El pasaje secreto (La tierra de prodigios 1) Capítulo 17 #2
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Capítulo 17 #2

Los caballos empezaron a abandonar el patio y me sorprendí al ver a un chiquillo que salía corriendo de los establos, se subía al bloque de montar y se lanzaba a la silla de una mula que había estado esperando plácidamente.

No parecía tener más de diez años, pero mostraba una mirada perspicaz que desmentía su edad y unos modales seguros que me hicieron preguntarme quién sería.

A diferencia del resto de los hombres, no iba vestido con ropa de tela hecha en casa, sino con un traje de terciopelo marrón y unas buenas botas de cuero.

Su pelo oscuro y revuelto estaba cubierto por un sombrero que hacía juego con la capa, y a un lado parecía llevar una espada adaptada a su pequeña estatura.

—¡Esperadme! —gritó mientras clavaba los talones en los flancos de la mula.

Nadie le prestó mucha atención aparte de mí, pero yo no podía apartar la vista de aquel hombrecito que tan seguro parecía de su lugar en el séquito de Hugo.

Este se volvió un instante e inclinó su sombrero hacia el pequeño, lo que provocó en el muchacho una sonrisa de felicidad tan pura que no pude evitar sonreír yo también.

Jane se despidió con la mano a través de la ventana mientras nos alejábamos, y su rostro se desvaneció en la niebla apenas unos instantes después de que atravesáramos la verja.

Miré con anhelo hacia a la iglesia, pero Hugo me lanzó una mirada de advertencia que dio al traste con cualquier idea de huir galopando hacia mi santuario a través del campo. No tenía ninguna posibilidad.

Bordeamos el pueblo y, en una media hora, nos encontramos solos en el camino de tierra. Me sorprendió ver un indicador que decía «Cranley» en lugar de «Cranleigh» señalando en dirección al pueblo, pero era bastante habitual que la ortografía cambiara con el tiempo.

—¿Cómo os encontráis esta mañana, señorita Ashley? —preguntó Hugo mientras se situaba a mi lado. Con la peluca y el sombrero de plumas, parecía un extraño—. Espero que los vestidos de Jane hayan sido de vuestro agrado.

—Sí, gracias, son preciosos —respondí distraída.

Estaba tratando de concentrarme en el paisaje por si tenía alguna posibilidad de escapar, pero todo parecía más o menos igual: verde, húmedo y deshabitado en su mayor parte salvo por alguna que otra granja con una chimenea humeante, apenas visible entre los remolinos de niebla.

Hasta los animales parecían deprimidos: las vacas estaban tumbadas en el suelo como enormes rocas marrones y las ovejas balaban con lástima mientras deambulaban en busca de hierba fresca.

—Pasaremos la noche en la casa de sir Benedict Nolan. Es un leal súbdito del rey y un ferviente partidario de su sobrino. Mi intención es averiguar qué lado escogerá cuando deba posicionarse y saber si podemos contar con su apoyo.

No me molesté en preguntar si con «podemos» se refería al duque de Monmouth y a los suyos o al rey; ya sabía la respuesta.

Mi advertencia no había servido de nada para disuadirlo, y una vez más me maldije en silencio por ser una total y absoluta idiota.

El coro de mi cabeza ya había cumplido con su deber y llevaba tiempo callado.

Al igual que Hugo, yo tampoco le había prestado atención cuando me avisó y ahora estaba pagando las consecuencias, como le pasaría a él cuando llegara el momento.

—Podéis cumplir nuestro acuerdo y quedaros conmigo en la casa —continuó— o bien frustrar mis planes y pasar la noche con mis hombres en el pajar.

Vos decidís —añadió con delicadeza, pero era evidente que sabía con exactitud por qué opción me decantaría.

Quedarme en el pajar con tres hombres desconocidos me daba mucho más miedo que pasar la noche con él.

Siempre fui partidaria de elegir lo malo conocido y no lo bueno por conocer, asentí con la cabeza.

Pasé el resto de la mañana cabalgando en silencio, a pesar de los intentos de Hugo por iniciar una conversación, sobre todo después de que ordenara a Archie que me siguiera al bosque cuando necesité un momento de privacidad.

Al final me puse a la altura del niño. Parecía estar bastante cansado, pero se animó en cuanto me acerqué a él, enderezó la espalda y recogió las riendas sueltas mientras se tocaba el ala del sombrero con deferencia.

—Buenos días, señorita Ashley —saludó. Tenía el pelo oscuro y rizado, y unos dulces ojos castaños que parecían enormes en aquella cara pálida, todavía con las mejillas redondas y la nariz chata propias de la primera infancia.

Le faltaban dos dientes delanteros, le estaban saliendo los definitivos y los de leche se le habían caído. Su sonrisa me pareció muy entrañable .

—Buenos días. Creo que no nos han presentado —repliqué con curiosidad.

—Soy Jem, el paje del señor —me informó con orgullo.

—¿Y vives en la mansión, Jem?

—Sí, duermo en las cocinas. Allí se está muy bien y hace calorcito, y la cocinera siempre me da bollos recién salidos del horno cuando me despierto.

—¿Y dónde están tus padres? ¿Trabaja tu madre en la casa?

