Capítulo 21 #2
—Estuve en Londres por Navidad, pero su majestad me dio permiso para regresar a casa en Año Nuevo —respondió Hugo.
—Permitidme presentaros a mi secretario, Edmund Somerville. Es un joven de lo más diligente. No tomo ni una sola decisión sin él.
El joven se sonrojó notablemente e hizo una reverencia, se veía que le incomodaba haber sido incluido en la cena.
Le dediqué una sonrisa comprensiva; yo me sentía igual de incómoda.
Estaba muy nerviosa, pero parecía que lo único que tenía que hacer era estar guapa.
Nadie esperaba que conversara ni que pensara, lo que en este caso era un alivio.
Como sir Benedict había enviudado hacía poco, no tenía que preocuparme por sufrir el interrogatorio ni los desaires de su esposa.
Yo era la única mujer en la cena, un adorno.
—Es un placer conoceros, señorita Ashley.
Ha pasado demasiado tiempo desde la última vez que una dama joven y hermosa nos honra con su presencia en mi mesa.
Por favor, sentaos a mi lado. Mi querida esposa solía sentarse aquí, pero ya no está con nosotros y me gustaría ver su asiento ocupado, aunque sea solo una noche.
—Tengo entendido que vais a casaros de nuevo —dijo Hugo mientras un criado le servía un trozo de venado. No lo rechazó, pero sabía que no lo probaría por ser Cuaresma.
—Sí, habéis oído bien —respondió sir Benedict mientras tomaba un bocado de venado y alzaba los ojos al cielo con aparente deleite—. Delicioso, como siempre. Probadlo, Hugo.
—Es incomparable —respondió con habilidad mientras trasteaba con la carne en el plato—. ¿Quién es la afortunada?
—Me temo que por ahora debo mantenerlo en secreto — contestó sir Benedict alegremente—, pero es muy joven y muy hermosa.
Edmund, aquí presente, todavía está negociando el contrato matrimonial y el padre de la dama se está mostrando poco razonable.
Espero casarme pronto, ya es hora de tener un heredero y mi querida esposa no pudo darme ninguno —explicó, lanzándome una mirada petulante digna de un niño—.
Tenía tantas esperanzas de tener un varón…
El Buen Dios nos concedió tres hijas, pero eso no es tan malo, a fin de cuentas, las muchachas son útiles para forjar valiosas alianzas —añadió en tono alegre mientras alzaba la copa para brindar—.
Por las damas jóvenes y hermosas. Que sigan deleitándonos siempre.
Era reacia a admitir que Hugo había tenido razón.
Los ojos de sir Benedict se desviaban con frecuencia hacia mi pecho y sentí que su pierna rozaba la mía por debajo de la mesa.
No se atrevería a ir más lejos porque me consideraba propiedad de Hugo, pero tampoco desaprovechaba la ocasión de propasarse un poco.
Intenté alejarme con discreción, pero no funcionó: sir Benedict me rozó el muslo con su mano carnosa y eso hizo que me removiera incómoda en la silla.
Mi mirada se cruzó con la de Edmund Somerville, sentado al otro lado de la mesa, y sentí una extraña afinidad con él.
El secretario sabía lo que estaba haciendo sir Benedict y sentía compasión por mí.
Su expresión delataba tal sufrimiento que no pude evitar preguntarme si lo único que se requería de él eran sus habilidades como secretario.
Tal vez sir Benedict lo utilizara para obtener con discreción otros servicios con el fin de no espantar a un futuro suegro.
Fueron trayendo más y más platos. Sir Benedict comía copiosamente y Hugo apenas probaba el pescado y las verduras.
A pesar de la magnífica presentación, la comida estaba sosa o demasiado especiada, elaborada con una gran cantidad de ingredientes variados que, en mi opinión, ni siquiera combinaban bien.
Eso resultaba irónico, ya que sir Benedict alardeó largo y tendido de su oficial de especiería, a quien había conseguido en Londres y que era experto en las diversas especias y sus efectos, así como sus usos en medicamentos y tónicos.
Pensé que yo misma podría necesitar un tónico tras probar un último mejunje, decidí dejar de comer y limitarme a desplazar los alimentos por el plato, igual que Hugo.
Gracias a mi presencia, los hombres mantuvieron una conversación neutral en la que intercambiaron cotilleos de la Corte, debatieron sobre las obras de teatro y los musicales que habían visto en Londres, y comentaron las últimas modas.
