Capítulo 21
VEINTIUNO
Al caer la noche, llegamos por fin a la casa de sir Benedict, que se erigía con orgullo en medio de un gran parque.
Los gruesos muros de piedra se elevaban hacia el cielo violáceo y los últimos rayos del sol poniente, que apenas rozaban las copas de los árboles, iluminaban las ventanas y destelleaban en los parteluces con cristales en forma de rombo, mientras que las chimeneas no eran más que columnas negras bajo la postrera luz que daba rápidamente paso a la oscuridad.
Como la mayoría de las casas construidas más para la protección que para la belleza, la de sir Benedict resultaba imponente e inexpugnable, pero nunca me había sentido tan feliz de llegar a un destino.
A aquellas alturas no me importaría tener que fingir ser la querida de un babuino con tal de bajarme del caballo.
Me ardía la espalda tras pasar casi doce horas cabalgando sin ningún tipo de soporte lumbar y la tensión y la fatiga hacían que me temblaran las piernas.
Apestaba a caballo, sentía la cara interior de los muslos en carne viva por el roce contra la silla y tenía tanta sed que la lengua se me pegaba al paladar.
En todo el día no había tomado más que cerveza y en aquellos momentos un poco de agua me sabría a auténtica ambrosía, máxime si procediera de un vaso limpio.
Solo quería bañarme, comer algo que no fuera pan con queso y tumbarme; pero no iba a poder ser.
Debía reunirme con Hugo y cenar con sir Benedict, algo que llevaría varias horas durante las cuales tendría que interpretar el papel de querida devota, no el de una mujer resentida y cansada que con gusto habría estrangulado al cabrón arrogante que la había secuestrado y hecho pasar por semejante agonía.
Me acompañaron a mi habitación y me dejé caer en la cama, desesperada por disfrutar de unos momentos de descanso.
Una criada joven y guapa entró poco después, seguida de un mozo fornido que, gruñendo por el esfuerzo, transportaba dos cubos chorreantes.
La sirvienta sacó una bañera de asiento y el chico vertió el agua, se tocó el flequillo a modo de saludo y se marchó, contento de haberse librado por fin de la carga.
—¿Deseáis que vuelva para ayudaros a vestiros, señora? —preguntó la chica mientras me observaba con descaro. ¿Se habría corrido ya la voz de que lord Everly había llegado acompañado por una querida?
—Sí, por favor, sería de gran ayuda —respondí, mirando con recelo hacia la bañera de asiento.
Había visto una antes, pero no tenía ni idea de cómo se utilizaba.
¿Me sentaba dentro y remojaba mis partes íntimas sin más o empleaba el agua caliente para darme un baño de esponja?
En aquella época, la gente solía bañarse vestida con algún tipo de prenda, temía que, si me desnudaba y me sentaba en la bañera, alguien pudiera entrar y sufrir un ataque por la impresión.
Opté por el baño de esponja y me lavé deprisa, agradecida por el agua calentita tras el frío creciente de la noche.
Acababa de volver a ponerme la camisa cuando apareció la doncella, lista para ayudarme.
Habría elegido uno de los vestidos menos extravagantes, pero Hugo me había pedido que me pusiera mis mejores galas, escogí el de seda de color musgo.
Justo antes de llegar él me había dado instrucciones, pero yo seguía preocupada, pues no estaba segura de lo que se esperaba de mí, sobre todo en lo que respectaba a nuestro anfitrión.
—¿Y si sir Benedict me hace preguntas? —le había insistido a Hugo, consciente de que me resultaría muy difícil conversar de forma inteligente con alguien de aquella época.
Sabía muy poco de la política o los cotilleos sociales que cualquier mujer conocería.
Tampoco tenía ni idea de qué decir si sir Benedict me preguntaba por mis opiniones o sobre mi postura ante el intento de rebelión de Monmouth.
—No os preocupéis, no os preguntará nada. —Hugo me había mirado de un modo que sugería que se estaba guardando algo.
—¿Cómo podéis estar tan seguro? —No podía imaginar que fuera a ignorarme durante la mayor parte de la cena sin hacerme preguntas, más aún cuando mi presencia era inesperada y le generaría ciertas especulaciones.
Hugo había suspirado, estaba claro que le incomodaba tener que explicarme las cosas básicas de la vida, pero no le quedó más remedio, ya que yo lo estaba acosando de forma implacable.
—Como sir Benedict nunca ha oído hablar de vos ni de vuestra familia, supondrá que os saqué de algún teatro o burdel; por lo que lo único que querrá saber es qué aspecto tendríais vestida con solo una sonrisa y si me satisfacéis en la cama.
—No os andáis con rodeos, ¿verdad? —había comentado yo con irritación, preguntándome si él también me estaría imaginando sin más ropa que una sonrisa.
—Solo respondía con sinceridad. No era mi intención ofenderos.
Sois una mujer hermosa y cualquier hombre albergará pensamientos lujuriosos hacia vos a los pocos minutos de conoceros.
