Capítulo 16 #2
—¿Cómo lo sabéis? —repitió. Tenía los puños apretados, pero hizo un esfuerzo consciente por relajarlos y apoyar las manos en la mesa con las palmas hacia abajo antes de mirarme de nuevo a los ojos—.
Os ruego que no tengáis miedo, no os lo tendré en cuenta, pero realmente necesito saberlo.
—Hablaba en un tono suave y zalamero, pero yo tenía la firme sospecha de que, si me negaba a decírselo, emplearía otros métodos para sacarme la información.
—Poseo la Visión. —Eso era lo único que se me había ocurrido para transmitirle el mensaje sin decir que venía del futuro.
Si hubiera sido hombre, podría haberle dicho que era adivino o astrólogo, capaz de predecir el futuro mirando las estrellas o interpretando signos propicios enviados por los cielos, pero, como mujer, no me quedaban muchas opciones.
La mayoría de la gente de la época creía en el don de la Visión, que consideraban más frecuente entre las mujeres.
Sin embargo, la línea que separaba a las videntes y las brujas era muy fina, y esa diferencia podría costarme la vida.
Acusar a alguien de brujería era la forma más fácil de asegurarse de que se le declarara culpable, y muchas veces alimentaba la histeria supersticiosa que con tanta facilidad ha perpetuado la Iglesia, sobre todo cuando los feligreses empezaron a cuestionarse el modo de actuar del clero y a protestar por las sanciones impuestas por no asistir a la iglesia.
El miedo era una gran herramienta para mantener a raya a las masas ignorantes, se invocaba con demasiada facilidad cuando había que dar una lección, y entonces la presencia del diablo se descubría justo a tiempo.
La Iglesia había ideado una forma práctica de detectar la brujería que aseguraba que la acusada resultara siempre culpable: ataban las manos y los pies de la víctima y la arrojaban al agua, si flotaba, era bruja y, si se ahogaba, no.
En cualquier caso, la mujer moría, la única diferencia era que fallecía ahogada en lugar de quemada, supongo que sería preferible si hay que elegir una forma de morir.
La idea de que me quemaran viva fue suficiente para sentir un hormigueo en el cuero cabelludo y que el corazón empezara a latirme de forma incontrolable, pero aparté ese pensamiento con la firme convicción de que nunca se llegaría a ese extremo.
Hugo se quedó sentado en silencio durante unos minutos, sin dejar de mirarme fijamente, pero en su mente vio algo que le provocó un temblor en la mano, así que la retiró a toda prisa de la mesa y volvió a centrar la vista en mí.
—Agradezco vuestra preocupación, pero no puedo fiarme sin más de su palabra. ¿Podéis decirme algo que demuestre que tenéis realmente el don de la Visión?
Sabía que pediría algo, así que decidí utilizar mi mejor baza, lo único que sabía que le convencería.
—Puedo deciros que Clarence no fue engendrado por el esposo de Jane y que será vuestro heredero si a vos os sucediera algo. El año pasado redactasteis un documento a tal efecto, seguramente antes de uniros a la causa de Monmouth. Conocíais los riesgos y queríais dejar en orden vuestros asuntos.
Él siguió mirándome fijamente, como si de repente me hubiera revelado como algún tipo de criatura sobrenatural, aunque supongo que para él lo era.
¿Habría cometido un error y habría ido demasiado lejos?
¿Y si me entregaba a la Iglesia o a las autoridades?
De repente, el miedo volvió a invadirme, aparté la vista y, ya sin apetito, empecé a mover la comida por el plato.
El exterior estaba por completo a oscuras y la lluvia caía incesante, con su ritmo tranquilizador repiqueteando contra las ventanas con parteluces.
Lo más seguro es que la iglesia estuviera cerrada por la noche, no podría escapar hasta el día siguiente.
Había puesto en riesgo mi seguridad y ahora estaba atrapada en aquella casa como mínimo hasta la mañana, a merced de un hombre que parecía a punto de explotar.
Hugo respiró hondo, bebió un trago de vino para calmarse y me miró desde el otro lado de la mesa, tratando de ocultar su ira bajo una apariencia tranquila.
—Tenéis razón en ambas cosas, aunque vuestra Visión es en cierto modo defectuosa. Hay algo que desconocéis —comentó.
—¿Como qué? —Sabía que lo de la rebelión era cierto, así que, ¿ habría malinterpretado la situación con Jane? ¿Habría sido mi sueño una invención de mi mente?
—Eso no tiene importancia. Lo que sí importa es que puede que tengáis razón y os agradezco que os preocupéis por mi bienestar. Trataré de no perder la cabeza —respondió con una sonrisa triste—, aunque no puedo asegurarlo.
—Hugo, no lo hagáis —supliqué, asustada de súbito por él—. Monmouth no tiene derecho legítimo al trono, ni tampoco cuenta con el número de hombres necesario para organizar una rebelión como Dios manda. Si este país quiere un monarca protestante, tendrá uno muy pronto. —Eso le llamó la atención.
—¿Qué? ¿Cómo? —Había empalidecido y los ojos casi se le salían de las órbitas.
