El pasaje secreto (La tierra de prodigios 1) Capítulo 17
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Capítulo 17

DIECISIETE

Pasé la noche dando vueltas en la cama, con la mente agitada buscando una salida al aprieto en que me encontraba.

Tendría una oportunidad para alejarme de Hugo cuando partiéramos por la mañana, pero, si fracasaba, mis posibilidades de escapar disminuirían con la distancia.

No tenía dinero ni manera de volver a la iglesia excepto a pie y, cuanto más nos apartáramos de Everly Manor, más difícil me resultaría encontrar el camino de regreso y evitar a Hugo, que podría alcanzarme en cuestión de minutos montando a caballo.

De madrugada me quedé dormida de puro agotamiento, pero me desperté cuando la puerta se abrió para dar paso al rostro amargado de la criada, que me traía agua caliente para lavarme.

No dijo nada, pero su conducta rezumaba desprecio, y me pregunté por qué estaría tan predispuesta en mi contra cuando antes había parecido más o menos educada.

Tal vez hubiera escuchado algo, pero no veía por qué debería importarle eso a ella, yo era una extraña que estaba a punto de partir y que lo más probable es que nunca regresara, ¿a qué venía aquella repentina hostilidad?

—Buenos días —me aventuré a decir, pero la muchacha se limitó a resoplar y se fue dando un portazo .

A falta de cepillo de dientes, me enjuagué la boca, me lavé la cara y las manos y me peiné con el cepillo que me había dejado.

Hugo había mencionado los vestidos de Jane y tenía la esperanza de que no esperaran que fuera a probármelos, ya que llevaba mi propia ropa interior, que llamaría la atención.

Estaba a punto de salir de la habitación cuando la misma muchacha huraña regresó con los brazos llenos de ropa y prendas íntimas.

Había un montón de piezas sueltas debido a la cantidad de capas que cubrían a una mujer bien vestida y la criada las dejó caer todas sobre la cama y empezó a clasificarlas.

Su actitud había mejorado bastante, ya que Jane se hallaba justo detrás de ella con el ceño fruncido.

No estaba segura de qué le habría dicho Hugo, pero si ella supiera lo que yo le había contado a él la noche anterior, no tendría demasiadas ganas de ayudarme.

—Buen día —saludó sin preámbulos—. Hugo me ha pedido que os prestara algunos vestidos y otros artículos necesarios para el viaje.

Parece bastante interesado en vos —añadió, mirándome con asombro, como si intentara entender qué había en mí que tanto cautivara a su hermano—.

Nunca lo he visto actuar de forma imprudente en lo que respecta a las mujeres, pero parece que no desea separarse de vos.

—Su sonrisa le transformó el rostro, lo que me hizo recordar lo hermosa que era cuando la había visto en mi sueño.

Al fin y al cabo, Hugo no le había contado la verdad .

Le había hecho creer que de verdad iba a ser su querida.

No podía imaginar siquiera lo que Jane estaría pensando de mí en ese momento, pero no tenía ganas de descifrar sus sentimientos.

Ya tenía suficientes problemas, y que me vieran como una ramera no era uno de ellos.

—Espero que os gusten los vestidos, aunque puede que estén algo pasados de moda. Desde que Ernest enfermó no he vuelto a hacerme ropa.

—Son preciosos, Jane, sobre todo este. —Levanté un vestido de seda de un bellísimo tono verde musgo.

La tela brillaba bajo la temprana luz de la mañana, el color hacía ondas, como el agua en un estanque en calma, y la seda producía una vibración casi imperceptible con insinuaciones de opulencia y seducción.

Estaba bordado con un patrón de delicadas flores doradas de centros rojos y las mangas amplias cortadas se habían adornado con oro y acentuado con cintas de un carmesí intenso que resaltaba el rojo de las flores.

Supuse que debajo de la sobrefalda se llevaría una enagua decorativa, posiblemente en un tono crema u ocre.

El vestido venía acompañado de unos zapatos cortesanos de terciopelo rojo y Jane me entregó con timidez un estuche que contenía un collar de rubíes con pendientes a juego.

—Hugo dijo que tendríais que estar espléndida —explicó—. ¿Os gustaría probároslos?

—Jane, no puedo aceptar esto —dije, avergonzada por su generosidad—. Son una auténtica preciosidad.

—De momento no voy a necesitarlas, y sé que me las devolveréis cuando regreséis. Además, quiero que estéis lo más hermosa posible para mi hermano.

La doncella parecía a punto de vomitar, pero la ignoré y eché un vistazo a los demás vestidos.

No sería la primera que sintiera algo por su señor y Hugo era guapo, de eso no cabía duda.

Además, yo no tenía intenciones hacia él, pero no podía decírselo, y menos delante de Jane.