Estoy seguro de que ya lo sabéis. —No añadió que yo era demasiado mayor para hacerme la remilgada, pero de todas formas me sonrojé, sintiéndome de pronto desnuda bajo su mirada.
¿Estaba tratando de decirme que él también tenía pensamientos lujuriosos?
No podía pensar en eso, me hallaba a su merced y necesitaba creer que existían límites entre nosotros.
Me quedé quieta mientras Polly me cepillaba, trenzaba y retorcía el cabello hasta conseguir un elaborado peinado.
—¿Está bien así? —preguntó, retorciéndose las manos con timidez .
—Sí, gracias; está precioso —respondí—. ¿Dónde has aprendido a hacer esto?
—Fui la doncella de lady Nolan hasta que falleció. Era una mujer bonita que siempre quería estar radiante y vestir a la última moda, aunque viviera en el campo.
—¿Qué edad tenía lady Nolan? —pregunté, con ganas de saber algo más sobre ella.
—Tenía treinta y dos años, señora, no era muy joven.
—Lo que quería decir era que lady Nolan era bastante mayor.
Las mujeres estaban en su plenitud a los veinte, en la mediana edad a los veinticinco y prácticamente geriátricas a los treinta.
«¿Me consideraría Hugo una anciana?», me pregunté de repente.
—¿De qué murió?
Polly pareció desconcertada por mi extraña curiosidad, pero respondió de todos modos mientras se disponía a vestirme.
—Tenía el corazón débil y, un día, dejó de funcionar. —Se encogió de hombros como si fuera lo más natural del mundo y continuó con su trabajo.
No pude evitar preguntarme qué significaría aquello en términos médicos modernos. ¿Habría sufrido un infarto o quizá tendría la presión arterial alta? No había forma de saberlo, pero sentí lástima por aquella mujer no tan joven que vestía a la moda y se había marchado antes de tiempo.
—Estirad los brazos, señora —indicó Polly mientras ajustaba las mangas a su gusto. A continuación, ató los cordones del corpiño y los introdujo bajo el polisón de la falda.
Me miré boquiabierta en el espejo. Estaba segura de que la Neve Ashley de siempre seguía en algún lugar, pero la mujer que me devolvió la mirada era una desconocida.
Polly insistió en ponerme algo de maquillaje para que tuviera «el aspecto ideal», como ella decía.
Rechacé la espesa pasta blanca por miedo a que estuviera hecha a base de plomo, pero le permití cubrir mi rostro con un poco de polvo de arroz y frotarme las mejillas con otros polvos de color cereza.
De buena gana me habría depilado la mayor parte de las cejas y probablemente también me habría arrancado una considerable cantidad de cabello para dejarme la frente más ancha, pero la frené y solo dejé que les diera algo de forma a las cejas, con lo que chasqueó la lengua en señal de desaprobación.
Le entregué el joyero sentada frente al espejo de forma majestuosa mientras ella colocaba el collar sobre el escote empolvado y lo abrochaba.
—Estáis preciosa, señora. ¿Tenéis algún lunar postizo?
Estaba a punto de responderle que no cuando llamaron a la puerta y Hugo entró en la habitación.
Me levanté con timidez del asiento y me quedé de pie frente a él, como una niña que espera la señal de aprobación de un padre.
Él también estaba magnífico con un traje de color azul medianoche, casaca profusamente bordada con hilo de plata y un pañuelo blanco que se derramaba en cascadas sobre el cuello y contrastaba con los oscuros rizos de la peluca.
Hugo no tuvo que decir nada porque su cara lo decía todo: mostraba una expresión de sorpresa, admiración, aprobación y orgullo, todo a la vez:
—Estáis muy hermosa, señorita Ashley. Ese color os favorece. ¿Nos vamos?
Le hice una ligera reverencia y me agarré del brazo que me ofrecía.
El comedor resplandecía bajo la luz de las velas, que proyectaban reflejos parpadeantes sobre las numerosas bandejas y copas de plata e iluminaban la mesa. No podía ni adivinar qué contenían algunos de los platos, pero parecían muy exóticos y su presentación era una forma de arte en sí misma.
Nuestro anfitrión, un hombre que por su aspecto rondaba los cincuenta años, se acercó a saludarnos, y sus ojos me devoraron de una manera que me hizo sentir desnuda a pesar de todas las capas de ropa que llevaba encima.
En su juventud debía de haber sido atractivo, pero la edad, la mala nutrición y los excesos habían dejado huella en la flacidez de su papada, las bolsas bajo los ojos y la tez cetrina, que contrastaba con su elaborada peluca pelirroja.
En el pómulo derecho llevaba un lunar postizo, lo que sugería que se creía todo un dandi.
También estaba presente un hombre más joven, de no más de veinticinco años, con vestimenta y modales más sobrios y prácticos.
No parecía ser el hijo de sir Benedict y, por la expresión de Hugo, me di cuenta de que no esperaba que estuviera allí.
—Lord Everly, ha pasado demasiado tiempo desde la última vez que nos vimos —exclamó sir Benedict—. ¿Habéis estado recientemente en la Corte?