El pasaje secreto (La tierra de prodigios 1) Capítulo 23
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Capítulo 23

VEINTITRÉS

El barro del patio estaba recubierto de una capa de hielo que crujía ruidosamente cuando los cascos de los caballos la pisaban y la rompían en minúsculos fragmentos afilados como el cristal.

Las bestias resoplaban, nerviosas a causa del suelo resbaladizo, con las orejas hacia atrás y los ojos desorbitados mientras caminaban con cuidado por la tierra congelada.

Un sol frío y brillante se suspendía alegre sobre nuestras cabezas haciendo que el hielo centelleara, cuyos «cristales» danzaban con la luz y reflejaban el resplandor de las ventanas.

—Siempre hay una última helada antes de que el invierno dé paso a la primavera —dijo Peter sabiamente mientras llevaba mi caballo al montadero.

La idea de pasar otro día en la silla era una auténtica tortura, pero monté y, mientras el animal se abría paso hacia el portalón y el camino, me aferré a él como si me fuera la vida en ello.

Sir Benedict nos había invitado a quedarnos otro día, pero Hugo se había negado cortésmente alegando que teníamos que terminar algunos asuntos antes de regresar a casa por Pascua.

Al menos ya sabía cuándo planeaba volver a Cranley y esa información me ofrecía una pizca de control sobre una situación insostenible.

Quedaban tres semanas para Pascua, de modo que faltaban tres semanas para tener la oportunidad de escapar y tres semanas de convivencia con Hugo Everly.

Una traicionera ráfaga de viento se coló por debajo de las faldas y entre los pliegues de la capa llenando la tela de aire y haciéndome parecer un barco a toda vela.

Los hombres comentaron el suceso con júbilo y provocaron las carcajadas de Jem.

Intenté ceñirme más la capa, pero no había nada con qué sujetarla aparte del broche del cuello.

El vendaval no dejaba de quitarme la capucha, con lo que sentía las orejas rojas y entumecidas de frío.

Tenía la espalda y las piernas doloridas de cabalgar, me dolía la cabeza y las crueles rachas de aire me arrancaban lágrimas saladas.

¡Cuánto deseaba poder estar en el sofá de casa, frente al televisor, con una taza de té caliente y mis galletas de chocolate favoritas!

—¿Neve?

Al escuchar mi nombre levanté la vista y de repente fui consciente de que llevaba un buen rato sumida en mi trance de infelicidad y que, con toda certeza, no lo había oído llamarme antes.

—¿Os encontráis bien? —preguntó Hugo con expresión preocupada—. No tenéis buen aspecto.

—Tengo mucho frío… y hambre, y me duele todo —admití. No solía ser quejica, pero sentía lástima de mí misma y era todo por su culpa, no necesitaba andarme con miramientos.

—Debería haber una posada en el siguiente pueblo. Pararemos allí —prometió, y me dedicó una débil sonrisa—. Cabalgad a mi lado. La conversación ayuda a pasar el rato, parece que os sentís sola.

Era cierto. No me había sentido tan sola en mi vida.

De vez en cuando disfrutaba de la soledad, pero siempre sabía que mis amigos se hallaban a solo una llamada o un viaje en metro de distancia.

Ahora me encontraba en un lugar donde no conocía a nadie y nadie me conocía a mí.

No había nadie a quien llamar ni a quien acudir en busca de ayuda.

Si moría aquí, nadie lo sabría ni a nadie le importaría, tan solo desaparecería de la faz de la tierra como si nunca hubiera existido, sin dejar nada atrás en mi vida moderna salvo algunos libros, ropa y un puñado de personas que me llorarían durante un tiempo…

o no. No tenía marido, ni hijos, ni más familia.

No había nadie a quien me sintiera atada o que pudiera sentir profundamente mi pérdida.

La gente se preguntaría por un tiempo qué me habría ocurrido y después seguirían con sus propias vidas apartando mi recuerdo, como solían hacer los humanos con las cosas desagradables y no resueltas.

Ojalá pudiera contarle a Hugo todo eso, pero debía guardar silencio por mi propia seguridad.

Acerqué mi montura a su caballo y cabalgué en silencio durante unos minutos mientras me recomponía.

Cuando me ofreció una torta de avena sonreí, sorprendida.

—Es todo lo que tengo, pero tal vez os sirva para aguantar hasta que lleguemos al pueblo. Siempre traigo unas cuantas tortas para Ronan cuando hacemos viajes largos. Le gusta sentirse apreciado.

