El pasaje secreto (La tierra de prodigios 1) Capítulo 14
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Capítulo 14

CATORCE

La iglesia parecía estar vaciándose cuando entré en el crucero sur.

Varias madres reunían a sus hijos mientras estos se dispersaban por la nave, ansiosos por jugar al escondite entre los bancos.

El servicio dominical debía de celebrarse más temprano en el siglo xvii , ya que la mayoría de la gente se levantaba al alba.

Los feligreses salían en fila hacia el pórtico, sin duda deseosos de intercambiar unas palabras con el vicario, antes de regresar a sus casas y preparar la comida principal del domingo, que tomaban a mediodía.

No había ni rastro de Hugo Everly ni de Jane, así que me dirigí hacia la puerta lateral que conducía al cementerio.

Había dejado atrás un día primaveral soleado y luminoso, pero cuando salí al camposanto el cielo estaba gris y una desagradable llovizna que llenaba el aire de humedad hizo que sintiera al instante la humedad y el frío en el cuero cabelludo y en la cara.

Me ceñí más la capa de terciopelo para protegerme de las ráfagas de viento y me subí la capucha.

Observé que Everly Manor se asomaba entre la niebla mientras caminaba por el borde del sendero, atenta a cada pequeño sonido por si alguien se acercaba y no me veía en la penumbra, como le había pasado a Hugo.

La casa tenía un aspecto siniestro, los bordes se desdibujaban por la niebla y las ventanas estaban oscurecidas, como si estuviera vacía y abandonada.

Me alegré al ver a una sirvienta que doblaba la esquina con una cesta en la mano.

Se dirigía a uno de los anexos tarareando para sí y moviendo la cabeza al ritmo de la melodía.

Ni siquiera se fijó en mí, me pareció perfecto.

Levanté el pesado llamador y golpeé unas cuantas veces antes de que la propia Jane abriera la puerta. Debía de acabar de llegar de la iglesia porque todavía llevaba puestos la capa y el sombrero, con los rizos laterales humedecidos por la lluvia pegados a las mejillas.

—Sois vos —anunció, como si yo misma no supiera quién era. No podía decir si se sentía molesta o contenta de volver a verme, su expresión permanecía impasible, ella también se quedó inmóvil, esperando a que le explicara mi repentina reaparición antes de decidir si dejarme pasar o no.

Entreví a Clarence tras ella, con el rostro vivo de curiosidad ante la súbita intromisión.

El pobre chiquillo se estaría muriendo de aburrimiento en aquella casa tan enorme, sin nadie que le hiciera compañía aparte de su madre y su tío, de modo que la aparición de una extraña misteriosa era un acontecimiento que no podía perderse.

—Buenos días, Jane. Siento molestaros, pero quería hablar con vuestro hermano. ¿Se encuentra en casa?

Daba la impresión de que sin duda prefería deshacerse de mí cuanto antes, pero los buenos modales acabaron imponiéndose y se hizo a un lado para invitarme a pasar al vestíbulo.

Dentro hacía aún más frío que en el exterior y la casa parecía envuelta en una melancolía penetrante que me hizo sentir incómoda.

«Huye. Huye», cantaba el coro griego en mi cabeza, pero me mantuve firme mientras esperaba la respuesta de Jane.

—Le diré que habéis venido. Acabáis de regresar de…

—Se dio cuenta de repente de que estaba hablando demasiado y se interrumpió—.

Se lo diré. Liza, enciende el fuego del salón.

Esta casa está fría como una tumba —le ordenó con irritación a la muchacha a quien había visto antes, que entró presurosa en el vestíbulo para saludar a su señora.

—Lo siento, milady , acabo de regresar de la iglesia —respondió la muchacha con un ligero aire de insolencia.

—Bueno, pues no te quedes ahí perdiendo el tiempo y trae un poco de vino caliente —le espetó Jane por encima del hombro mientras desaparecía en la biblioteca.

Volvió a buscarme unos instantes después, la fugaz expresión de sorpresa ante el deseo de su hermano de verme fue rápidamente reemplazada por el recelo de antes.

—Lord Everly os recibirá en la biblioteca. Por aquí.

Jane no me siguió al interior, sino que cerró la puerta con suavidad, dejándome a solas con Hugo Everly.

Aquella estancia era muy diferente al vestíbulo.

Cálida y acogedora, el fuego danzaba en la chimenea y proyectaba sombras rosadas en las paredes de piedra y las relucientes estanterías que ocupaban tres de las cuatro paredes.

Hugo estaba sentado tras un enorme escritorio, con varias cartas esparcidas ante él y un mapa de lo que parecía ser Inglaterra desenrollado y sujeto con un tintero y un grueso volumen.

