El pasaje secreto (La tierra de prodigios 1) Capítulo 18
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Capítulo 18

DIECIOCHO

Max Everly se detuvo un momento para contemplar la extensión de verde campiña que pertenecía a la finca familiar.

El hecho de ser el amo de todo lo que observaba nunca dejaba de alegrarle el corazón.

La propiedad siempre estaba necesitada de fondos, en particular en lo que respectaba a la casa, pero era la tierra lo que otorgaba poder y verdadera riqueza.

Cientos de acres de tierras de cultivo y bosques que habían pertenecido a la familia durante siglos, lo que convertía a los Everly en una de las familias más prominentes de Inglaterra.

Por suerte, tras la misteriosa desaparición de Hugo Everly, su sobrino había heredado las propiedades y, con la ayuda de su madre y el administrador, había llegado al siglo dieciocho.

Clarence había sido un astuto hombre de negocios que no se metía en política y se concentraba en amasar la fortuna de la familia.

Las propiedades de Ernest Hiddleston no se vendieron hasta después de la Primera Guerra Mundial, limitando así el patrimonio de los Everly a Surrey, pero Max estaría eternamente agradecido a su antepasado por transmitirle aquel legado, que nunca le habría pertenecido si Hugo no se hubiera involucrado en la rebelión y acabado muerto en algún lugar.

Max acarició distraído a su perra sin dejar de maravillarse con la belleza que lo rodeaba.

Se había concedido tiempo para divertirse, pero ya era hora de ponerse manos a la obra.

Tenía que casarse, engendrar un heredero y orientarse hacia la política, como habían hecho varios hombres de su familia desde el siglo anterior.

La siguiente vez que quedara libre un escaño en la Cámara de los Comunes, se presentaría como candidato conservador.

Ser diputado le brindaría la influencia política que anhelaba y volvería a situar a los Everly en el mapa.

Al principio, había pensado que Neve no sería la adecuada, pero verla lidiar con llamadas de varias personas mientras se ocupaba de todos los detalles del acuerdo lo había hecho cambiar de opinión.

No quería a una debutante descerebrada que solo se preocupara por la ropa y las vacaciones en la Costa Azul, quería una esposa que sirviera de activo para su carrera política y Neve poseía ciertas cualidades que la harían indispensable.

Podría ser una verdadera compañera, no un mero accesorio que lucir del brazo.

El hecho de que fuera muy guapa y agradable tampoco estaba de más.

Ella podría dirigir su campaña y seguir inspirando a las votantes femeninas, y tal vez incluso persuadir a algunos electores para su causa con su pasado de mujer trabajadora.

A los votantes les gustaban los candidatos que entendían sus problemas, y casarse con una mujer de clase trabajadora solo podía aportar ventajas.

Max sonrió para sí, ansioso por hablar del plan con su madre.

Por una vez, se sentiría orgullosa de él.

Naomi Everly no solía ser cariñosa ni comprensiva, pero estaba muy orgullosa de la familia con la que se había casado y estaba impaciente por ver a su hijo hacer algo con su vida, en lugar de limitarse a disfrutar de sus diversas aficiones y perseguir a chicas guapas.

Llevaba años presionándolo, desesperada por que aceptara al fin la responsabilidad y dedicar su vida a algo que dejara huella, y él necesitaba su apoyo.

Lady Everly sería un activo inestimable para su campaña, utilizaría sus relaciones sociales y su influencia para atraer a posibles simpatizantes y contribuyentes.

La ambición política se alimentaba de un flujo constante de combustible económico, preferiblemente suministrado por la generosidad de un tercero.

El sonido del teléfono en el bolsillo lo sacó de su agradable ensoñación. Era un número desconocido, pero decidió contestar por si fuera importante.

—¿Lord Everly? Soy Lawrence Spellman. Siento molestarle, pero me preguntaba si Neve Ashley seguiría estando con usted esta mañana.

La he llamado al móvil varias veces, pero no contesta.

Verá, teníamos una reunión, pero no ha aparecido.

—El hombre parecía nervioso y no dejaba de parlotear como una niña, pero Max dedicó unos instantes a tranquilizarlo.

A fin de cuentas, necesitaba los estupendos honorarios que le aportaría la empresa cinematográfica, sería mejor que mostrara su cara más amable.

—Lo siento, señor Spellman, pero Neve se fue a Londres ayer por la mañana.

Yo mismo la despedí. Tal vez se haya quedado sin batería, pero no me cabe duda de que aparecerá pronto.

Lo avisaré si se pone en contacto conmigo.

—Max colgó el teléfono y se volvió hacia el pueblo, con ganas de tomarse una pinta.

Cuando llegara, ya sería mediodía, incluso podría comer en el pub , los lunes hacían un pastel de carne muy rico.

Al pensar en comida se le hizo la boca agua.

Tenía hambre después del paseo, pues solo había desayunado una tostada.

No solía comer a primera hora de la mañana, a diferencia de su madre, que llevaba los últimos cuarenta años desayunando lo mismo.

Naomi Everly era una mujer de costumbres y tradiciones, mientras que a su hijo le gustaba un poco de espontaneidad y de libertad personal, algo que ella nunca había entendido.

—Vamos, Tilly. —Max llamó a la perra y emprendió el camino hacia el pueblo.

El animal saltó tras él, presintiendo que se avecinaba una buena comida. A Tilly siempre le daban un buen surtido de sobras mientras su dueño disfrutaba de una o dos horas en el pub , buscando apoyo local.

Tal vez debería preguntar si alguien había visto a Neve.

