El pasaje secreto (La tierra de prodigios 1) Capítulo 22
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Capítulo 22

VEINTIDÓS

Me desperté justo cuando los primeros rayos de sol intentaban colarse entre los postigos cerrados emitiendo una tenue claridad perlada que apenas permitía distinguir los objetos de la habitación.

El fuego se había apagado durante la noche y mi aliento formó nubes blancas al acurrucarme más bajo la manta.

Para mi sorpresa, me sentía calentita y cómoda, supongo que por el calor que desprendía Evan.

Mi espalda y mis piernas estaban apretadas contra él, mientras que su brazo descansaba sobre mi costado y su mano se posaba con delicadeza sobre mi bajo vientre.

Noté su pelvis contra la parte baja de mi espalda y sentí su excitación, con lo que me moví contra él de forma sugerente con el único objetivo de tentarlo.

—Buenos días también para vos.

Casi me muero del susto al recordar de repente dónde y con quién estaba.

No era un sueño sobre la posada del siglo xviii en la que Evan y yo nos habíamos alojado durante unas breves vacaciones el año anterior, esto era aterradoramente real y a mi lado no estaba Evan, sino mi captor.

Le di un codazo en el estómago y se apartó de mí con un gemido que sonó más bien como una risa.

—No quería que pasarais frío durante la noche. En cuanto se apagó el fuego, la estancia se volvió gélida —se explicó Hugo, con una expresión de perfecta inocencia.

—Qué amable por vuestra parte —solté—. ¿Creéis que podría convenceros de regresar a vuestra propia alcoba mientras me lavo y me visto?

La mirada que me lanzó me hizo sonrojar de vergüenza.

Supuso que me moría de ganas de hacer pis y que no quería que me viera usando el orinal.

Ay, lo que habría dado por un baño privado y una ducha caliente en aquel momento.

Sin embargo, tenía razón, la habitación estaba congelada, el frío se filtraba a través de las paredes y los postigos mal ajustados y el aire se había vuelto acre con el olor a ceniza de la chimenea.

Hugo salió de la cama y caminó hacia la puerta sin volverse.

—Os dejo para que os preparéis —exclamó mientras cerraba la puerta tras él.

Salté de la cama y agarré la bacinilla como si fuera la olla de oro al final del arcoíris.

Era curioso cómo nada parecía importar cuando había que ocuparse de ciertas necesidades físicas.

Volví a acurrucarme en la cama, con los pies helados tras pisar el suelo gélido durante solo un momento.

Si hacía tanto frío a finales de marzo, ¿cómo sería en pleno invierno?

Nunca me había dado cuenta de lo mucho que dábamos por sentado en nuestras vidas modernas: agua corriente, calefacción y, especialmente, luz.

Por muchas velas que se encendieran por la noche, las habitaciones estaban poco iluminadas y repletas de sombras y la oscuridad devoraba los rostros en cuanto se alejaban del débil círculo de luz.

No me extrañaba que a Jem le gustara dormir en la cocina y comer panecillos calientes por la mañana, era el lugar más cálido de la casa y allí la comida siempre estaba caliente y no tibia como cuando llegaba a la mesa.

Me preparé para soportar las temperaturas árticas y salté de la cama una vez más, decidida al menos a enjuagarme la boca, lavarme la cara y las manos y, posiblemente, también otras partes del cuerpo.

No obstante, mi determinación solo duró hasta que vi la fina capa de hielo que cubría el agua de la jarra y decidí que tal vez la higiene importaba menos que no morir congelada.

—Buenos días, señora —saludó Polly en un tono alegre mientras entraba con una jarra de agua humeante y una pequeña bandeja con el desayuno, que dejó sobre la mesa redonda donde se hallaban la jarra y la jofaina. Eran una especie de gachas, pero al menos me calentarían el estómago.

—¿Qué hora es, Polly? —pregunté mientras hundía agradecida las manos en el agua caliente.

—Oh, algo más de las ocho, señora. Esos hombres se levantaron hace horas y ya han desayunado. Están preparando los caballos y el pajecito está ansioso por partir. Es un muchacho muy dulce.

—Y también listo —comenté, sonriendo al imaginar a Jem sentado junto al fuego crepitante, atiborrándose a pan tierno y gachas calientes.