—Oh, no, señora. Mi madre falleció hace casi un año y mi padre nos abandonó antes de que yo naciera. Soy un bastardo —anunció a la ligera.

—¿Y qué haces para el señor? —pregunté, sintiendo una fuerte afinidad con aquel pequeño que había sufrido mi misma suerte, solo que mucho peor.

Al menos yo tenía un hogar, una cama y un futuro; sin embargo, aquel huérfano dormía en un banco de las cocinas y cuando llegara a la edad adulta no podría aspirar a mucho más que servir en alguna casa.

—Oh, esto y lo otro —respondió con aire misterioso—. Soy una parte in-te-gral de la casa. —Se trabucó con la palabra, pero al final la pronunció bien y me dedicó una sonrisa tan radiante que se me encogió el corazón. Apenas era un niño.

—¿Cuántos años tienes, Jem?

—Acabo de cumplir ocho —contestó, con el pequeño pecho henchido de orgullo—. El señor me regaló esta espada por mi cumpleaños. Solo es de madera pulida, pero me sirve para practicar. Me prometió una espada de verdad cuando aprenda a manejarme bien. Practico todos los días, casi siempre con Archie.

—¿Y te gusta estar al servicio del señor? —pregunté, con la voz cargada de sospecha—. ¿Te paga algo?

—En monedas no, pero me da comida, un techo donde dormir y la ropa que llevo puesta. Eso es más que suficiente. Es un buen amo, de verdad que sí. —El pobre chiquillo parecía tan agradecido que casi me hizo llorar. ¿Qué clase de vida era aquella para un niño pequeño ?

—Bueno, me alegro de haberte conocido, Jem —dije—. Espero que volvamos a hablar.

—No me cabe duda de que lo haremos, señora —respondió, dedicándome una sonrisa descarada. La verdad es que era muy lindo, lo que por alguna razón me encolerizó todavía más.

Clavé los talones en los costados de mi yegua y la insté a ir un poco más rápido hasta situarme a la cabeza de la comitiva.

—¿De verdad necesitáis un paje de ocho años? —le pregunté a Hugo con enfado mientras él reducía la marcha y esperaba a que me pusiera a su altura.

Las cejas le desaparecieron por un instante bajo el ala del sombrero. Parecía ofendido por la pregunta, pero recompuso enseguida sus facciones hasta mostrar una máscara inexpresiva y me respondió en un tono extremadamente paciente y cortés.

—No, pero de todas formas tengo uno.

Su arrogancia hizo que me enfureciera, aunque supongo que ese era el objetivo.

—Ese niño debería estar en la escuela —repliqué, dándome cuenta al instante de mi error. No había escuelas, y mucho menos para niños como Jem. Incluso era un afortunado por tener un lugar donde vivir.

—¿Escuela? —preguntó, escandalizado—. ¿Qué clase de escuela?

—No tiene importancia —murmuré. Me sentía completamente estúpida—. ¿Por qué lo tenéis con vos? No es más que un niño pequeño.

—Sí, lo es, y necesita mi protección. Es un huérfano sin familiares que lo cuiden.

Lo acogí por su propio bien. —Parecía a la defensiva, pero yo no estaba dispuesta a dejar de estar enfadada con él.

Jem no era en absoluto lo único que me molestaba, pero sí era la única cosa por la que podía reprenderlo de forma razonable.

—¿Por qué? —demandé.

—Porque tenía a su madre en muy alta estima —respondió Hugo con una pequeña sonrisa que sugería multitud de pecados.

—¿Acaso es…? —le espeté, pero se limitó a negar con la cabeza .

—¿Si es mi vástago, queréis decir? —preguntó.

Divertido, las comisuras de los ojos se le arrugaron y la boca le tembló al tratar de no sonreír.

Se estaba riendo de mí y de mi indignación, y me invadió el deseo de darle una patada en la espinilla; pero desafortunadamente los dos íbamos a caballo, así que tuve que descartar la idea.

—¿Y bien? —insistí, insegura de si quería saber de verdad la respuesta. Hugo no sería el primer señor que dejara embarazada a una sirvienta o a una chica del pueblo. Supuse que el hecho de que al menos asumiera cierta responsabilidad sobre el niño lo honraba, pero eso no lo absolvía por completo.

—No, señorita Ashley, no es hijo mío. Es solo un niño que necesitaba un hogar.

Y, para responder a la siguiente pregunta, si me limitara a acogerlo sin ofrecerle un empleo, las madres desesperadas de la parroquia abandonarían a todos sus bastardos en mi puerta con la esperanza de que yo los cuidara.

Además, Jem necesita sentirse útil e importante y ser paje le da un propósito y la sensación de que ha conseguido algo, así que todos salimos ganando.

—¿Por eso viene con nosotros? ¿Para darle la sensación de que ha conseguido algo? —pregunté, asombrada de que permitiera que nos acompañara. A juzgar por la cantidad de armamento que llevábamos, él creía que podría haber algún peligro y no lo pensó dos veces antes de poner en riesgo al niño.

—Jem tiene su utilidad —explicó Hugo—. La gente tiende a hablar libremente delante de los chiquillos, de hecho muchas veces se olvidan de su presencia. Él recopila todo tipo de información y después me la transmite muy feliz.