Alzó la vista, se reclinó en la silla y cruzó las piernas a la altura de los tobillos, como si se preparara para escuchar una buena historia.

A continuación levantó una ceja interrogante, pero no dijo ni una palabra mientras yo me quedaba allí clavada, sin saber qué decir.

—Buenos días, lord Everly —tartamudeé, sintiéndome como una completa idiota. Ahora que lo tenía delante, todo el plan parecía ridículo, por no decir totalmente insensato. ¿En qué habría estado pensando?

«Huye», rugió el coro, pero no presté atención a sus lamentos y me enfrenté a la mirada de Hugo sin pestañear.

—¿Lo son? —preguntó educado, pero con un deje de sarcasmo que no me pasó desapercibido.

—Quería disculparme por marcharme de repente —dije en tono conciliador, pero él no estaba por la labor.

—Sí, demostrasteis muy malos modales, si no recuerdo mal.

—Hugo ladeó la cabeza y sus ojos oscuros escudriñaron mi rostro de tal modo que solo quería volverme y salir corriendo hacia la iglesia; pero había venido por una razón, aunque tuviera motivos reales para estar enfadado conmigo.

Sabía que no se mostraría muy receptivo.

—Lord Everly, hay algo que debo deciros —comencé, pero Hugo me interrumpió.

—Lo que debéis decirme es por qué me mentisteis sobre quién sois para huir después sin pronunciar palabra. Me hicisteis creer que erais la sobrina del conde de Shaftesbury… —Dejó la frase en el aire mientras observaba cómo me revolvía, incómoda.

—Fuisteis vos quien sugirió que era la sobrina del conde —repliqué, sabiendo a la perfección que mi argumento no era nada sólido.

—Me equivoqué, pero vos no lo negasteis. ¿Os llamáis realmente Neve Ashley o esperabais que diera por hecho de inmediato que erais Nell Ashley y os abriera las puertas de mi casa?

—Neve Ashley es mi nombre real y, si lo recordáis, aquel día casi me matáis, así que tenía mis facultades bastante aturdidas —solté con enfado—. Estaba confusa.

—¿Lo bastante confusa como para creeros emparentada con un conde? —No iba a dejarme escapar y de pronto me pregunté por qué me importaba aquel hombre, de todos modos, ni siquiera me escucharía.

—Siento haber venido. Me iré ahora mismo —anuncié con todo el orgullo del que fui capaz.

Hugo apartó la silla, se puso en pie y caminó hacia mí con una sonrisa conciliadora, razón por la que bajé la guardia.

Pensé que me tomaría de las manos como había hecho la otra vez, pero de repente me levantó en volandas, me echó sobre su hombro como un saco de patatas, abrió la puerta de una patada y salió al pasillo.

Lo último que vi antes de que subiera las escaleras fue el rostro sobresaltado de Jane y los ojos de Clarence, redondos como platos.

—¿Qué está haciendo el tío Hugo? —le susurró a su madre.

—No lo sé, hijo, de verdad que no lo sé —murmuró ella mientras veía que Hugo subía las escaleras conmigo a hombros .

Cuando recuperé un poco la compostura, empecé a golpearle la espalda con los puños y a exigirle que me bajara, pero me ignoró y me llevó a la habitación donde había pasado la noche en mi anterior mi visita.

Una vez allí, me dejó caer de espaldas sobre la cama, con muy poca consideración hacia mi persona.

Hice el ademán de levantarme, pero volvió a empujarme, sentí el peligro cuando su rostro se acercó al mío mientras me inmovilizaba las muñecas y se sentaba a horcajadas sobre mí para sujetarme las piernas con los muslos.

Antes me había enfadado, pero ahora estaba muy asustada.

¿Qué iba a hacerme? Debió de ver el miedo en mis ojos porque se echó hacia atrás de inmediato y me soltó las muñecas.

—Os quedaréis en esta habitación hasta que estéis dispuesta a contarme «exactamente» quién sois y qué es lo que pretendéis. Hasta entonces, no tenemos nada más que decirnos.

Dicho esto, salió del cuarto y oí el sonido de una llave en la cerradura y sus pasos al alejarse por el pasillo.

Bajé a toda prisa de la cama y me dirigí a la ventana, pero un solo vistazo bastó para asegurarme de que no había escapatoria.

El muro del exterior era liso y de piedra maciza y, aunque no fuera así, la ventana no tenía la suficiente anchura como para que pudiera pasar por ella.

Hugo Everly me había hecho prisionera y podía contarle una historia muy elaborada o una verdad a medias, pero ninguna de las dos opciones parecía muy atractiva en aquel momento.