El pasaje secreto (La tierra de prodigios 1) Capítulo 24
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Capítulo 24

VEINTICUATRO

Hugo atizó el fuego y echó otro leño mientras observaba como las sombras vacilantes de las llamas saltarinas arrojaban un brillo dorado sobre el rostro de Neve.

Estaba acurrucada en la cama, con la manta subida hasta la barbilla y el cabello rubio desparramado sobre la basta almohada.

En la posada solo quedaba una habitación privada, la única otra posibilidad de hospedaje disponible eran las salas comunes, donde los viajeros compartían cama con extraños, apiñados como caballas en un barril.

Los hombres no tenían problema en dormir seis en una cama, ya que aun así resultaba más cálido y cómodo que acostarse en los establos.

Hasta Jem prefirió dormir en la cama comunitaria en lugar de preparar un catre en la habitación privada, ansioso por disfrutar del calor y la camaradería de sus compañeros.

La cama apenas era lo bastante grande para dos personas, por lo que Hugo intentó acomodarse en la dura silla de madera, que chirriaba lastimosamente cada vez que se movía.

Debía de ser más de medianoche, ya que la posada había quedado en silencio hacía unas dos horas.

Los últimos clientes se habían marchado y los dueños recogieron enseguida y se retiraron a su alcoba, conscientes de que disponían de un tiempo limitado para descansar antes de levantarse al amanecer e iniciar de nuevo su rutina diaria.

La posada estaba en mal estado, pero limpia, y la comida había sido pasable, algo que no podía decir de muchos de los lugares en los que se había alojado.

El posadero y su esposa hacían lo que podían, y se notaba.

Tendría que darles una moneda de más por la mañana para mostrar su agradecimiento.

Estaba físicamente agotado, pero no podía dormir, en parte por la incomodidad y en parte por los fantasmas que parecían rodearlo, los de los muertos y los de los vivos.

Sentía la presencia de su padre. El anciano lo miraba con desdén, indignado por haber permitido que una joven insípida le impidiera cumplir con su deber y engendrar un heredero para Everly.

«¿No te he enseñado nada, muchacho?», protestó la voz de su padre en su cabeza.

«Tu matrimonio se anuló, según la Iglesia, nunca estuviste casado.

El registro de tus nupcias se ha borrado, y lo mismo ha hecho tu esposa contigo.

Llevas doce años consumiéndote en autocompasión y reproches moralistas. ¡Cumple con tu deber!», rugió su padre.

«¿Y qué hay de mi conciencia, padre?», preguntó Hugo al espíritu airado.

«¡Al diablo con tu conciencia! No eres el primero ni el último en tener que negociar contigo mismo y con el Todopoderoso.

Él tiene cosas más importantes de las que preocuparse que de un matrimonio fallido.

Tu esposa está muerta para ti, búscate otra.

¿Y qué es ese complot en el que te has metido?

Acabarás con la cabeza en una pica por tus esfuerzos.

¿Qué importa quien ocupe en el trono mientras nosotros prosperemos?

Deja tu idealismo a un lado, aprende a jugar el juego y engendra un hijo, por el amor de Dios».

Hugo se irguió con los ojos fijos en las llamas danzantes y la espalda rígida mientras la silla emitía otro crujido de protesta.

Odiaba admitirlo, pero hasta cierto punto su padre tenía razón.

Catherine estaba muerta para él, aunque no físicamente.

Hugo había vivido todos aquellos años con el recuerdo de una preciosa jovencita, pero ¿su esposa había sido realmente lo que él creía que era o un producto de su imaginación demasiado idealizada?

Catherine amaba la idea del amor cortés.

Había devorado sus declaraciones románticas y guardaba los poemas que él le había escrito debajo de la almohada.

Le encantaban las leyendas y verse a sí misma como Ginebra y a él como su fiel caballero, pero ¿qué sabía ella del amor verdadero?

La habían asustado la pasión de él y el amor físico, del que lo ignoraba todo.

Él había sido demasiado joven y tonto como para darse cuenta de que Catherine no estaba en absoluto preparada para la fuerza de su deseo y la había aterrorizado con sus exigencias emocionales y físicas.

Se había permitido creer que la mirada que percibió en su rostro mientras lord Guilford se la llevaba era de arrepentimiento, cuando lo cierto es que habría sido alivio.

Una vida con él resultaba demasiado aterradora, demasiado íntima.

Conocía bien al esposo de Catherine. El duque pasaba la mayor parte del tiempo en la Corte y dejaba a su esposa e hijos en la casa de campo.

Solo los llevaba a la ciudad en ocasiones especiales, como el desfile de Navidad o la coronación del nuevo rey.

Había tenido varias aventuras con las esposas de otros hombres y rara vez iba a casa a ver a la suya, pero quizás era esa la vida que Catherine había deseado, ya que su esposo le exigía muy poco, más aún ahora que ya no era joven y le había dado varios herederos.

¿Y qué le había llevado a hablarle a Neve Ashley de su padre y de Catherine, las dos personas que seguían atormentándolo a diario?

¿Por qué sentía la necesidad de confiar en ella cuando se había guardado sus arrepentimientos para sí mismo durante tanto tiempo?

¿Y por qué se sentía de repente inseguro de su camino, un camino que había elegido hacía mucho tiempo y que había seguido sin desviarse, firme en sus convicciones morales y obligado por el deber?

—Os siento darle vueltas a la cabeza desde aquí —dijo Neve de repente, levantando la cabeza de la almohada—. Venid a la cama.

—No deseaba incomodaros —respondió Hugo, que ansiaba desesperado tumbarse junto a ella y huir de sus desagradables pensamientos.

