El pasaje secreto (La tierra de prodigios 1) Capítulo 16
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Capítulo 16

DIECISÉIS

Tras casi cuatro horas deambulando de un lado para otro, caí agotada en la cama, me subí la colcha hasta la barbilla y apoyé la cabeza en la almohada.

La mañana de niebla había dado paso a una tarde lluviosa, en la que el diluvio parecía aumentar por horas y sumía la habitación en una penumbra casi impenetrable.

No habían encendido el fuego y el cuarto estaba frío y húmedo, lo que me hizo agradecer el calor que empezó a propagarse por mi cuerpo gracias al edredón de plumas de ganso.

Los cortinajes de la cama me protegían en gran medida de las corrientes y me encontraba a gusto en mi pequeño escondite, aunque no demasiado contenta, tenía hambre y sed, y estaba furiosa, pero, sobre todo, tenía miedo.

La mirada asesina de Hugo al arrojarme sobre la cama hizo que en ese momento creyera de verdad que iba a hacerme daño.

Había parecido haberlo reconsiderado, pero eso no significaba que no fuera a hacerlo.

¿Por qué estaba tan enfadado? Vale, me había ido sin despedirme, pero eso no merecía semejante castigo.

También había mentido sobre mi identidad y podía entender que eso lo enfureciera, pero ¿lo suficiente como para encerrarme?

Gracias a Dios que había una bacinilla de porcelana debajo de la cama o ya habría estallado, aunque no es que me resultara cómodo ponerme en cuclillas sobre ella mientras me sujetaba la falda.

Varios dormitorios disponían de letrina en el armario, pero no era el caso del mío, que se utilizaba principalmente como habitación de invitados.

Debía de haberme equivocado respecto a Hugo: el hombre galante que me había llevado en brazos y cuidado hacía una semana era un completo bruto que no merecía que me preocupara por él.

Tarde o temprano tendría que dejarme salir y entonces me marcharía de esta casa y olvidaría que alguna vez había conocido al maldito Hugo Everly.

Qué estúpida había sido al arriesgar mi propio bienestar para venir a avisarlo.

Ese había sido siempre mi problema con los hombres, anteponer sus necesidades a las mías.

Lo había hecho con Evan durante años y al final se había portado muy mal conmigo, como siempre supe que acabaría haciendo.

Max quería cuidarme, debería dejar que lo hiciera en lugar de intentar demostrar que era una mujer independiente que podía valerse por sí misma.

Cuanto más pensaba en la situación, más ansiosa y asustada me sentía, me estiré en la cama con los brazos a ambos lados y las palmas de las manos hacia arriba, apunté con los dedos de los pies hacia afuera bajo el pesado edredón, cerré los ojos y comencé a realizar un ejercicio de relajación que había aprendido en yoga.

No conseguí relajarme del todo, pero el ritmo cardíaco sí disminuyó y la respiración se volvió regular mientras intentaba bloquear todos los pensamientos, centrarme en una parte de mi cuerpo cada vez y desconectarla mentalmente.

El objetivo era hacerme sentir ingrávida y en armonía con el universo, pero cuando llegué al estómago y recordé que estaba vacío, toda mi rabia y mi frustración regresaron de golpe.

No es que nunca antes me hubiera saltado una comida, de hecho, lo normal es que estuviera demasiado ocupada para pensar en comer, pero tenía muy poco con lo que distraerme encerrada en aquella habitación.

El sonido de la lluvia resultó ser más relajante que el yoga y el sopor empezó a invadirme, desesperada por encontrar alguna vía de escape para la situación en la que me hallaba.

Cuando desperté debía de ser ya de noche, la penumbra de la tarde se había convertido en una oscuridad total.

Seguía lloviendo, pero ahora era un suave golpeteo en lugar del aguacero anterior.

El estómago me rugía y tenía la boca seca.

«¿Acaso Hugo quiere que me deshidrate?», pensé con enfado.

Como era obvio, un hombre del siglo xvii no sabría nada de la deshidratación ni de sus efectos, ni tampoco le preocuparía mucho mi falta de nutrición.

Quería castigarme y lo estaba haciendo muy bien.

Unos días más aquí encerrada y con gusto se lo contaría todo.

La casa parecía estar muy silenciosa. «¿Se habrían ido todos y me habrían dejado allí a mi suerte?

», pensé de forma melodramática. Lo único que quería era irme a casa.

«Te lo dije, te lo dije», se quejó el coro de mi cabeza, pero decidí ignorarlo.

Esto no iba a convertirse en una tragedia griega, si podía evitarlo.

Transcurrió al menos otra hora hasta que oí unas fuertes pisadas en el pasillo.

Tenían que ser de un hombre, me bajé rápidamente de la cama y retrocedí hacia un rincón, de repente me volvía a sentir asustada.

Se me aceleró de nuevo el corazón y me empezaron a sudar las manos a la vez que se me encogía el estómago.

Hugo abrió la puerta y alumbró la estancia con una vela hasta que me descubrió agazapada en la seguridad del rincón.

—Por el amor de Dios, mujer, no voy a haceros daño. —Sonaba un poco molesto, pero yo no estaba segura de si era conmigo o consigo mismo—. Salid de ahí —me ordenó.

