El pasaje secreto (La tierra de prodigios 1) Capítulo 16 #3
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Capítulo 16 #3

Hugo dejó de masticar un momento y reflexionó sobre lo que acababa de preguntarle.

Noté que se debatía entre hablar sobre aquello que era tan importante para él o guardárselo para sí.

Su expresión delataba emociones encontradas, pero al final tomó una decisión y asintió, casi para sí mismo.

Supongo que no iba a contarme nada que la mayoría de la gente no supiera ya, pero se incriminaría a sí mismo, algo que técnicamente ya había hecho.

—Conocí a Monmouth en la Corte cuando llegó de Holanda.

Por aquel entonces era tan solo James Crofts, hasta que su padre lo nombró duque.

Debo admitir que me cayó en gracia y nos hicimos amigos enseguida.

Ambos habíamos perdido a nuestras madres, aunque yo todavía recordaba a la mía, ya que falleció poco después de que naciera Jane.

No obstante, él nunca conoció a la suya, y fue criado por los padres adoptivos que eligió su padre, el rey.

Era inteligente, ingenioso y tenía un gran sentido de la aventura y del humor.

Pasamos muchas horas juntos explorando Whitehall e intentando flirtear con las damas de la Corte.

Mi padre pasaba allí mucho tiempo, así que veía a James con bastante frecuencia.

—Hugo se quedó en silencio al recordar aquellos días felices en los que la política no regía su vida.

Por aquel entonces solo era un adolescente que se divertía y se convertía en hombre en uno de los escenarios más grandes del mundo.

—¿Y qué cambió? —pregunté.

—Titus Oates. Estoy seguro de que lo recordáis.

En 1679, vino a advertir al rey de un supuesto complot papista en su contra.

No tenía ningún sentido, pero desencadenó una histeria colectiva contra los católicos, que era exactamente lo que Oates y sus seguidores esperaban.

El descubrimiento de que el hermano del rey era católico instigó incluso a quienes anteriormente habían sido tolerantes con ellos y el monarca se vio sometido a una gran presión para reprimir la oleada de miedo.

Se pidió a católicos prominentes que abandonaran sus cargos y la Declaración de Indulgencia, que protegía los derechos de los no protestantes, quedó anulada.

Muchos de los contemporáneos y amigos de mi padre fueron destituidos.

Por aquel entonces, él ya hacía tiempo que había fallecido, pero lo que estaba ocurriendo en el país le habría horrorizado.

—Hugo me miró desde el otro lado de la mesa para comprobar si seguía su historia.

Yo ya conocía todos aquellos sucesos, pero ahora me encontraba ante alguien a quien le habían afectado directamente.

—Aún no entiendo por qué apoyáis a Monmouth —me arriesgué a decir, consciente de que hasta entonces apenas me había contado algo que yo misma no supiera, viniendo supuestamente del Londres del siglo xvii .

Hugo encogió levemente los hombros, dejando de lado la prudencia a medida que se entusiasmaba con el tema.

—Dios ordena la sucesión del rey y Jacobo era el siguiente en la línea, ya que Carlos II no tenía hijos legítimos, y nadie lo cuestionaría si no fuera por sus creencias religiosas.

Del mismo modo, el futuro hijo de Jacobo es el siguiente en la línea al trono, sea católico o no.

Sin embargo, muchos apoyan a Monmouth y creen que tiene derecho a gobernar.

Si Jacobo hubiera sido protestante, no tolerarían esta anarquía, pero esa gente es ignorante, está desesperada y quiere ver a un protestante en el trono a toda costa, aunque sea un bastardo.

Mientras el duque de Monmouth siga vivo, siempre habrá conspiraciones para asesinar a Jacobo y a su descendencia.

Seguí mirándolo, intentando descubrir cuál era su papel en todo aquello. Si era católico, ¿por qué iba a querer ayudar a Monmouth a rebelarse contra un rey de su misma religión? Algo se me escapaba.

—No lo entiendo —admití, y Hugo me dedicó una sonrisa.

—Vos misma dijisteis que Monmouth no dispone de los recursos ni del apoyo necesarios para organizar con éxito una rebelión y, cuanto más espere, más apoyo conseguirá, sobre todo si Jacobo tiene un hijo.

Por eso hay quienes queremos verlo intentar hacerse con la corona cuanto antes, y fracasar.

Entonces el rey Jacobo no tendrá más remedio que enviar al ejército para contener la rebelión y Monmouth será derrotado de una vez por todas, con lo que se sofocarán sus ambiciones y sus partidarios acabarán en el patíbulo o bien caerán en desgracia.

El fracaso de Monmouth y su posterior ejecución por traición darán fin a la caza de brujas contra Jacobo y lo dejarán gobernar en paz como monarca católico, y con suerte asegurará pronto su sucesión .

—¿Y no os remuerde la conciencia llevar a vuestro amigo al patíbulo? —Intenté que no hubiera desdén en mi voz, pero no pude evitarlo. A fin de cuentas, Hugo hablaba de forma muy fría sobre la ejecución por traición del duque de Monmouth.