El caballo de Hugo me dedicó una mirada de resentimiento cuando le di un mordisco a la torta, pero lo ignoré y mastiqué con gratitud. No es que estuviera muy rica, pero sin duda era mejor que las horribles gachas de aquella mañana.

—¿Al fin conseguisteis el apoyo de sir Benedict? —pregunté, mientras terminaba la torta y me lamía las migas de los dedos.

Hugo me sonrió con indulgencia, como si fuera una niñita adorable, y negó con la cabeza.

—Sir Benedict es un hombre astuto y no se comprometerá hasta estar seguro de que saldrá bien.

Dijo que apoyaría a Monmouth, pero, en cuanto se desate la rebelión, mirará hacia dónde sopla el viento antes de declarar su apoyo de forma pública.

Si Monmouth tiene la victoria asegurada, dirá que contó con su apoyo desde el principio; si, de lo contrario, parece que va a perder, exaltará al rey y condenará al bastardo advenedizo a pleno pulmón.

Sin embargo, sí hizo una aportación a las arcas de Monmouth, que en este momento es lo máximo que puedo esperar.

—¿Es eso lo que piensa la mayoría, que Monmouth es un bastardo advenedizo? —pregunté.

—No. Hay quienes lo apoyan abiertamente y tomarán las armas y lo arriesgarán todo para verlo triunfar. La mayoría, sin embargo, esperará para declarar su lealtad. Tienen demasiado que perder.

—¿Y vos? ¿No tenéis nada que perder? —Sentía curiosidad por aquel hombre y lo que lo impulsaba en su día a día. Podía entender que deseara la libertad religiosa, pero creía que había algo más en su determinación, algo más personal.

—No tengo nada que perder —respondió Hugo con rotundidad.

—¿Cómo es que nunca os casasteis? —Supongo que era una pregunta grosera e indiscreta, pero quería saberlo.

Debía de rondar los treinta y cinco años, y en el siglo xvii un hombre de esa edad tendría una familia con casi total seguridad, a menos que hubieran muerto y él fuera el único superviviente, e incluso entonces lo más probable es que volviera a casarse muy rápido.

—Lo hice —respondió él. Vi como se le tensaba la mandíbula y su boca adquiría un rictus severo, pero sentía demasiada curiosidad como para desistir.

—¿Y vuestra esposa está…? —No terminé la frase, sin saber muy bien cómo formular la pregunta. Parecía cruel preguntarle si estaba muerta; además, si hubiera estado casado, habría aparecido en los registros familiares, pero Max había dicho que no.

—Muy viva —respondió Hugo atravesándome con la mirada— y casada con otro.

—Pero vos sois católico y no creéis en el divorcio, ¿verdad?

—No, no creo en él, por eso todavía me considero casado —dijo él, encogiéndose de hombros.

Se le notaba la amargura en el rostro, pero ahora que yo lo sabía, sintió la necesidad de explicarse.

—Catherine y yo nos conocimos en la Corte cuando mi padre aún vivía.

Ella era poco más que una niña, pero se me metió en la cabeza que iba a casarme con ella, era tan encantadora y pura…

El hecho de que perteneciera a una de las familias católicas más antiguas de Inglaterra también contribuyó a mi decisión, pues era mi deseo que mi esposa compartiera mi fe y que nuestros hijos se criaran en el seno de la Iglesia.

Mi padre mantenía nuestra religión en secreto, convencido de que algún día la actitud tolerante del rey sería puesta a prueba y criticada; y tenía razón, por supuesto.

Deseaba que contrajera matrimonio con una protestante, pero, claro, su fe nunca fue muy firme.

Veneraba el poder y la libertad, y estaba dispuesto a inclinarse ante el Dios que estuviera de moda en aquel momento.

Pensaba que servir a dos señores sería políticamente beneficioso.

—Parece que vuestro padre era un hombre duro —comenté, mientras trataba de imaginarme a un Hugo joven y enamorado y al hombre que quería utilizar su matrimonio para promover sus propias ambiciones.

—Podía ser duro, pero sabía lo que hacía y, tras su muerte, muchas veces me di cuenta de que había tenido razón. Discutíamos sin cesar y se fue a la tumba pensando que no lo amaba ni lo respetaba. Y tengo que vivir con eso.

—Entonces, ¿os casasteis con Catherine de todos modos?

