Capítulo 15
QUINCE
Hugo intentó volver a centrarse en su correspondencia, pero Neve Ashley no dejaba de anteponerse al resto de sus pensamientos, lo que le obligaba a releer la misma línea una y otra vez hasta que se rindió y decidió concederse unos momentos de serena contemplación.
Nunca lo admitiría, pero se había alegrado al verla, y lo que sintió cuando su cuerpo se hallaba bajo el suyo al inmovilizarla en la cama lo había preocupado, y también le había recordado el tiempo exacto que había transcurrido desde que había pasado unas horas con Liza.
Rio entre dientes al recordar la cara de Neve al echársela al hombro, no se lo había esperado, ni tampoco que la encerrara, pero así aprendería a no mentirle.
Sin embargo, la joven se había asustado de verdad, y de eso sí que se arrepentía.
Había visto auténtico terror en sus ojos y, aunque no tenía intención de hacerle daño, ella no lo sabía y se habría imaginado lo peor.
Algunos hombres eran como animales y puede que la señorita Ashley tuviera buenas razones para sentir miedo.
Hugo no sabía nada de su vida ni de su pasado, y de pronto se dio cuenta de que la joven había venido a la casa sola y a pie en dos ocasiones, lo cual resultaba desconcertante.
Hablaba como una dama, aunque su forma de expresarse era en cierto modo inusual, y vestía como tal: sus ropas no eran vulgares ni frívolas, sino de buena calidad y a la moda del momento, y la capa forrada de piel era claramente cara.
¿De dónde había salido y qué hacía en sus tierras?
¿Por qué se había marchado sin decir palabra y a dónde había ido?
Si se hubiera alojado en el pueblo, la habría visto y se habría fijado en ella en la iglesia, pero Neve Ashley no había aparecido por los alrededores desde su huida hacía más de una semana. ¿Por qué había regresado?
¿No había dicho que quería decirle algo?
Tal vez debería haberla escuchado, pero se sentía tan molesto por la manera en que se le había escapado la última vez que le había podido el orgullo.
De todas formas, ya era demasiado tarde para echarse atrás.
Dejaría que se pusiese nerviosa durante unas cuantas horas más y después iría a hablar con ella, a ver qué quería contarle.
Le gustaría ir a verla ahora, pero no había pasado tiempo suficiente y necesitaba hacerle creer que su intención era retenerla allí hasta que estuviera preparada para hablar, de modo que debía ser paciente e intentar concentrarse en los asuntos que tenía entre manos.
Estaba a punto de reanudar su carta cuando Jane asomó la cabeza por la puerta de la biblioteca con expresión acusadora.
—¿Sigue encerrada esa pobre mujer? ¿Le has pedido a Liza que le lleve algo de comer?
Debe de estar muerta de hambre. —Jane lo fulminó con la mirada, como si hubiera usado los puños con Neve o la hubiera despojado de su virtud, en lugar de haberla encerrado en una habitación y dejarla sin comida durante unas pocas horas—.
Me tienes sorprendida, Hugo. ¿Cómo puedes ser tan cruel?
Sé que se te escapó, pero si fueras sincero contigo mismo te darías cuenta de que no hizo nada malo salvo comportarse de forma grosera.
Ese pequeño discurso hizo que se sintiera aún más culpable, pero debía mantenerse firme, era el hombre de la casa, maldita sea, y Jane lo había manejado a su antojo desde el día en que nació y su padre le permitió sostener a aquel bebé que no dejaba de retorcerse, diciéndole que debía cuidar siempre de su hermanita y protegerla a toda costa.
Había hecho todo lo posible por ella, aunque Dios sabía que ella no se lo había puesto nada fácil.
Las revelaciones sobre Ernest habían sido escandalosas, sobre todo porque Jane le había ocultado la realidad y él se había enterado por pura casualidad.
Supuso que su hermana se limitaba a ser una esposa buena y leal, pero de haber sabido la verdad, lo habría atravesado con su espada mientras aún estaba lo bastante sano como para tenerse en pie y, dadas las circunstancias, no habría sentido ningún remordimiento.
Gracias a Dios, Jane había salido físicamente ilesa, aunque no en cuanto a sus emociones.
—Jane, vete y cierra la puerta, estoy ocupado. La dejaré salir cuando me parezca oportuno y ni un momento antes y, cuanto más tiempo te quedes ahí parada, más podría tardar.
Jane le dirigió una mirada cargada de desdén y cerró la puerta pero, mientras se giraba, Hugo la vio sonreír. Sabía por qué sonreía y eso lo enfadó todavía más, no solo con ella, sino también consigo mismo. ¿Era de verdad tan transparente?