Capítulo 21 #3
—Edmund, acompañad a la señorita Ashley a sus aposentos, por favor —ordenó mientras alcanzaba el decantador de brandi—. Lord Everly y yo tenemos mucho de qué hablar.
—Buenas noches, caballeros —me despedí, profundamente aliviada por que dejaran que me fuera. Me sentía exhausta y solo ansiaba acostarme.
Edmund no dijo gran cosa mientras me guiaba por la casa. También parecía cansado y agradecido de poder alejarse de su exigente señor.
—Buenas noches, señorita Ashley —dijo cuando se detuvo frente a mi puerta—. Tenéis una voz preciosa.
—Buenas noches, señor Somerville, sois muy amable.
Edmund negó con la cabeza con expresión de repulsa.
—Si fuera amable, os diría que cerrarais la puerta con llave y os marcharais de esta casa en cuanto pudierais. Sir Benedict es un negociador implacable y no me sorprendería que vos formarais parte del trato.
—¿A qué os referís? —pregunté con la voz entrecortada y, de nuevo, asustada.
—Solo que espero que lord Everly os tenga en muy alta estima. —Sin otra palabra, me dedicó una reverencia tensa y se alejó.
Como temía, a Hugo y a mí nos habían puesto en habitaciones contiguas, pero no había más remedio y, tras la advertencia de Edmund, no estaba tan indignada como antes.
Me desvestí con ayuda de Polly, me lavé la cara para quitarme el maquillaje, me saqué el montón de horquillas que me sujetaban el peinado, me puse un camisón y me metí en la cama.
Estaba agotada, pero no era capaz de dormir.
Me obligué a dejar de pensar en lo que podría estar pasando en casa y me centré en la huida.
Podría arreglármelas para salir a hurtadillas, pero, aunque llegara a los establos, robara un caballo y escapara sin ser vista, no tenía ni idea de cómo regresar al lugar al que necesitaba ir, más aún en la oscuridad.
Intenté recordar el camino, pero habíamos estado viajando todo el día y tomamos varias bifurcaciones.
En menos de una hora estaría perdida, sola en medio de la noche y sin protección ni dinero.
Sabía lo suficiente sobre el siglo xvii como para ser consciente de que una mujer sola era presa fácil y que, aunque no tenía mucho que robar, podrían violarme o incluso matarme, así que al final admití que me tendría que quedar.
Tarde o temprano, Hugo volvería a casa y entonces aprovecharía mi oportunidad.
Lo único que esperaba era que fuera más pronto que tarde.
Debía de ser mucho después de medianoche cuando Hugo finalmente regresó a su habitación.
Yo seguía despierta y vi el resplandor de la vela por debajo de la puerta de su cuarto.
Esperaba que fuera directamente a acostarse, pero tenía otros planes.
Entró de puntillas en mi alcoba y dejó la vela sobre la mesita que había junto a la cama.
Solo llevaba puesta una camisa y vi con claridad el contorno de su cuerpo cuando se volvió para apagar la vela.
Sentí cómo el colchón se hundía bajo su peso.
Debí de tensar el cuerpo porque se desplazó un poco hacia un lado para dejar algo de espacio entre nosotros.
—Soy un hombre de palabra —dijo, mirándome en la oscuridad—. No os tocaré.
—¿Y por qué no dormís en vuestro cuarto? —susurré, alejándome de él.
—Porque a nuestro anfitrión le parecería sospechoso y no quiero darle motivos para dudar de mí o para que lo considere una invitación para venir a visitaros.
Estáis completamente a salvo, os lo aseguro.
Por cierto, esta noche habéis tenido un éxito abrumador, querida mía —dijo, sonriendo en la oscuridad—.
Sir Benedict se ha quedado completamente prendado, incluso llegó a sugerirme que os dejara aquí como muestra de mi buena voluntad, a cambio de apoyarnos cuando llegue el momento.
—¿Qué?
Rio entre dientes, pero no respondió de inmediato. En lugar de eso, se puso más cómodo, cruzó las manos sobre la barriga y fingió dormir.
—¿Qué respondisteis? —bufé, aterrorizada ante la posibilidad de que Hugo hubiera accedido.
—Le dije que me habéis cautivado el corazón y que no me separaría de vos por nada del mundo. No le sentó demasiado bien, pero creo que lo superará por la mañana.
Hugo cerró los ojos y se quedó dormido en cuestión de minutos, pero yo no tuve tanta suerte.
Hacía años que no dormía con nadie a excepción de Evan, así que compartir cama con un hombre extraño era, cuando menos, raro.
Hugo olía a brandi, a humo de chimenea y a su propia esencia, un poco almizclada, lo que hizo que me desplazara hacia el otro lado de la cama hasta quedar prácticamente colgando.
Sabía que estaba desnudo salvo por la camisa, y el hecho de que yo tampoco llevara nada aparte del camisón me provocó unos pensamientos muy perturbadores.
—Dormíos ya —dijo él de repente. Percibí una nota de diversión en su voz, pero no abrió los ojos ni tampoco se acercó más.
—No puedo.
—¿Necesitáis ayuda? —preguntó con una risita.
—No, gracias. —Me coloqué de lado, le di la espalda, y fingí dormir. Estaba segura de que él sabía que estaba disimulando, pero no me importaba. Finge hasta que lo consigas, decía siempre Evan, y al final funcionó.