Me complació ver que sus ojos se velaban al sentir toda la fuerza de mi acusación.

Bajó la cabeza un momento, ya fuera para ordenar sus pensamientos o para reflexionar sobre la mejor forma de reprenderme.

Guardó silencio un instante y, cuando alzó la vista de nuevo, percibí auténtica tristeza en su mirada.

—No quiero verlo muerto —respondió en voz baja—.

Quiero que viva hasta una edad avanzada, a ser posible en Holanda, y que fallezca en su cama rodeado de sus seres queridos, pero mientras albergue la ambición de usurparle el trono al rey legítimo, corre el riesgo de perder la vida.

Su padre le dijo que nunca llegaría a reinar y que debería ser feliz con lo que posee, pero su codicia no tiene límites y no descansará hasta conseguir lo que anhela o morir en el intento.

El instrumento de su destrucción no seré yo, sino él mismo.

Incliné la cabeza, aceptando su respuesta. Por supuesto, tenía razón; la intención del duque de Monmouth era llegar al trono y, con Hugo o sin él, su destino estaba sellado.

—Entonces, suponiendo que vuestros planes salgan bien y Monmouth deje de ser una amenaza para el rey, ¿qué pasa con que Guillermo y María sean invitados a reinar? —pregunté, odiando acabar con sus esperanzas de forma tan despiadada.

—Puede que el pueblo no quiera un monarca católico, pero Jacobo es inglés y descendiente directo de los Estuardo, mientras que Guillermo es extranjero.

No creo que haya tanta gente como pensáis que acepte de buen grado que sea el próximo rey.

Si Jacobo gobierna el tiempo suficiente para demostrar que es un monarca bueno y justo, acabarán por aceptarlo y dejarán de temer su asociación con Roma.

En este país hay demasiados protestantes como para que Jacobo impulse de verdad el regreso del país al catolicismo, que es lo que temen.

Solo necesita tiempo para demostrar que no será un tirano como María Tudor, ni que los tachará a todos de herejes dignos de arder en los fuegos del infierno.

—¿Y vos? ¿Creéis que son herejes? —pregunté, con la necesidad de averiguar exactamente hasta qué punto llegaba su propio fanatismo. Hasta el momento, su explicación parecía muy racional, pero muchos fanáticos religiosos se las arreglaban para parecer a veces racionales.

—No, por supuesto que no. Creo que cada uno debería practicar su fe como le parezca conveniente. Todos somos súbditos del mismo Dios, ¿no es así? Pero temo que, si Jacobo es depuesto, los católicos de este país tendrán un futuro muy negro, y no estoy dispuesto a vivir con ello.

—Puede que no tengáis la oportunidad de hacerlo. Como partidario de Monmouth, también os tacharán de traidor —le recordé.

—Es un riesgo que estoy dispuesto a asumir —respondió Hugo, y su rostro adoptó una expresión hermética. No quería seguir hablando del tema, y no lo culpaba. Había tenido la esperanza de distraerlo para que no pusiera en duda mi historia, pero no era de los que dejaban pasar las cosas.

—Bueno, basta de hablar de mí —anunció de forma tajante—. Creo que me he ganado el derecho de haceros unas cuantas preguntas. ¿De dónde sois, señorita Ashley, y qué os trajo aquí? —preguntó de repente, entrecerrando los ojos lo justo para ponerme en guardia.

—De Londres. —«Cíñete todo lo posible a la verdad si quieres que se crean tu mentira», me dije.

—¿Y por qué habéis venido aquí? —indagó él.

—Temía por mi vida, de modo que hui y me refugié en la iglesia —se lo confié con la esperanza de que me creyera y dejara de interrogarme.

Mi «Visión», tal como la llamaban, sería suficiente motivo para meterme en líos en Londres, así que quizás Hugo aceptara que había tenido problemas con alguien a quien no le había gustado mi profecía.

—¿Y qué estabais haciendo en mi camino aquel día? —continuó él, todavía suspicaz .

—No me quedaba dinero y esperaba pedir algo de comida en vuestras cocinas. Tenía hambre —respondí.

—Y yo casi os mato, y a continuación os ataqué y os encerré en un aposento sin nada que comer, después de que pusierais en riesgo vuestra seguridad para venir a advertirme de lo que habíais visto.

—Hugo parecía sinceramente arrepentido y me sentí algo más benévola.

Tal vez no fuera tan malo después de todo.

Yo sabía de qué iba la cosa, pero él no, y dada su situación, toda precaución era poca.

—No tiene importancia. Debería haberos dicho la verdad desde el principio, pero me asusté.

Me gustaría volver a la iglesia por la mañana —añadí, con la esperanza de que no se opusiera a que pasara allí la noche.

La lluvia azotaba las ventanas y el viento aullaba con tal ferocidad que hacía traquetear los postigos, parecía como si alguien estuviera gimiendo y llorando durante la noche.

Unas cuantas horas más no supondrían nada y, tras mi calvario, me sentía emocionalmente exhausta—. Gracias por la cena.