—Nos casamos en secreto tras la muerte de mi padre.

Si lo hubiera hecho antes, mi padre me habría desheredado y no habría tenido nada que ofrecerle como esposo.

Al igual que mi padre, el suyo también se oponía a nuestro matrimonio, tenía a otra persona en mente para ella y las negociaciones matrimoniales ya estaban en marcha.

Tuve que actuar rápido y al final la convencí para que se casara conmigo.

Estaba seguro de que, una vez casados, su padre me aceptaría y todo saldría bien, sobre todo porque su familia no querría manchar la reputación de Catherine.

—¿Y qué ocurrió? —pregunté. Parecía que Hugo había pensado bien las cosas, pero era obvio que el matrimonio se había roto.

—Dos semanas después de casarnos, el padre de Catherine anuló el matrimonio y la casó con el hombre que había escogido para ella. —Percibí ira en su voz. Después de todos aquellos años, todavía seguía doliéndole.

—¿Con qué motivo?

—Falta de consumación —espetó él.

—¿Acaso no…? —Dejé la pregunta a medias, de repente me sentí incómoda por entrometerme en su vida personal .

—Oh, ya lo creo que sí —replicó él—, y muchas veces, pero el padre de Catherine, lord Wessex, sobornó a un médico para que declarara a mi esposa virgo intacta tras someterla a la humillación de un examen. Además de no ser virgen, ya estaba encinta, pero obviamente era demasiado pronto para saberlo.

—Vaya. Lo siento, Hugo. ¿Ella no se opuso a su padre?

—Pensó que me aceptaría cuando nos hubiéramos casado, pero no estaba dispuesta a romper con su familia.

Su padre no quiso ni oír hablar de aprobar el matrimonio.

El prometido de Catherine era duque, un hombre con grandes tierras que limitaban por el norte con las de su padre.

Este quería que su única hija consiguiera un título mejor y unir las propiedades tras morir, para así convertir a Catherine y a su esposo en una de las parejas más ricas e influyentes de la cristiandad.

Si hubiera tenido un hijo varón que heredara, tal vez habríamos tenido una oportunidad.

—¿Qué pasó con el bebé? —pregunté, sintiendo una oleada de lástima hacia él.

—Murió cuando todavía usaba pañales. Era una niña y no llegué a verla siquiera. Desde entonces, Catherine le ha dado cuatro varones sanos a su esposo —respondió Hugo con amargura.

—¿Todavía la amáis? —inquirí en voz baja, mientras observaba el vaivén de emociones en su rostro.

—No. Sí. No… No lo sé.

—Bueno, ¿en qué quedamos?

—No amo a la mujer que es ahora, sino a la muchacha hermosa y dulce que era cuando se casó conmigo.

Habría hecho cualquier cosa por hacerla feliz, pero nunca me dio la oportunidad.

Se marchó con su padre sin mirar atrás, como un perrito obediente.

Podría haberlo desafiado, podría haber confiado en que yo la amaría.

Con el tiempo él habría cedido, estoy seguro.

Cuando se volvió hacia mí, se me rompió el corazón al ver la tristeza que se reflejaba en sus ojos.

Aquella chica no solo le había dejado el corazón destrozado, sino que había acabado con sus posibilidades de volver a casarse.

La anulación no era válida, ya que el matrimonio se había consumado, por lo que en la mente de Hugo seguirían casados hasta que uno de los dos falleciera.

—¿Y qué hay de vos? —preguntó—. ¿Y vuestra familia?

Sabía que aquella pregunta llegaría tarde o temprano.

Una mujer de mi edad estaría casi con toda seguridad casada o viuda, y habría tenido hijos.

Hugo tenía demasiado tacto como para preguntármelo directamente, pero quería saber más sobre la mujer que tenía el poder de destruirlo.

Me pregunté qué diría si supiera que había vivido con un hombre sin estar casados y que después había abortado un bebé que él no había querido.

¿Me tendría en menor estima? Y en cualquier caso, ¿por qué me importaba? —me pregunté con enojo.

—No tengo a nadie —respondí.

—¿Nunca os casasteis? —preguntó.

—No, nadie me lo ha pedido nunca. —Lo cual era cierto.

Esperaba que hiciera algún comentario sarcástico, pero se limitó a mirarme con tanta compasión que casi rompí a llorar. Me alegré cuando vi aparecer las chimeneas del pueblo. Ya no tenía hambre, pero me sentía helada, sobre todo por dentro.