¿Dónde podría estar? La llamó al móvil, pero saltó el buzón de voz, dejó un breve mensaje y colgó.

Quizás se había quedado dormida y llegaría corriendo a la oficina despeinada y pidiendo disculpas.

A Max le gustaba verla con el pelo revuelto, como cuando el viento se lo alborotaba.

Eso hacía que pareciera más natural y a él le gustaban las mujeres reales, no los especímenes de plástico que solía conocer en fiestas y eventos para recaudar fondos.

Parecía como si se les fuera a agrietar la cara si sonreían con demasiado entusiasmo.

Quería una mujer que riera, que montara a caballo, que se ensuciara las manos y, sobre todo, que estuviera a su altura en la cama.

La idea de acostarse con ella le resultaba muy atractiva, pero la apartó de su mente, invadido de repente por la preocupación.

Dio media vuelta, dobló la esquina y se detuvo frente a la barbería cerrada, con la mirada clavada en el pequeño utilitario azul que estaba aparcado delante.

Sí, sin duda era el coche de Neve. Se acercó y echó un vistazo al interior.

No parecía haber nada raro. ¿Sería posible que hubiera pasado la noche en el pueblo?

Pero ¿para qué? ¿Habría conocido a alguien mientras estaba en Cranleigh?

No parecía probable. Había pasado la mayor parte del tiempo en la mansión y dijo específicamente que se iba a su casa de Londres. ¿Qué hacía entonces su coche allí?

Recorrió la calle arriba y abajo, mirando a través de los escaparates de las tiendas y preguntando a unos cuantos transeúntes si habían visto a una mujer que coincidiera con la descripción de Neve.

Casi una hora más tarde, estaba de vuelta frente al coche sin más información que la que ya tenía.

Neve se había mostrado interesada por la iglesia, pero eso no explicaba en absoluto dónde había estado durante más de veinticuatro horas.

Max decidió dejar la comida para más tarde y se dirigió hacia allí a buen ritmo seguido de Tilly, cuyos tiernos ojos castaños se hallaban repletos de acusación por habérsele negado el almuerzo.

—Vicario, ¿ha visto por casualidad a Neve Ashley? —preguntó cuando el vicario Lambert lo saludó en la nave.

—¿Se refiere a la encantadora joven de la compañía cinematográfica?

Pues no, no la he visto. Estaba terminando el sermón en la sacristía y luego celebré el servicio.

Debo decir que, para gran sorpresa mía, la iglesia estaba casi llena.

Ya sabe lo escasa que ha sido la afluencia en los últimos tiempos, me he llevado una sorpresa muy grata.

Supongo que debe de ser porque estamos en Cuaresma, ¿no cree?

En mi experiencia, la gente siempre se vuelve un poco más devota cuando se acerca la Pascua —explicó, pero la mirada de paciente irritación de Max lo hizo callar—. ¿Ha desaparecido?

—Estoy seguro de que existe una explicación razonable, pero parece que no fue a trabajar esta mañana. Dijo que se iba a casa, a Londres, así que es probable que se haya quedado dormida. —No quiso decirle nada del coche. Tenía motivos para mantenerlo en secreto, pero seguía necesitando información.

—Lord Everly —llamó una joven que había oído su conversación con el vicario y avanzaba hacia él por la nave.

No la conocía, pero parecía ser de allí—.

Ayer estuve aquí con mi madre y mi hermana.

Mi hermana se casa el fin de semana, así que vinimos a concretar los arreglos florales, y vi que una mujer que encaja con la descripción de su amiga bajó a la cripta —dijo la chica, deseosa de ayudar.

—¿La vio volver a salir? —preguntó Max, todavía más confundido.

—No, la verdad es que no. Estuvimos aquí un cuarto de hora más, pero después empezó el servicio y no me fijé si alguien entraba o salía. Como dijo el vicario, la iglesia estaba sorprendentemente llena.

—Gracias por su ayuda —le dijo Max a la mujer mientras se volvía hacia la cripta. No esperaba encontrar a Neve allí un día más tarde, pero aun así tenía que mirar.

Como era de suponer, la cripta estaba vacía.

La luz iluminaba las paredes de piedra y proyectaba sombras en los rincones polvorientos, donde colgaban telarañas en los lugares donde las paredes convergían con el techo.

Max echó un vistazo a su alrededor y se rascó la cabeza.

No, no era posible. Era solo una anécdota familiar, nada más, pensó mientras empezaba a mirar detrás de todos los sarcófagos.

La mera idea resultaba ridícula, pero siguió buscando hasta que encontró la bolsa de viaje detrás de la tumba del caballero.

Abrió la cremallera con manos temblorosas y, al apartar la ropa de Neve, en el fondo encontró su móvil y las llaves del coche.

Sin saber qué hacer, se apoyó con pesadez contra el sarcófago.

Lo racional sería llamar a la policía, pero una investigación por desaparición era lo último que necesitaba en aquel momento.

El rodaje podría cancelarse, con la consiguiente pérdida de los honorarios que ya había destinado a cubrir varios gastos, y la publicación de un escándalo en los periódicos, sobre todo en los de Londres, no sería nada beneficioso para sus futuras aspiraciones políticas.

La gente olvidaría de qué iba la historia, pero recordarían su nombre y lo asociarían con algo sensacionalista y delictivo, aunque él no tuviera nada que ver con lo que le hubiera sucedido a Neve.

Cogió la bolsa, salió de la iglesia a hurtadillas y emprendió el camino de vuelta a la mansión casi al trote.