Capítulo 17 #3
—De modo que no todo es generosidad y caridad por vuestra parte —añadí con sarcasmo, decidida a seguir enfadada con él.
—No, no todo. Pero, por si os interesa saberlo, tengo planes para el pequeño.
—¿Qué tipo de planes? —pregunté horrorizada, de repente preocupada por el bienestar del chico.
—¿Por qué siempre imagináis lo peor? —replicó Hugo irritado—.
¿ Creéis que lo pondré en peligro o lo haré trabajar hasta el agotamiento?
Mi intención es educarlo a su debido tiempo y convertirlo en mi secretario cuando sea mayor.
¿Cuenta eso con vuestra aprobación, señora?
—preguntó con sarcasmo—. Es mucho más de a lo que podría haber aspirado si hubiera crecido como el hijo bastardo de una lavandera.
—Sí, eso es muy amable por vuestra parte —concedí—. ¿Era su madre amiga vuestra? —Ya estaba volviendo a meter la nariz donde no me llamaban, pero sentía mucha curiosidad por aquel hombre y lo que lo motivaba.
Hugo me miró de reojo, sin duda alguna, enojado, ya que no había hecho más que atacarlo y cuestionar sus motivos, y supongo que tenía todo el derecho a estarlo.
Al fin y al cabo, él no había pedido nada de aquello, había sido yo la que había irrumpido en su vida, puesto en duda todo lo que hacía, profetizado su perdición y luego me había enfadado cuando él había hecho lo único verdaderamente lógico al atarme en corto, por si decidía proclamar mis sospechas a los cuatro vientos.
La única persona que merecía mi ira era yo misma y me sentí superada por una furia impotente ante mi propia estupidez e ingenuidad.
Hugo suspiró y se giró hacia mí, con el rostro convertido en una máscara de paciente tolerancia. Quería que las cosas fueran cordiales entre nosotros, decidió ser franco, puede que en contra de su buen criterio.
—Si insistís en saberlo, su madre trabajaba de marmitona cuando era una muchacha.
Cuando tenía unos trece años me creía enamorado de ella y no dejaba de buscar excusas para visitar las cocinas, con lo que casi conseguí que la despidieran por motivar mis atenciones.
Le declaré mi amor y le prometí que me casaría con ella en cuanto alcanzara la mayoría de edad.
Ella tuvo la decencia de no reírse de mí ni contárselo a mi padre, un hombre severo que me habría castigado por olvidar mi papel en la vida.
La posición social era muy importante para él, por lo que pedir matrimonio a una humilde sirvienta se consideraría un escándalo y yo habría recibido la mayor paliza de mi vida .
—¿Compartía ella vuestros sentimientos? —pregunté, intrigada. ¿Qué fregatriz no se sentiría impresionada por el futuro lord Everly, sobre todo siendo tan atractivo como el señor?
—Era unos años mayor que yo, y ya una mujer. Sin embargo, me permitió besarla unas cuantas veces, algo que nunca olvidaré. Fueron algunos de los momentos más felices de mi juventud. —A juzgar por su sonrisa, supuse que eso no fue lo único que le permitió, pero no me atreví a preguntar más.
—¿Y qué le pasó?
—Margaret era una chica obstinada que no se conformaba con dedicarse a servir.
Esperó una oportunidad y, unos años más tarde, se le presentó.
Uno de mis amigos vino de visita, se encaprichó con ella y ella lo siguió a Londres, convencida de que él cumpliría su promesa y cuidaría de ella.
Él se entretuvo con ella un tiempo, pero al final se cansó y dejó de apoyarla económicamente, con lo que Margaret tuvo que arreglárselas sola.
Intentó sobrevivir por su cuenta en Londres, pero un día la vi mendigando en la calle, o más exactamente buscando clientes, enferma y en la indigencia, de modo que la traje de vuelta y la ayudé a recuperarse.
—Supongo que su recién descubierta respetabilidad no duró mucho, ¿no? —pregunté, adivinando lo que se avecinaba.
—No, se juntó con uno de los mozos de cuadra y se quedó encinta, pero resultó que Ned ya estaba casado y no se llevaba bien con su esposa, así que la dejó en casa y se marchó a Londres, donde yo lo había contratado unos años antes. Se fue en cuanto se enteró de que Margaret esperaba un hijo suyo.
—¿Y ese hijo era Jem?
—Sí, Jem. No fue muy buena madre. El niño era una carga con la que no estaba dispuesta a lidiar y que echaba por tierra sus perspectivas de encontrar otro hombre. Hace menos de un año falleció de fiebres . Si queréis saber mi opinión, fue una liberación para ella, aunque su hijo quedó desconsolado.
—Vos aún le teníais aprecio, ¿verdad? —pregunté, al ver que su rostro adquiría una expresión impenetrable.
No respondió, pero ya había contado lo suficiente y agradecí su confianza.
Me había revelado un atisbo de sí mismo y me resultaba más difícil estar enfadada con él cuando se había ocupado de cuidar de un niño que no tenía nada ni a nadie por consideración hacia una mujer que se mostró amable con él cuando él mismo era un niño.
—Es una historia triste. Siento haber sido grosera respecto a Jem —me disculpé—. Tiene suerte de teneros, parece que os aprecia de veras —admití a regañadientes.
—Al igual que yo a él.