El pasaje secreto (La tierra de prodigios 1) Capítulo 19
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Capítulo 19

DIECINUEVE

Lady Everly se sirvió una taza de té y dejó con cuidado la tetera de porcelana sobre la mesa antes de disolver el terrón de azúcar y añadir un chorrito de leche.

Siempre lo tomaba de aquel modo, aunque en una época anterior se lo servía una criada.

Lady Everly hablaba a menudo de los buenos tiempos en que Everly Manor contaba con mucho personal de servicio y de cómo por las noches, cuando los sirvientes se retiraban, el último piso bullía de cotilleos y pasos amortiguados.

Aquellos días habían quedado muy atrás, se habían desvanecido en la historia poco tiempo después de que Naomi Harrison llegara a Everly siendo una joven recién casada hacía ya más de sesenta años, pero le encantaba hablar de ellos, y a su hijo lo desesperaba.

Max esperó paciente a que su madre diera el primer sorbo antes de tratar de que volviera a prestar atención a lo que había estado diciendo.

—Mamá, ¿me estás escuchando? —preguntó, molesto por el hecho de que ella apenas hubiera reaccionado ante la noticia de la posible desaparición de Neve.

Parecía tan tranquila y serena como siempre.

Lady Everly inclinó un poco la cabeza impecablemente peinada mientras lo observaba desde el otro lado de la habitación, con la taza de té suspendida con delicadeza en la mano derecha—.

Mamá, por favor, dime que no puede ser verdad —suplicó Max—.

¿ Es posible que Neve encontrara el pasadizo y viajara en el tiempo?

¿Debería ir tras ella? —inquirió, sabiendo a la perfección que aquella pregunta en particular provocaría que su madre, que hasta entonces había permanecido en silencio, por fin respondiera.

—Ni hablar —le contestó, en un tono mucho más formal que emocional—. Eres mi hijo y el heredero de esta propiedad. No correrás ningún riesgo, ¿me oyes? —le advirtió mientras dejaba la taza sobre el plato con más fuerza de la que pretendía.

—No has respondido a mi pregunta. ¿Es verdad? —exigió Max, cada vez más exasperado.

—¿Cómo voy a saberlo? —espetó lady Everly—. Eso parece. ¿A dónde podría haber ido, si no? ¿Has buscado por el campo? Tal vez la hayan atacado —sugirió sin mucha esperanza.

—O sea, ¿que aparcó el coche en el pueblo, se quitó la ropa, dejó el teléfono y las llaves y salió corriendo desnuda de la cripta hasta que se cruzó con alguien que la atacó?

O, mejor dicho, ¿que la mató? Porque si estuviera viva, ya habría aparecido en alguna parte.

La mujer de la iglesia vio que bajaba a la cripta con la bolsa… ilesa —le recordó.

Lady Everly encogió los hombros de un modo casi imperceptible.

—Entonces el pasadizo debe de existir, aunque me resulta difícil tragarme semejante tontería.

—¿Qué sabes de eso? —exigió Max. Hacía años, cuando era pequeño, había oído alguna historia sobre un antepasado que había desaparecido y regresado tras sufrir una crisis nerviosa, pero nunca prestó mucha atención, ya que no era tan emocionante como para mantener el interés de un niño pequeño.

Entonces le interesaban mucho más la exploración espacial y las nuevas tecnologías que las historias sobre la Guerra Civil y reyes que llevaban muertos mucho tiempo.

—Lo único que sé es lo que contaba tu padre, y debo admitir que no estaba más interesada entonces de lo que lo estoy ahora.

Parecían los desvaríos de alguna imaginación hiperactiva, pero a tu padre le fascinaba la historia, puesto que la había escuchado muchas veces de niño y había conocido en persona al bribón que la protagonizaba —respondió lady Everly, con una expresión de desdén en su rostro altivo.

—¿Y qué escuchaste exactamente? —insistió Max.

Se le estaba acabando la paciencia. Su madre lo estaba haciendo a propósito, siempre era igual, hablaba con rodeos mientras le sostenía la mirada para evitar contarle una verdad que le resultaba desagradable.

Con los años, Max había aprendido a no consultarle nada y buscar las respuestas por sí mismo, pero en este caso no había nadie más a quien acudir.

De repente, recordó haberla interpelado sobre la mujer con la que había visto a su padre en el pabellón de caza.

Era joven y guapa, y Max se había quedado fascinado por su risa mágica y melodiosa que, al salir flotando a través de la ventana abierta del pabellón, sonaba como el tintineo de unas campanillas.

Su padre también se había reído, algo que no solía hacer en casa muy a menudo.

Lady Everly, sin embargo, le había regañado por deambular por el bosque en lugar de haber estado estudiando y por espiar por las ventanas, una costumbre muy impropia de un futuro lord.

Ni siquiera había reconocido que hubiera una mujer con su padre en el pabellón, ni tampoco volvió a mencionarlo jamás.

Al fin, muerto de curiosidad, Max le había preguntado a su padre, quien le había dado unas palmaditas en la cabeza, le había dicho que era una amiga especial a quien le interesaban mucho los pabellones de caza construidos durante una determinada época y le había pedido que no se lo mencionara a su madre, todo ello mientras le entregaba a hurtadillas un billete de cinco libras.

Aquel episodio había terminado así, pero Max nunca había vuelto a ver a la hermosa mujer, ni tampoco había percibido tensión entre sus padres.

Entonces había pensado lo curioso que resultaba el modo en que los adultos evitaban hablar de las cosas y se había prometido que siempre sería directo y valiente cuando fuera mayor.