A sir Benedict no le haría gracia que lo interrogaran sobre sus lealtades delante de una cortesana, esa conversación llegaría más tarde.
Entretanto, todo transcurría entre bromas desenfadadas, por lo que, de vez en cuando, cuando me parecía seguro, intervenía.
—Señorita Ashley, ¿cantáis? Me encantaría escucharos. Cantadnos una canción —imploró sir Benedict mientras me apretaba la rodilla. Probablemente pensaba que yo era actriz—. Hay un clavecín en el salón. ¿Sabéis tocar? Decid que sí.
Yo tocaba un poco, y la promesa de escapar de la mano sobona de nuestro anfitrión era un buen aliciente.
«¿Qué canciones buenas hay para el siglo xvii ?
», pensé frenéticamente mientras seguía a sir Benedict al salón con Hugo a mi lado.
Solo se me ocurría una y esperaba que fuera adecuada.
Me senté frente al instrumento y probé las teclas mientras los hombres se acomodaban alrededor de la estancia.
Estaba desafinado, pero daba igual. Entre eso y lo mal que cantaba, lo más probable era que quisieran salir corriendo a esconderse.
Empecé a cantar «Lavanda azul», para evidente deleite de sir Benedict.
—Me encanta esa canción —le dijo a Hugo, que me observaba con interés.
Me alegré de recordar la letra. Mi madre solía cantarme esa canción cuando era pequeña porque siempre conseguía quedarme dormida y era uno de los recuerdos más bonitos que tenía de ella.
Por aquel entonces ella aún era feliz, todavía tenía el control de sí misma.
Pensar en mi madre y en el hogar que había dejado atrás casi me hizo llorar, pero no era el momento de venirse abajo.
Parpadeé para evitar las lágrimas e intenté concentrarme en la letra, apartando por el momento cualquier pensamiento sobre mi hogar. Tenía un papel que interpretar.
Lavanda azul, dilly, dilly
Lavanda verde
Que todo rey, dilly, dilly
Ay, reina quiere
¿Quién te contó? Dilly, dilly
¿Quién te contó?
Que lo sé yo, dilly, dilly
Que lo sé yo
Si el corazón dilly, dilly
Se siente, ay, dilly, dilly
Y si me quieres a mí,
En una iglesia de aquí
Un día, ay, dilly, dilly
Te casarás, ay que sí, con un traje dilly, dilly de
Lavanda azul, dilly, dilly
Lavanda verde
Que todo rey, dilly, dilly
Ay, reina quiere
¿Quién te contó? Dilly, dilly
¿Quién te contó?
Lo sabes tú, dilly, dilly
Lo sabes tú
Si el corazón dilly, dilly
Se siente, ay, dilly, dilly
Y si me quieres a mí,
En una iglesia de aquí
Un día, ay, dilly, dilly
Te casarás, ay que sí, con un traje dilly, dilly de
Lavanda azul, dilly, dilly
Lavanda verde
Tú serás rey, dilly, dilly
Y yo tu reina
Me sorprendí al ver el semblante de Hugo cuando terminé la canción e hice una pequeña reverencia: parecía destrozado.
Su rostro estaba pálido a la luz de las velas y sus ojos oscuros mostraban una expresión atormentada al devorarme, estaba claramente sorprendido por mi actuación.
Recuperó la compostura enseguida y sus aplausos se unieron a los de nuestro anfitrión y Edmund Somerville, que tenía la mirada perdida.
—Tenéis multitud de talentos, querida —dijo Hugo con una sonrisa de aprobación—.
Era un comentario bastante inocente, pero los ojos hambrientos de sir Benedict no me pasaron desapercibidos.
Dio por hecho que Hugo se estaba refiriendo a mis habilidades en la cama y sentí un estremecimiento de repugnancia cuando se acercó y se inclinó sobre mí, prácticamente babeaba sobre mis pechos.
—Oh, sí. Ha sido precioso, precioso —suspiró sir Benedict—. Cantadnos otra.
—Me temo que la señorita Ashley se encuentra muy cansada tras un largo día a caballo.
Dejemos que se retire a descansar, y vos y yo podríamos tomar un poco de ese maravilloso brandi —sugirió Hugo con delicadeza.
Era el momento de marcharme y dejarles hablar.
Hugo estaba insinuando de forma muy diplomática que sir Benedict excusara también a su secretario y la indirecta no le pasó desapercibida a nuestro anfitrión, que hizo un gesto con la mano al joven para indicarle que podía retirarse.