Me quedé donde estaba, mirándolo con suspicacia.

La luz parpadeante de la vela se reflejaba en sus ojos oscuros y la mitad inferior de su rostro se perdía en la penumbra, lo hacía parecer aún más intimidante.

Dejó el candelabro sobre una mesita baja junto a la puerta y entró despacio en la habitación con las palmas de las manos hacia arriba.

—Señorita Ashley, Neve, disculpad mi comportamiento anterior. No pretendía asustaros. Y, ahora, por favor, salid.

—Pues sí me asustasteis, y además me dejasteis encerrada —repliqué, más enfadada que temerosa.

—Y lo volvería a hacer, pero no debería haberos agredido físicamente.

Lo siento mucho. —Me dedicó una sonrisa de disculpa mientras yo me alejaba poco a poco de la pared, más por el hecho de sentir el frío de la piedra en mi espalda que porque lo creyera, aunque parecía sincero en su arrepentimiento.

—Salid de la habitación —dije, y lo hizo, mientras se hacía a un lado para dejarme pasar tranquilamente al pasillo—. ¿Y ahora qué? —pregunté de malhumor, sin querer perder terreno.

—Ahora iremos al comedor y cenaremos algo, y mientras tanto me diréis lo que quiero saber —respondió él con suavidad.

—¿Y si no lo hago? —Lo desafié, retándole a imponer su peor castigo.

—Entonces tendré que encerraros de nuevo y confiar en que entréis en razón, pero espero que no sea necesario.

Seguí a Hugo escaleras abajo y me sorprendió ver la mesa dispuesta para dos personas.

—¿Dónde están Jane y Clarence? —pregunté irritada. No me apetecía estar a solas con él y sospechaba que Jane se pondría de mi parte en un momento de apuro. Tal vez se hubiera sentido molesta por mis malos modales, pero no creía que tolerara las faltas de respeto contra las mujeres.

—A Jane le dolía la cabeza y se retiró a descansar, y Clarence cenó más temprano con su tutor. Quería hablar con vos a solas. Por favor, sentaos. —Hugo retiró una pesada silla y la sostuvo mientras yo me acomodaba en el borde, muy consciente de su presencia a mi espalda.

Eché un vistazo a la mesa mientras él daba la vuelta y tomaba asiento frente a mí: había pescado al horno y algo que parecía puré de patatas o nabos.

No estaba segura de si en el siglo xvii tenían fácil acceso a las patatas, pero seguro que abundarían los nabos.

También había una especie de pastel, pan recién hecho y un pedazo de queso que olía muy fuerte y que, por suerte, estaba al otro lado de la mesa.

El queso era uno de los grandes amores de mi vida, pero me gustaba el semiblando que tan bien se derretía sobre las tostadas y no ese queso fuerte y duro que descansaba en el plato frente a mí.

Esperé ver a algún sirviente, pero estábamos completamente solos.

—Espero que el pescado os parezca adecuado.

Durante la Cuaresma me abstengo de comer carne —explicó Hugo mientras servía en un plato un trozo de lo que parecía trucha rellena y me lo pasaba.

No hice ademán de empezar a comer, en parte porque no estaba segura de cómo proceder con la comida, había una cuchara y un cuchillo, pero ningún tenedor.

Sabía que los tenedores ya existían, pero no ganarían popularidad, ocupando un lugar entre los cubiertos habituales, hasta el siglo xviii .

—Comed —ordenó—, debéis de tener hambre.

Así era, pero no quería darle la satisfacción de obedecerle.

Me serví una copa de vino y di unos sorbos lentos mientras lo observaba por encima del borde de la copa.

No me estaba mirando, pero sabía que era consciente de mi escrutinio.

Le dio unos cuantos bocados al pastel y finalmente me miró a los ojos.

—Y bien, ¿qué queríais decirme? —preguntó.

Me cogió desprevenida. Pensé que empezaría por exigir saber quién era y de dónde venía, sería más fácil responder a eso.

—Vine a advertiros de algo, pero ahora ya no estoy tan segura de si debería haberme molestado. —Aún seguía enfadada y quería que lo supiera.

—¿Advertirme de qué?

—La rebelión de Monmouth fracasará, y él será tachado de traidor y ejecutado. No quería que a vos os pasara lo mismo —solté, llena de satisfacción al ver cómo Hugo Everly casi se atraganta con la comida. Se lo tenía merecido.

—¿Cómo sabéis eso? —Hablaba en voz muy baja, pero podía sentir que vibraba con la tensión, olvidando la comida.

—Tan solo lo sé.

—Esa no es una respuesta. No podéis decir algo así y no indicar el motivo de vuestras sospechas. —Me miraba fijamente desde el otro lado de la mesa, con el rostro ceniciento y los ojos llenos de aprensión. Lo había asustado.

—No es una sospecha, es un hecho. Puedo incluso deciros la fecha en que van a decapitarlo. ¿Creéis que eso ayudaría? —Sabía que lo estaba provocando, pero no estaba dispuesta a dejarlo escapar, aunque me di cuenta tarde de que me estaba poniendo en peligro al revelar tanta información.