Con una punzada repentina, reconoció que no era ninguna de las dos cosas y se volvió hacia su madre, que lo observaba con los ojos entrecerrados .

—¿Y bien? —preguntó Max.

—Un buen día, el hermano menor de tu abuelo desapareció.

Fue justo a principios de siglo y en aquel momento tenía quince años.

Se organizó una partida de búsqueda, pero tras varios días, no se encontró ni rastro del chico.

La familia estaba desconsolada, desesperada por hallar respuestas.

La policía local había concluido que debía de haberse ahogado y la corriente habría arrastrado su cuerpo.

Era verano y Henry iba a nadar casi todos los días, pero aquella vez no regresó.

—Su madre dejó la taza, metiéndose en la historia.

—¿Y qué ocurrió? —preguntó Max, de repente sin aliento. ¿De verdad iba su madre a decirle que el chico había viajado en el tiempo?

—Varios meses después Henry apareció sucio, vestido con harapos y con los brazos y las piernas cubiertos de sangre seca.

Lo que fuera que le hubiera pasado le había afectado al cerebro, no dejaba de parlotear sobre la Guerra Civil y los horrores que había presenciado, pero nadie lo tomó muy en serio: siempre le había interesado la historia, sobre todo aquella maldita guerra, así que el médico de la familia supuso que lo que fuera que hubiera vivido lo había vuelto loco.

Le dieron láudano y lo acostaron. El médico consideró que necesitaba reposo absoluto para recuperarse de su terrible experiencia, pero no fue así, se mantuvo firme en su historia y sus padres se obligaron a aceptar que ya no tenía remedio.

Tras varias semanas, se decidió que Henry debía ser internado en un manicomio donde pudiera tener atención y supervisión médica las veinticuatro horas del día.

—¿Y? —preguntó Max, molesto con su madre por prolongar la historia con el único propósito de atormentarlo.

—Y cuando por fin recuperó parte de su antigua personalidad, recibió el alta y sus padres se ocuparon de cuidarlo.

Llegó a casarse y tuvo una vida exitosa y productiva; pero, después de su muerte, entre sus cosas se encontró un cuaderno en el que describía que en la cripta había atravesado un túnel que lo había llevado al siglo xvii .

Contaba muchas cosas de la Guerra Civil y mencionaba varias batallas clave, los detalles que incluía en su relato no podría haberlos inventado un chico de quince años.

Describía la situación política y social de la época como si la hubiera vivido y no como alguien que simplemente hubiera leído sobre ella.

Como nunca se encontró ninguna explicación razonable sobre dónde había estado, la familia solía bromear con que Henry había viajado en el tiempo —concluyó.

—¿Crees que es posible que estuviera diciendo la verdad? —preguntó Max, cayendo en la cuenta de que estaban hablando del tema con una cierta seriedad.

—Max, ¿has conocido a mucha gente que haya viajado en el tiempo?

—preguntó lady Everly con sarcasmo—. Yo no.

Si fuera posible, estoy segura de que no sería un secreto de familia del que solo se hablara a puerta cerrada por miedo a que los Everly cargaran con el estigma de la locura.

Quizás Neve se haya fugado con alguien. Mucha gente ha fingido su propia desaparición, e incluso su muerte, para tener la oportunidad de empezar de nuevo.

Max dirigió a su madre una mirada de absoluta incredulidad.

—¿Por qué iba a necesitar fingir su propia desaparición? No estaba casada, ni endeudada, ni acusada de un delito grave. Era solo una chica encantadora que hacía su trabajo.

—Olvídate de ella. Cuando oscurezca, coge las llaves y vete a buscar el coche.

Déjalo en el viejo establo que está junto al pabellón de caza del bosque y tápalo.

Nunca va nadie, así que no se les ocurriría buscar allí.

Deja su bolsa de viaje en el coche. Y asegúrate de llevar guantes.

Si Neve Ashley aparece, no habrá ningún problema; pero, si no es así, no tendrá nada que ver con nosotros.

Nuestra mayor prioridad es evitar cualquier indicio de escándalo.

No hay necesidad de arrastrar el apellido Everly por el fango, sobre todo si pretendes meterte en política.

—¿No debería informar a la policía de que he encontrado las cosas de Neve? —preguntó Max, perplejo ante la actitud de su madre.

—Siempre fuiste poco avispado, incluso cuando eras pequeño —lo reprendió—.

Si le cuentas algo a la policía, tu nombre acabará de inmediato en los periódicos.

La gente no recordará tu papel en el asunto, pero sí que tuviste algo que ver con la desaparición de una joven que era tu invitada.

Ya sabes lo sórdida que puede llegar a ser la prensa.

Te acusarán de todo tipo de cosas, aunque lo único que hayas hecho haya sido ser amable con la chica.

Tendrás que someterte al juicio de la opinión pública, que te acusará y te condenará con o sin pruebas.

Deja que la policía haga el trabajo sucio y mantente al margen —concluyó lady Everly, que tocó la campanilla para pedir más té.

En lo que a ella respectaba, la conversación había terminado, y también su implicación con Neve.

Max le dio un sorbo al té, ya tibio, y reflexionó sobre lo que le había contado su madre.

—¿Todavía existe ese cuaderno? —preguntó con indiferencia mientras hojeaba una revista de arquitectura. No quería parecer demasiado impaciente para que su madre no percibiera su interés, pero ella ya estaba pensando en otra cosa.

—Sí, está en el despacho de tu padre. En el cajón de abajo del escritorio, creo —respondió ella, sin levantar la vista siquiera.

Max dio unos cuantos sorbos más, se escabulló de la habitación y subió las escaleras de dos en dos hasta el segundo piso y el despacho de su padre.