Me detuve y lo miré con detenimiento, cayendo por fin en la cuenta: Hugo era católico y no quería un rey protestante. Lo que estuviera haciendo con Monmouth no era tan sencillo como parecía, y yo me había equivocado por no saber apenas nada del hombre ni de su causa.
—Ay, Dios. Lo he entendido todo al revés, ¿cierto? —susurré.
—¿Qué va a pasarle al rey Jacobo? —preguntó.
No podía parar ahora, así que le conté todo lo demás con la esperanza de que me creyera.
—El rey Jacobo y su esposa tendrán un hijo varón en 1688, lo que asegurará una sucesión católica, algo inaceptable para la mayoría protestante.
Los nobles conspirarán para animar a que María, la hija de Jacobo, y su esposo Guillermo de Orange invadan Inglaterra.
—Sentí que me escocían los ojos por las lágrimas al ver la expresión de Hugo, estaba desconsolado y yo había sido la causante.
Tal vez habría sido mejor que se enterara de todo por sí mismo, o quizá nunca lo habría hecho si moría aquel año, habría pensado que Jacobo seguiría gobernando y que moría por una noble causa.
—¿Y el rey Jacobo? —preguntó Hugo al fin.
—El rey Jacobo pasará el resto de su vida en Francia y se lo conocerá como «El Pretendiente». Su hijo intentará recuperar el trono, pero nunca volverá a haber un Estuardo ni un rey católico.
Hugo se sirvió otra copa de vino y se la bebió de un solo trago, con el rostro todavía tan blanco como el mantel, ahora manchado con varias gotas carmesí que empapaban la tela y se extendían como sangre derramada.
Deseé no haber venido ni hablado nunca. Acababa de destruir al hombre al que había estado intentando ayudar.
Me sentí fatal y asustada, se me encogieron las entrañas, el estómago me ardía y la bilis me subió por el esófago en una oleada de dolor punzante.
No podía respirar y me empezaron a temblar las piernas ante la magnitud de lo que le había provocado a Hugo Everly, pero sobre todo a mí misma.
—Hugo, lo siento muchísimo —tartamudeé—. No era mi intención causaros dolor. Creí que os estaba ayudando. —«Y el camino al infierno está pavimentado de buenas intenciones», pensé para mis adentros. ¿Por qué no podría haberme ocupado de mis propios asuntos y dejar que la historia siguiera su curso?
—Lo mismo le ocurría a Casandra de Troya —dijo él con una débil sonrisa—. Vos no tenéis la culpa, es solo que estoy algo sorprendido. Imagino que por eso no estamos destinados a conocer nuestro futuro.
Se quedó en silencio, con la mirada perdida en algo que se hallaba por encima de mi hombro derecho.
Claramente estaba pensando, sopesando, especulando y buscando un atisbo de esperanza en mi profecía.
Tal vez no me castigaría por las noticias que le había dado y quizá me había precipitado al dejarme invadir por el pánico.
Empecé a respirar con calma, obligando a mi cuerpo a que se relajara.
Me quedé un tanto sorprendida cuando la mirada de Hugo se iluminó, el color regresó a su rostro y de pronto empezó a comer de nuevo.
—Parece que os habéis recuperado de forma milagrosa —comenté, asombrada por el cambio en su actitud, que resultaba muy tranquilizador. Tal vez no todo estuviera perdido .
—Solo estaba pensando —replicó él— que si hago caso de vuestra advertencia, puedo cambiar mi futuro. Puedo tomar un barco hasta Francia, por ejemplo, y estar lejos de Inglaterra cuando Monmouth lance su ofensiva final, y así salvaré mi vida y dejaré que la historia siga su curso.
—¿Es eso lo que vais a hacer? —pregunté, con la esperanza de que así fuera. Quizás mi advertencia no hubiera sido en vano después de todo.
—Por supuesto que no, pero, si puedo cambiar el rumbo de mi vida, entonces es posible que se pueda cambiar el futuro.
Lo que veis es una versión de los hechos.
Tal vez las cosas sucedan tal como decís, pero si un hombre puede hacer algo para cambiar el presente, con el tiempo la visión del futuro también podría cambiar en consecuencia.
—Parecía muy complacido con su deducción y le dio un sorbo al vino mientras me sonreía mirándome a los ojos.
—El futuro no puede cambiarse, Hugo.
—Tal vez no, pero de todas formas hay que intentarlo.
¿Qué sugerís, que me atrinchere en la casa y espere a que todo esto pase?
La vida es algo más que estar a salvo, también consiste en seguir a tu conciencia y luchar por lo que crees.
Mi vida no valdrá nada si escojo la seguridad en lugar de mis convicciones.
—Bien dicho —coincidí—, si lo que queréis es ser un mártir.
—No tengo ninguna intención de convertirme en mártir, creedme. Seguiré el camino que he elegido, pero tendré en cuenta vuestras palabras. No deseo echar mi vida por la borda, si es lo que pensáis.
—Me alegra oírlo. ¿Y en qué favorece a vuestros objetivos apoyar a Monmouth? Sois católico, ¿me equivoco? Entonces, ¿por qué ayudáis a un bastardo protestante a rebelarse contra el legítimo heredero al trono, que además resulta ser católico?