Hugo tenía sus motivos para no contarle la verdad a su hermana y no iba a ser yo quien la sacara de su error.

Si quería que Jane pensara que era su querida, tendría que ser él quien le explicara las cosas cuando yo desapareciera de sus vidas.

Mientras tanto, necesitaba descifrar las complejidades de un ajuar del siglo xvii .

Algunos vestidos venían en varias piezas: el corpiño separado de las mangas y la falda sobre una falda interior de distinto color y tejido.

Había medias de seda de diversos colores, varias camisas, un petillo bordado y un tocado a la fontange para llevar en lugares que, con suerte, tuvieran las puertas altas si no quería que saliera volando, ya que se elevaba varios centímetros por encima de la cabeza.

Esperaba no necesitar ninguna de aquellas cosas, ya que intentaría salir corriendo hacia la iglesia en cuanto pusiera un pie en el exterior.

Mis esperanzas de huir se desvanecieron en el momento en que pisé el patio.

Había supuesto que Hugo y yo viajaríamos solos, pero el lugar rebosaba de actividad.

Ya había varios caballos ensillados, tres de ellos cargados con pesadas alforjas, y varios hombres concluían los preparativos mientras charlaban alegremente.

No pude evitar darme cuenta de que iban armados hasta las trancas y eran, en contra de lo esperado, muy corpulentos, seguro que ese sería el motivo por el que Hugo los había elegido para acompañarlo.

Varios perros ladraban a la altura de sus tobillos, poniendo nerviosos a los caballos y llenando el patio de una cacofonía de sonidos.

La lluvia había cesado, pero una niebla espesa se arremolinaba en torno al suelo, lo que hacía que todo pareciera envuelto en algodón.

Todas las superficies estaban resbaladizas por la humedad y grandes charcos resplandecían en el patio embarrado.

La doncella, que se llamaba Liza, salió y llamó a uno de los hombres para que fuera a buscar mi equipaje, no sin lanzarme una mirada de desprecio antes de desaparecer en el interior y dejarme de pie sola en los escalones.

Mis ojos se inundaron de lágrimas de frustración al sentir que mis esperanzas se desvanecían, pero no quería que Hugo me viera llorar.

Sentiría lástima por mí o pensaría que era una llorona, pero ninguna de las dos cosas lo haría cambiar de opinión respecto a llevarme con él.

Hugo salió con calma de la casa, iba vestido con ropa de viaje y un tahalí profusamente decorado sobre el hombro derecho que sujetaba la espada que portaba sobre la cadera izquierda.

El hecho de que él también sintiera la necesidad de ir armado resultaba todavía más inquietante. ¿Adónde iba a llevarme?

Me dedicó una elaborada reverencia y al levantar la vista sonrió con un claro mensaje en los ojos: recuerda nuestro acuerdo y juega el papel que te corresponde.

—Señorita Ashley, permitidme presentaros a Archie Hicks, Arnold Sullivan y Peter Yates. Nos acompañarán en el viaje —añadió a modo de explicación.

Los tres hombres me hicieron una reverencia y murmuraron: «Buenos días, señorita Ashley».

Se mostraban respetuosos, por lo que supuse que, al igual que a Jane, les habrían dicho que era la querida de su señor.

Con ayuda de Peter Yates, monté en la yegua que me habían asignado y le di unas palmaditas en el suave cuello castaño, esperando que nos lleváramos bien.

Menos mal que sabía montar a caballo, pero hacía siglos que no practicaba y la perspectiva de pasar días en la silla me hizo desear una vez más no haber seguido nunca mi instinto de regresar al pasado.

Mientras los hombres acababan de prepararlo todo y montaban en sus propios caballos, tuve la oportunidad de estudiarlos de cerca.

Arnold y Peter andarían alrededor de los cuarenta, eran altos para los estándares del siglo xvii , fornidos, morenos, de pelo y ojos oscuros y barbas pobladas.

Me pareció notar un cierto parecido entre ambos, pero tenían apellidos diferentes, quizá fueran primos.

Sus expresiones no mostraban gran cosa: tenían la vista fija en la tarea que les ocupaba y sus movimientos eran medidos y deliberados.

Archie, sin embargo, era harina de otro costal.

Tenía unos veintipico años y unos ojos brillantes y curiosos del color del cielo de verano, además de una mata de cabello pelirrojo a juego con las pecas que le salpicaban la nariz.

Supuse que sería popular entre las chicas del pueblo, si es que alguna no lo había atrapado aún.

Peter y Arnold evitaron mirarme después de las presentaciones, pero Archie me estudió con cierto descaro y me dedicó una sonrisa traviesa cuando le devolví la mirada. Se tocó el ala del sombrero con un gesto tan exageradamente caballeroso que me pregunté si se estaría riendo de mí.