—Me incomodasteis al obligarme a acompañaros. Ahora tumbaos y dormid. Me estáis volviendo loca con vuestra inquietud .

—Sois una mujer de lo más desconcertante, ¿lo sabéis?

—preguntó él mientras empezaba a quitarse las botas.

Aquella misma mañana, a Neve le había enfurecido encontrarlo abrazándola, pero ahora lo estaba invitando a la cama, una cama que era un tercio de la que habían compartido con anterioridad.

La joven debía de saber que habría algún contacto físico.

—Eso me han dicho —respondió Neve, y le dedicó una sonrisa traviesa antes de volver a acurrucarse bajo las mantas.

Hugo se desnudó deprisa y se introdujo en la cama, estirándose junto a Neve y soltando un suspiro de alivio. Hasta entonces no había sido consciente de cuánto le dolía la espalda, ya no estaba acostumbrado a cabalgar durante días, como hacía cuando era joven.

—Buenas noches, señorita Ashley —susurró.

—Mmm… —Neve ya estaba dormida, su respiración era acompasada y tenía la boca entreabierta.

Gimió suavemente en sueños y se colocó boca arriba, con lo que la débil luz del fuego le iluminó el rostro.

Él intentó no mirarla fijamente, pero no pudo evitarlo.

Cuando estaba despierta, parecía cauta y a veces asustada, pero ahora semejaba una niña: dulce, confiada e indefensa hasta el dolor.

Había evitado hacerle demasiadas preguntas al ver que Neve se tensaba cada vez que mencionaba su pasado, la había dejado en paz en un esfuerzo por ganarse su confianza.

Antes o después, cuando se sentía menos amenazada, la gente acababa revelando por iniciativa propia todo lo que él necesitaba saber, pero era incapaz de descifrar a aquella mujer.

Decía que venía de Londres, lo cual podría ser cierto, pero su apariencia y comportamiento no encajaban en ninguna categoría que él conociera.

Era culta y educada, pero carecía de los modales y el porte de una dama.

Se movía y hablaba con libertad y lo miraba a los ojos de frente, sin artimañas y sin fingir recato alguno.

Tal vez por eso nunca se había casado, sus modales y su forma de hablar desvergonzados intimidarían a cualquier posible esposo.

Sin embargo, estaba claro que tampoco pertenecía a una clase baja: tenía las manos tersas y suaves, una tez sin imperfecciones y unos dientes blancos y bien alineados que exhibía cada vez que sonreía con su encantadora sonrisa.

No era una mujer que hubiera conocido el hambre o la enfermedad, ni tampoco que hubiera estado sometida a un duro trabajo físico.

Quizás fuera la hija de algún comerciante rico o de un erudito, alguien con la libertad económica e ideas poco convencionales para educar a una niña y utilizar sus talentos en su tienda, a falta de un hijo varón.

Eso también podría explicar la ausencia de un esposo.

Tal vez había tenido que cuidar de su padre y ayudarlo en su negocio, lo que le habría impedido casarse a la edad adecuada.

¿Cuántos años tendría? Se preguntó mientras la observaba más de cerca.

Debía de pasar de los veinte, pero no sabría decir por cuánto.

Tenía la mirada demasiado perspicaz para una joven doncella, pero su apariencia física era propia de alguien mucho menor de treinta años.

La mayoría de las mujeres que conocía, incluso las ricas y privilegiadas, comenzaban a perder su lozanía poco después de casarse.

Los numerosos embarazos, partos y las exigencias físicas de la vida les pasaban factura y las hacían parecer mayores de lo que realmente eran.

Incluso Jane, que solo había tenido un hijo, tenía aspecto de mujer madura cuando todavía era relativamente joven.

Hugo se pasó la mano por el pelo, más desconcertado que nunca.

Había pasado los últimos días intentando resolver aquel enigma, pero estaba igual de lejos de hallar una respuesta.

¿Quién era aquella mujer y de dónde había salido?

¿Se estaba poniendo en peligro al relacionarse con ella?

¿Y qué debía hacer con ella en el futuro?

Sin haber encontrado la respuesta a esas preguntas, su mente finalmente se relajó y los párpados empezaron a pesarle mientras el sueño se apoderaba de él.

Soñó que caminaba por un bosque tenebroso, con el cielo oscurecido por las pesadas ramas que se entrelazaban sobre la cabeza e impedían que la luz iluminara el estrecho sendero.

Creía que se estaba acercando al final del bosque, pero lo cierto era que cada vez se adentraba más en la espesura, apenas se distinguía el sendero y la luz había desaparecido por completo.

Oía los sonidos de las criaturas del bosque y el chillido de los búhos mientras caía la noche, dejándolo perdido y frustrado.

Los crujidos de las ramas o el aullido de un zorro resultaban amenazadores y se apoyó contra un árbol antes de mirar hacia el cielo invisible, en busca de respuestas que nunca llegaron.

Se despertó sobresaltado, contento de encontrarse en la fría y oscura habitación de la posada.

Neve seguía durmiendo plácidamente y Hugo se alegró de ello mientras se ponía en pie y se estiraba para aliviar los nudos de la espalda.

Los restos del sueño le daban vueltas en la cabeza y lo hacían sentirse intranquilo acerca de los meses venideros.

¿Se estaba adentrando en algo oscuro e irremediable?

¿Tenía razón Neve al predecir su inminente fatalidad?

Se echó un poco de agua fría en la cara y dio un sorbo a la cerveza que había quedado en el vaso desde la noche anterior, pero le supo amarga y la escupió en el hogar ya frío. Estaba de mal humor y, de repente, se sintió inseguro de casi todo.