo.

Ningún hombre, por terrible que fuera su crimen, merecía una muerte tan espantosa.

Siempre había pensado que la decapitación era relativamente humana en comparación con la horca, pero después de leer aquello, tenía mis dudas.

Miré de reojo a Hugo, que cabalgaba en silencio a mi lado, sumido en sus propios pensamientos.

«¿Qué sería de él en los siguientes meses?

», me pregunté. ¿Desaparecería realmente sin dejar rastro o solo se esfumaría el registro de lo ocurrido?

Lo conocía desde hacía apenas una semana, pero era tiempo suficiente para darme cuenta de que no abandonaría sus ideales.

Creía que valía la pena luchar por aquello.

Su única posibilidad de salvación era que no lo tacharan de traidor, lo cual era poco probable, ya que solicitaba abiertamente apoyo para el duque de Monmouth.

Suspiré y me volví hacia él, necesitaba escuchar su voz en lugar de la mía.

—¿Y adónde nos dirigimos hoy, mi señor? —pregunté, haciendo hincapié en «mi señor» en un intento inconsciente de molestarlo.

—Visitaremos la casa de un tal Josiah Finch —respondió él. La tensión de su mandíbula y el rictus sombrío de su boca no me pasaron desapercibidos, y me pregunté qué tendría Josiah Finch para ponerle los nervios de punta.

—¿Es partidario de Monmouth? —inquirí, con la esperanza de que se mostrara algo más comunicativo.

—El señor Finch no es partidario de nadie en particular. Es leal a su rey y a su país, pero sería igual de leal a Monmouth si este ocupara el trono. Lo que más le interesa es su propio beneficio.

—Entonces, ¿por qué le pedís ayuda a él?

—El señor Finch es más rico que Creso, pero codicia un título que acompañe a su riqueza, y Monmouth puede concederle uno si se convierte en rey —explicó Hugo, con la vista fija en algún punto distante.

—¿Es dinero lo que busca Monmouth? —Aún no entendía del todo cómo funcionaba la cosa. Sabía que no se trataba solo de una contribución económica, había mucho más en juego.